Crónicas de viaje : (1905-1906) · Unidad 32 de 177
Unidad 32 · 58 JOSÉ INGENIEROS
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58 JOSÉ INGENIEROS
blico ofreciéndole en pasto los detalles más íntimos del amor culpable, es uua práctica inhumana. Por muy infame que sea un procesado, parece innecesaria, esta afrenta cotidiana, obsti^ nada, por meses y meses, que al fin y al cabo resulta una terrible pena infamante no prevista ni consentida por ley alguna. Linda Murri ba pagado ya, en esta moneda cruel de escarnio, una docena de homicidios.
Todo hombre culto que vea funcionar un jurado, en casos difíciles como el presente, arriesga convertirse en acérrimo eiiemigo de esta justicia democrática. En teoría el sistema podrá parecer ideal; pero solamente sería practicable en un país donde cada hombre fuese un sabio y un santo. El buen sentido va reemph^/ando al sentido común; los "'hombres buenos" son personajes de leyenda. El jurado no puede recomendarse en materia penal. Si la criminología es una ciencia que estudia ]as causas sociales y biológicas del delito, lo razonable es que los jueces sean especialistas en esa ciencia, hombres aptos para ponderar la influencia de esos factores en cada caso y i)ara <.>:rattuar la defensa social contra cada delincuente. Si algunos jueces actuales son malos o incompetentes — ^nadie llevará su ingenuidad hasta creer que todos son perfectos, — el jurado es peor, pues reemplaza a mediocres especialistas con hombres absoluta y fundamentalmente incompetentes. Además los jurados son casi irresponsablCvS, en razón iiíisma de su número, fluelga hacer doctrina. Es necesario ver a esas recuas de pelafustanes asumiendo posturas de hombres importantes. i Os imagináis a Bertoldo escuchando y juzgando el valor técnico de informes psiquiátricos redactados por Enrique Morselli y Lorenzo Borri ?
El debate oral tiene un inconveniente grave. Fomenta la oratoria al por mayor, convirtiendo el tribunal en ateneo de juegos florales. La oratoria por la oratoria es uno de los venenos más funestos de las democracias modernas; es la apoteosis de las palabras y el destierro de las ideas. Los discursos se oyen, no se comprenden ; van dirigidos al oído ant^s que al cerebro. Es necesario ver a lo.s ciudadanos del jurado cuando hablan los oradores efusivos ; Bertoldo se conmueve, se entusiasma hasta los tuétanos, vibra, rechina los dientes, queda convencido. Después oye al abogado contrario, sosteniendo la tesis opuesta, y Bertoldo ^aielve a impresionarse, a entusiasmarse, vibra, rechina los dientes y queda convencido otra vez. De lo contrario.
Por fin. y en globo, este siste^ma de procedimiento criminal, por su teatralismo y por la publicidad enorme que da la