Crónicas de viaje : (1905-1906) · Unidad 55 de 177
Unidad 55 · CBÓNICAS tE VIAJE 55
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CBÓNICAS tE VIAJE 55
a las de la misma virgen que exorna La Natividad de Van der Goes. Volando en el aire, huyendo infidentes tentaciones de amor, son imprevisoras como las de Dafnis seguida por Apolo en la obra maestra de Bernini. Resueltas a la acción, tendidas como arco dispuesto a fulgurar su flecha, ampliados los bra* zos en gesto absoluto, igualan el soberbio ademán de la heroína que separa a Sabinos y Romanos en la clásica tela de David. Firmes y seguras, diríanse las de Judith llevando la cabeza de Holofernes, en el cuadro de Allori. Quando la alarma las llena y conmueve, supónese que las vio Rubens antes de inmortalizarse en el Rapto de las hijas de Leucipo. Otraa veces las sacude intermitente emoción y el pulso altera su ritmo, como la diestra de la finísima dama de Fragonnard qiip ^>'^bi en un Tronco la Cifra de Amor. Y más, aun más expresivas, se esparcen y se anudan, minuto tras minuto, como las inenarrables — abiertas las unas, cerradas las otras, — eternizadas por Bouguereau en la Virgen Consoladora.
Todas parecen fijar en el tiempo un minuto de las sor vas i)i>i:iiMt'^ V ciernas. Un solo momento de inquietud perfecta, pues tales como son, vivientes, sonrientes, elocuentes, no están en parte alguna, ni se encuentra su molde en las más prístinas obras del arte humano.
La Venus de Milo ha perdido las suyas.
jLas recogió algún misterioso Lohengrin, fascinado por BUS primores, llevándolas a un remoto Monsalvado para infundirles vida y encarnarlas en esta viviente transfiguración que arrastra al éxtasis, al paroxismo?
No pueden ser otras. O la belleza tiene incógnitas cuyr. enigma nos será perpetuamente insoluble.
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KxNTRE LAS RUINAS DEL FORO
Roma, 1905.
Sobre el Fo.o Romauo yacen esparcidos sin previsión los escombros augustos, como sobre un antiguo campo de lides heroicas las armaduras que la carcoma de las edades roe en vano, pero no aniquila. El frescor de pocas hierbas mitiga habitualmente su pesadumbre. Cada primavera llega como una fiesta sobre la blancura de los mármoles, atenuando su palidez, que parece traducir nostalgias remotas. Abril salpica, por millares, la^ manchas rojas de las amapolas, cuyo matiz violento contrasta con la severidad apacible de la blancura silenciosa, como advirtiendo el eterno florecer de la "^dda sobre la muerte.
Las pupilas frivolas nacieron ciegas para la evocadora visión de la Roma pagana ; es ciudad de ensueño, templo de grandezas pasadas, lugar de peregrinación para almas superiores. Sin un profundo y exquisito sentimiento de arte, sin un amor latino, casi filial, por sus escombros elocuentes, la permanencia tórnase pronto inútil o tediosa.
El papa actual es un modesto burgués; el rey, un tonto inofensivo. Signo de los tiempos. En cambio están allí las ruinas de emperadores inconmensurables, únicos ; ellas son el atractivo intelectual de la urbe tiberina y es creíble que el sol no haya alumbrado cosas más admirables en la historia de las cÍAdlizaciones extinguidas.
Hay un sentir oculto que permite gustar de las cosas muer tas. Cada piedra es el esbozo de un pensamiento, cada columna erige frente al cielo una pasión humana, cada arco sostiene una gloria, cada friso narra un gesto, cada escoria denuncia Tin vicio magnífico o una virtud deslumbradora : que en esta suprema plenitud los vicios y las virtudes dejan rastros igualmente sublimes.
Toda ciudad posee refracciones y afinidades que le son propias. Roma es grata a los cerebros capaces de reconstruir una época sobre un plinto hecho trizas; para sentirla es ne-
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