Crónicas de viaje : (1905-1906) · Unidad 68 de 177

Unidad 68 · CRÓNICAS DE VIAJK 103

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

CRÓNICAS DE VIAJK 103

La civilización moderna sólo concibe lo útil y lo económico. La democracia induce a renunciar, por ahora, a toda obra puramente grande o puramente bella. Es así; no puede ser de otra manera. Sería inútil lamentarse de estas parciales deficiencias de la vida actual, pues son inherentes a cierto modo y momento del progreso. El yanqui levanta sus casas de cuarenta pisos para aprovechar mejor su lote de terreno y percibir lautos alquileres; hace edificios feísimos, pero económicos y duraderos. La misma torre Eiffel es genuinamente pobre y económica; es atrevida, pero no bella; es grande, pero no grandiosa. Cuando se proyecta emprender una obra colosal, la idea nace muerta. En toda obra privada existe una limitación estrecha de las proporciones, hay una constante preocupación de la economía, porque las mayores fortunas individuales son relativamente modestas. En toda obra pública está desterrada la suntuosidad por falta de sentimientos grandes en el pueblo y en los que pretenden representarlo. ¿Qué monarca constitucional, qué presidente, qué parlamento se atrevería a invertir quinientos o mil millones en una obra grandiosa como las que atestiguan el poderío de Egipto, de Asirla o de Roma?

Guillermo de Alemania, que por cierto gusto y originalidad hubiera sido un discreto César en Roma, está maniatado por la mesura de cuantos Bertoldinos y Cácasenos invaden el parlamento alemán en representación de un pueblo inferior a cualquier proyecto grande. El zar de Rusia dispone de la suma del poder; pero es un autócrata burgués, triste, débil, servido por un pueblo analfabeto. Quedaría Roosevelt, el hombre de la vida intensa; pero sólo a medias es señor de su pueblo y carece de la vocación necesaria para emprender cosas puramente bellas.

La época presente no es favorable a la arquitectura colosal. Es imposible pensar que puedan reunirse en una misma persona la omnipotencia, el gusta y la energía.

Cabe presumir que esta crisis no es definitiva. Los pueblos más evolucionados de la raza blanca tienden hacia una vida propicia al resurgimiento de lo grandioso. Las máquinas centuplican el músculo humano, aumentan indefinidamente la producción y satisfacen cada vez mejor las necesidades indispensables a la vida.

Ese aumento de capacidad de las fuerzas productivas, después de hartar las necesidades, ' ' lo útil ' ', tendrá que traducirse en la producción de "lo superfino", cada vez más acentuada. Y una forma esencialmente colectiva de lo superfino será la ar-