Cruz Verde, 8 · Unidad 18 de 34

Unidad 18 · JORNADA OCTAVA

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

JORNADA OCTAVA

I RACATRA, tracatrá, tracatrá... El tren corría hacia Castilla en la mañana plena de sol. Enrique había intentado inútilmente leer periódicos. Todo era imbécil, y carecia de sentido. Asesinatos sindicalistas, crisis caciquiles... Civilización pocha, que se rezuma. Hojeó también una novela innoble, masoquista, sin estilo, escrita por un invertido «que vendía mucho». La tiró por la ventanilla, al cabo, y se puso a mirar el paisaje. Ya en agros de Lugo, la tierra era de un verde más duro y más negro. Huía el mar y venía la montaña. Arboles, palos del telégrafo, praderas, ovejas, aldeillas, siempre igual y siempre vertiginoso. Y el tren, tracatrá, tracatrá, tracatrá...

A las doce había salido Enrique de La Coruña, donde le despidiera su padre, lloroso. Las doce. Hora grave. Cuando la máquina

pitó, estridente, ¿habría sonado en aquel mismo instante el teléfono de Magda, demandando la cita defínitiva para Irastorza?

No. Enrique iba ya completamente seguro de que no. Cerró sus ojos en el vagón de primera— hasta Monforte no tendría cama — y evocó a la pequeña. ¡Cuánto la estaban calumniando! Y sus oídos, como un repiqueteo de alucinación, tornaron a repetir el ritornelo que la describía musicalmente. Todas las mujeres parecen vivir en un breve trozo musical. Manon son cuatro notas de la sinfonía. Magda era este ruidillo: «Madrileña soy, tin tin, tin tin, tan». Aquélla era toda Magda, chispera, morena, con su carne apretada, de goma, y sus crenchas obscuras, de maja.

— ¿Por qué la veo en esta canciÓD? — se preguntó a sí mismo.

Y sí. Recordó... Había sido una noche, en la Bombilla. El pianillo repiqueteaba aquello. Magda invitó a bailar al amante. Estaba alegre, como nunca, cascabel, sonaja, pandero. Enrique no quiso danzar. Y ella, al sonsonete de tal musiquilla canallesca y retozona, bailó

sola, con movimientos elásticos, mucho tiempo. Y ¡estaba tan interesante en aquel espacio ingenuo e infantill...

La quería, la quería... Rememoró detalles suyos. ¡La bocal Un día le había dicho Enrique:

— Tienes una boca lindísima.

— ¿Por fuera? ¿Y por dentro?

— Supongo que también.

— Mira.

Y Magda abrió su boca de diez y seis años, y enseñó el paladar rosado, la afílada lengüecilla que tenía vida propia, y mimo suyo, y coquetería personal, y las dos fílas de dientes albos, sin una maca, arteros y fuertes como los de una leona joven. ¿Fué un acto de lujuria tremendo? ¿Una especie de virginidad que se le descubría y se inmolaba al amante? Enrique había sentido temblar todo su ser de pasión, ante aquel secreto delicioso, parte íntima de un organismo sano y querido.

La quería, la quería...

Rió:

— ¡Pensar— dijo para sí — que le hice ver-

sos! Yo. iVersos yo! Un ingenierote matemático, algebraico. ¡Qué loco!

Recordó sus versos. Habíalos escrito en un instante de complejidad espiritual — en uno de esos arrechuchos estonianos, cuando creía una infamia poseer a la chiquilla — cuando no quería sentirse amante de aquel retoño, sino su rodrigón, y más poéticamente, su maestro. Recordó aquellos versos, y los dijo para sí, mientras el tren hacia su tracatrá, tracatrá...

—No quisiera — rezonga la conciencia. — Es una gran maldad — responde un eco de mal augurio. Empero, la impaciencia que me consume, salta cual morueco

sobre el recuerdo tuyo, apetecido.

Y hay una lucha bárbara y brutal ante el espanto del pecar, temido, y entre la gula de tu amor triunfal.

Y quisiera borrarte de mi vida

como un tormento que, fatal, la asalta, pero siento el encanto de la herida, y sin tus besos el vivir me falta.

Esperándote estoy. Y deseara

el no verte llegar. Que te evadiera

una idea tuya, inescrutable y rara

qu6 de mi absurdo amor te desprendiera.

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