Cruz Verde, 8 · Unidad 16 de 34
Unidad 16 · LUIS ANTÓN DEL O L M E 7
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LUIS ANTÓN DEL O L M E 7
era bonita Beatriz. Tenía, en efecto, una naricilla larga, muy graciosa. Buscó a su padre, y lo convidó a un vermú. Se fueron a ce* nar. Después, cansado, rendido, se acostó. Eiituvo insomne hasta la aurora, fumando, dialogando en un dédalo alucinante.
-¿Sí? ¿No? ¿Sí? ¿No?
Faltaban ya escasas horas. Su prisa, su angustia, era por saberlo todo, por acabar, por decidir. Comprendió que la duda mata. Por fin, en la casta soledad de aquel lecho filial y apacible, se quedó dormido, como un cadáver. Si doña Eloísa hubiera entrado para ver si reposaba, y lo hubiera visto así, habría lanzado un grito.
Sueño hipnótico aquel, sueño que es como antesala de la muerte, nervios que ceden por cansancio, alma que se rinde, ojos que se cíe* rran con lelargo angustioso, ensayo de agonía.
JORNADA SÉPTIMA
^E levantó exánime, con un g^ran disgusto *^ interior, aburrido. María Angélica se asustó al verle, y fué como un cristal que se empañara:
— ¿Estás enfermo?
— No. Es el enojo de marchar.
—¿Te vas, al fin, mañana?
— No tengo más remedio. Asuntos, negocios... Precisamente espero hoy telegrama de Hermida. Ya sabes... Hermida. Mi aliado.
—Sí. ¡Qué lástima, Enrique! Pero ¿me prometes volver pronto?
Enrique permaneció meditativo durante unos segundos.
— iQuién sabe! A lo mejor, ni llego a Madrid. La niña palmoteo de contenta: —¿Serás capaz? Oye, Beatriz está intriga-
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da por ti. Me confesó en secreto que eres guapo. Dice que a ella no le gustan los mocosos, sino los hombretones como tú. Me preguntó si tenías ya cuarenta años, y al decirle que sólo eran treinta y ocho, le pareciste demasiado joven.
— Pues también ella me gusta. {Qué amable! Tiene, sí, una naricilla encantadora. Y es muy elegante. No llevaba ayer ningún detalle feo. Todo era armónico en ella. Y seductor. Oye, nenita, si viene telegrama guárdamelo, ¿eh? Es de un interés decisivo.
Estuvo en la peluquería, donde hizo su gasto habitual de cuatro pesetas en lociones británicas. No se bañó en el mar. Hacía frío. Tomó una ducha tibia en el balneario. Después, como era temprano aún, subió a una jardinera, y visitó, de prisa, un barco de emigrantes, con su tercera sucia y horrible, llena de fugitivos desesperados, recibiendo una impresión infernal. Por fin, antes de las dos regresó a su casa:
— ¿Vino algún parte, mamá?
-No.
Habló con el canario. Le dijo que era bonito, y le puso un terróa de azúcar. Vio tomar después al prisionero su baño en la pequeña tina de cristal. Discutió con Maria Angélica qué flores se pondría aquella noche para ir a la verbena, vestida de gitana.
— Yo prefíero crisantemos — dijo ella.
— Yo claveles. El crisantemo es una flor triste, sepulcral, para amores difuntos. Y tú eres la juventud y la promesa. Ponte claveles. Ellos, que son hermosos, pero un poco plebeyos, olvidarán su ordinariez en ti. En tu cintura y entre tu pelo, nada puede haber que no sea delicioso. Ponte claveles, Maria Angélica.
Almorzaron. Las dos y media ya. No, no venia el telegrama. No vendría ya. Era absurdo. Y tiempo había, de sobra. A las doce era la cita. A las doce y media iría a Telégrafos Hermida. Urgente. No. Era absurdo.
Aporrearon la puerta, abajo. Un toque, repique. La criada corrió a abrir. Arólas sintió que el corazón se le paralizaba, como si un puño lo apretase. Su esfuerzo de voluntad ii7
para disimular la emoción fué titánico. Pero, no. Era, ¡bah!, el carbonero.
Salió a la calle, y se encaminó, irreflexivo, hacia Teléfonos, pidiendo conferencia con Hermida para las seis. Estaba seguro ya de sí y de Magda.
