Crónicas de viaje : (1905-1906) · Unidad 156 de 177

Unidad 156 · CBÓmCAS DE VIAJE 223

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CBÓmCAS DE VIAJE 223

de la alquimia o la astrología. Este juicio, más exagerado que inexacto, es susceptible de atenuaciones y creemos que ellas no le pasarán inobservadas en el curso de su trabajo.

El público inteligente puede ponerse en acecho desde ahora y aguzar su ingenio para cuando la obra asome en los escaparates. Pues, al final de cuentas, los escritores sólo servimos para blanco de su esgrima y al trabajar un libro no contamos con sus aplausos sino con su malignidad.

Tenemos, sí, un gran consuelo: solamente muerde y rasguña la mujer que ama.

RlCHET

El ilustre fisiólogo Charles Richet está enfermo de misticismo senil; a no tratarse de un hombre por tantos conceptos respetable, diríamos sin reparo que está zonzo. Da tristeza conversarle acerca de mediumnidad y de fantasmas; habla como una vieja de tierra adentro y por milagro no se persigna al nombrar el objeto de sus actuales preocupaciones. Parece un iluminado vergonzante, un hombre de fe que lee la incredulidad en el rostro de su interlocutor. Ensayamos en vano algunas objeciones; las eludió con enternecedora ingenuidad. Hizo bien. La fe no se discute.

En Argelia, en "Villa Carmen", perteneciente al general Noel, hiciéronle ver y tocar un fantasma viviente. La aparición. se produjo en un gabinete bien alfombrado, en que había mesas, sofaes, muebles, una banadera y la inevitable cortina; los fantasmas son caprichosos, gustan de aparecer entre cortinas. Además de Richet y los esposos Noel, asistían el espiritista profesional Gabriel Delanne y seis mujeres, todos muy diestros en el juego de las mesas parlantes y en las evocaciones de ultratumba. Una de las mujeres (la médium) fué novia del difunto, tres son menores de edad y dos sirvientas de la casa. Richet no se preocupó de averiguar cuántas de ellas padecen de histerismo, ni siquiera sospechó la posibilidad de una sofisticación inconsciente.

La médium sentóse ante la cortina, en una obscuridad cani completa ; poces momentos después apareció sobre ella el espectro de su novio, envuelto en una sábana, es decir, en traje de fantasma. Richet lo fotografió al magnesio, tocó su mano y lo invitó a soplar en un tubo de agua de barita que se enturbió por la reacción del ácido carbónico respiratorio. ¿Cómo dudar de que el fantasma existía y vivía?

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Richet no lo duda; nosotros tampoco. Pero hay una levo diferencia entre p.mbos juicios. Para el ilustre profesor el fantasma era el espíritu errante del difunto novio, materializado por la influencia de la médium. Para nosotros la médium misma pudo levantar un maniquí que le alcanzó la sirvienta desde ntrás de la cortina; la mano que tocó Richet (debajo de la sábana) pudo ser de la propia sirvienta, una negra llamada Aiselia, que no se atrevió a mostrarla para evitar que el fantasma de un blanco ostentase una mano de color; ella misma pudo soplar en el tubo de barita cuando el fantasma fué invitado a hacerlo. Las condiciones en que se produjo la aparición nos parecen infantiles; un distinguido psicólogo de París publicó nn sesudo artículo demostrando el fraude sobre las propias fotografías de Richet.

Triste lección. Haber sido un experimentador de primera fila, para dejarse coger como nn chiquillo en redes más leves que telarañas.

Esta opinión sobre el caso de Richet no implica negar la aptitud de ciertas histéricas-médiums para desarroMar a distancia fenómenos de sensibilidad y movimiento ; pero esas energías que irradian del organismo de la médium permiten excluir la intervención de fantasmas, antes que autorizar la ingenua fiuposición.

Richet tenía que acabar así; presencia estas cosas como creyente y no como sabio. Su fe permite que otros abusen de su buena fe.

" No creo que me liaj^an engañado y por eso creo en la existencia de los fantasmas". Eso es todo. Richet, el místico, ha dicho "creo". . . Richet, el hombre de ciencia, no se atreve a decir y demostrar que "sabe". Al fin y al cabo esta honradez vale una disculpa. Y la merece. ' ¡Está tan viejo!