Cruz Verde, 8 · Unidad 30 de 34
Unidad 30 · LUÍS ANTÓN DEL O L M E 7
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
LUÍS ANTÓN DEL O L M E 7
agfresivo, simbólico, como un emblema de gallofa innoble. Las toallas que pendían del lavabo. La usada pastiiia de jabón, con la que se habrían untado hombres y mujeres desconocidos. El orinal, gros^rdmente colocado en un estante de la mesilla, con su asa rota. Los cortinones verdes que separaban el gabinete de la alcoba, sucios, deshilachados. La pobreza de aquella mansión no empingorotada aún, que era de una tercera comenzante y todavía casi indigente. Los cuadros, cursis y chillones, algunos de ellos orgiásticos, cuadros de burdel. Y vio después a su madre como una domadora, a'!á, esperándola para arrebatarle los billetes que llevaría en la escarcela.
Suspiró- Era una desventurada. ¡Qué abajo había caídol ]Y qué hondo!
Antes no había reparado bien en todo aquello. Nunca, además, encontrara hombre tan miserable. Pero ahora sí. Ahora lo veía todo como era, horrible. ¡Ah, cuánto mejor ser obrera o suicidarse! ¡Qué nefanda la prostitución! ¡Qué tremendo el prostíbulo!
Estuvo a punto de llorar, de echarse a los
pies de aquel individuo para decirle que era una niña, que estaba abandonada, que tuviera compasión, que le entregase el dinero sin torturarla más. Lo miró. No. Era un hombre perverso, inconsciente, a quien también le había secado el alma la vida, acaso un sádico, más gozoso cuanto más la viera padecer...
Sufrió como un ajusticiado. Ella, huérfana a los nueve años, había ido a )a degradación como a un camino racional y quizás único, llevada por la mano más querida. Nuncr oyó hablar de honra ni de virtud. Eran palabras de novela, como paraísos legendarios de seres maravillosos. Enrique, sí. Enrique había ido hasta su corazoncito no encanallado aún, y lo había pinzado en aquel estercolero, para sacarlo, trémulo, como un nido. Sufría. Padecía en toda su psicología consternada. Morir en aquel trance le hubiera parecido redentor. Daría término al infame dilema.
Empezó el cínico a vestirse. Ella preguntó con timidez:
— Y no me dará nada...
—Nada. A ti nada. ¿Por qué? A Emilia, sí, Í8é
le pagaré su trabajo, las molestias. Pero ¿a ti? Lo que debía yo hacer era pedirte uua indemnización por el berrenchín que me estás dando. ¡Vaya con la mocita pudQ rosal
Magda tuvo que transigir, al cabo.
Se lavaron. Se vistieron. Aquel hombre tenía una mirada fría y uoa sonrisa cada vez más enigmática. Magda lo atisbaba con horror y con miedo. ¡Oh, qué asco le había tomadol No. Jamás reincidiría. Jamás. Prefería el colegio. Pediría limosna. Ya no pensaba en Enrique. Comprendía que estaba perdido. Le daba a ella (un espanto de sí propia recordar al novio! Trabajaría. Se mataría. Todo menos volver. Le entregaría a su madre aquel tremendo dinero, y ajustarían cuentas. Liquidarían si era preciso. No. No más. [Qué infamial ¡Qué bellaca infamia! ¡Qué espanto de si propial ¡Qué sucia y qué fea se sentía! ¡Y qué S^rotescal