— ¡Cómo la hemos calumniado! — pensó — . ¡Le voy a dar un tirón de orejas al diablo de Hermida! Y esa cochina alcahueta cínica y trapalona...
¡Pobre Magda! Suponerla tan abominable... En realidad era un poco infame todo lo que habían hecho. Pilar Santafé, Emilia Guerra, Irastorza... ¡Nena querida! ¡Muñeco idolatrado! Los antecedentes, claro está, lo hacían todo verosímil. Pero ya estaba redimida. Era inicuo el antruejo que le habían anticipado, la carnavalada siniestra.
— Además — dijo — el encargo sentimental de la madre...
Y recordó el suceso, preciso y romántico.
Al tercer día de estar en La Coruüa, fué al Ferrol, por tierra, recorriendo aquellos parajes de ensueño. La lía del Burgo, el Mero,
los verdes pinares de Abegondo, la luz dorada de Guísamo. Betanzos ya, en el fondo del valle. Luego, bordeando el mar, la villa cercana, que es nido de Almirantes, populosa, con sus arsenales gigantescos. Vio Puentedeume, la isla Marola, la inmensa bahía ferrolana, con sus dulces aldeas de pescadores. La Grana, La Cabana, Mugardos...
Para volver en el día, fuese derechamente al cementerio. Nadie. Acaso una viuda que echa florecitas sobre un sepulcro anónimo. Mausoleos albos, nichos con tarretes y búcaros florecidos. Piar de pajarucos. El sauce llorón, y los puntiagudos cipreses tristísimos, erectos.
— Tercer patio a la izquierda — recordó.
Pero no sabía orientarse ante aquellas callejas idénticas, veredas limitadas por las sepulturas. Abordó a un viejo que se aburría senta- , do sobre una fosa:
—Perdone usted— le dijo—. Quería saber el sitio donde está enterrado el juez señor G¡« ron. Fue presidente de la Audiencia.
— Sí. Venga usted.
Y lo condujo allí.
Era una sepultura rica, cop su cruz de mármol y su lápida impresa. Estaba bien cuidada. Leyó: «Aquí yace el Excelentísimo señor Don Elias Girón y Mirasol, Presidente de la Audiencia Territorial.» La fecha.
No pasaba nadie. El sepulturero, después de recibir su propina, se había alejado. Un gorrión saltó de entre las siemprevivas. Y Enrique, emocionado, poseído de una sensación extraña, dobló su rodilla ante el sepulcro.
Jamás conociera al hombre aquel. Pero era el padre de Magda. Y de seguro era una persona buena. ¿Por qué no? ¿Por qué no consagirarle a su memoria un recuerdo piadoso?
Ideó Enrique:
— Si su espíritu flota por los espacios, ¿qué dirá al verme de hinojos ante su cuerpo ya podrido? Yo, ¡que conoci a su hija en un burdel, y que la quierol ¿Me comprenderá?
Se alzó. Luego tuvo un pensamiento magno. De una grieta negra y siniestra surgían flores. Era entre la fosa y la lápida. Dos o tres florecillas sin nombre, pequeñas y pálidas. ¿Se ñutí ¡i>n con la descomposición de aquel orga-
nismo? Enrique arrancó una, delicado, tímido, cual si aquel débil tatio pudiese tener vida. La miró. Sus petaiitos blancos, como los de una margarita silvestre, eran lindos. La g^uardó, cuidadoso, en su cartera. Después, en puntillas, para no romper el encanto de aquella escena piadosa, salió del cementerio.
Por la noche, ya en casa, le escribió a Magda una carta sentimental. Decía: «Fui al cementerio del Ferrol, y vi la tumba de tu padre. He cogido una florecita de su fosa, y te la llevaré como recuerdo. >
¿Era posible, después de aquello, que Magda se desnudase ante un desconocido, para envilecer, en un revolcón inmundo, tantas cosas pías?
Pensó, después, en la madre, en el monstruo. En el caso de que hubieran perpetrado aquella infamia, ¿qué móvil psicológico habría inspirado a doña Magdalena cuando le suplicó a Enrique que visitara la tumba de su esposo? Con la traición en el pensamiento, ¡encargarle intimidad tan excelsa! Era de un refinamiento demoníaco, de una maldad satánica.