Crónicas de viaje : (1905-1906) · Unidad 169 de 177
Unidad 169 · EL SEÑOR CERO-A-LA-IZQUIERDA
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
EL SEÑOR CERO-A-LA-IZQUIERDA
Niza, 190<
De paseo por los alrededores de Niza: cielo claro, los árboles a medio vestir, horizonte sereno y tranquilo, palideces de luz en todos los rumbos como en un paisaje de Corot. Aquí una choza triste rodeada por jardines policromos; allá una moza vigilando sus vacas blancas dispersas como granos de arroz sobre el inmenso verdor de la pradera; más lejos un sendero tortuoso e interminable serpenteando en el valle como tenue víbora inquieta. Y en el fondo los Alpes Marítimos dibujando sobre el azul su línea irregulLT, como el margen de un libro cuyos pliegues rompemos sin paciencia con los bordes de la mano. A la derecha, sobre la falda abrupta de una sierra, uh olivar ponía su pincelada vasta de sombra y de tristura. A poco, rumbo al vecino pueblo de Grasse, muchos vergeles en flor ; allí tropezamos con tres siluetas humanas, dos jóvenes y un viejo, que igual pudieran encontrarse en un volumen de Zola o en una página de Gorki.
Sus toscas manos cortaban rosas pálidas que caían desmayadas en banastos de mimbre y de caña; los pétalos temblaban entre la brusca tenaza de los dedos, como se estremeció el busto frágil de Ana Bolena al contacto del verdugo londinense. Es una de las cnieldades necesarias para la industria de los perfumea; ¿cómo podría comprender el rico burgués de Orasse que las rosas pálidas deben ser recogidas por manos galantes y agonizar entre los senos de una Afrodita hermosa? Menos comprenden estos infortunados campesinos, que en cosechar las rosas ven sólo un oficio ; a fuerza de recogerlas durante muchos años no sienten ya su perfume, ni deleita su vista el matiz suavísimo de las corolas sonrientes a la tibieza del sol, ni cosquillea sus dedos el suave contacto de los pétalos sedosos. Trabajan como bueyes uncidos a un yugo, sin cariño por la tierra fecunda ni por las ñores aromosas como incensarios. Sin embargo, a la distancia, sus espinazos encorvados parecían cuellos de viejos cisnes obscuros y el cuadro despertaba evocaciones poéticas: un carmen de Horacio o una tela de Millet.
- : '^^«síTs^jT- .. ->7¿,%: c%
242 JOSÉ INGEMIEBOS
¿Por qué no entrevistarles sobre la actualidad política de Francia? Presidente nuevo, senadores nuevos, inminente renovación de la cámara de diputados y otras novelerías de bulto, pesan sobre sus hombros. Son ciudadanos, y como tale^ la constitución les concede el privilegio de pagar los impuestos y la ilusión de elegirse gobernante. ¿Qué piensa de "todo eso" el Señor Cero-a-la-izquierda?
Al acercarnos, los tres se irguieron u medias, nos dieron los buenos días, tímidamente, en su dialecto endiablado, mezcla de marscllcs y piamontcs con alguna pizca de castellano. Fácilmente hicimos cordial amistad, mediante un cigarrillo por cabeza. Charlamos del tiempo, de las flores, del trabajo, de los extranjeros qve lleg-an a Niza huyendo del espanu)so clim.a invernal de París - — ■ bruma, Iodo, lluvia y meretrices — y charlamos también de otrss cosas inútiles como preámbulo a la más inútil de tedas para ellos: la política.
— ?. Habéis oído hablar del nuevo presidente?
El viejo se encogió de hombros y agregó, señalan'do al más joven :
— Yo soy un trabajador honesto y no me gustan las intrigas. Este sí, lee los diarios y el otro día nos contó que ahora han inventado otro presidente.
El joven, que acechaba la ocasión de hablar, intervino de prisa:
— Yo soy un ciudadano y un patriota. Sé que el nuevo presidente bo llama Fallieres y puedo asegurar que debe ser un gran hombre . . .
— ¿Por qué debe serlo? — interrumpimos.
— Porque le han nombrado presidente. En Francia no e« presidente cualquiera; tiene que ser un hombre extraordiHario, como antes era el rey. Por eso nos manda a todos.
— ¿Usted lo ha visto alguna vez?
— Personalmente nunca; pero salió el retrato en "mi" diario. ¡ Ya lo creo que me gustaría verlo ! Debe ser un hombre hermoso, alto, robusto, sabio, muy bueno. . .
— ¿Y qué más? — interrumpió con sorna el otro joven,
— No le haga caso, buen señor: a éste le llamamos "el loco". Se ríe de los que nos mandan; no quiere comprender que un presidente no es un hombre como los demás. ¡ Pues sí ! Yo cursé toda la escuela elemental, presté mi servicio en el