Cruz Verde, 8 · Unidad 6 de 34

Unidad 6 · LUIS ANTÓN DEL 0LME7

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LUIS ANTÓN DEL 0LME7

corazón sabecomprenderlo y perdonarlo todo. Y a ti, alma mía pequeña, nenica sin suerte, pedacito de mujer infortunada, te adoro.

La alcoba estaba allí/ inmediata. Cuando ellos tornaron de nuevo ai gabinete, parecían quererse más. Más aún, después de aquellas nupcias clandestinas, a las que habían llegado, de tumbo en tumbo, por un azar de la fortuna ciega.

Antes de despedirse urdieron su plan. Nada le dirían a Emilia Guerra. Si lo supiera, se pondría furiosa. Magda era el atractivo de su casa y la esclava que más dinero le traía. No volvería Magda al antro aquel. Cuando Emilia insistiese, Magda le opondría estorbos: la presencia en Madrid de algún pariente, cualquier cosa.

— Ahora— dijo Enrique — llamaré a Emilia y le pagaré. Toma cuarenta duros para ti, secretos... Yo la daré a ella sesenta, de ios cuales debe entregarte treinta. Saldré primero, y te esperaré frente a la Universidad, en un coche.

¿Irás a ca^a? ¿Con tu madre? ¿Le parecerá a ella bien esto? Yo supongo que &í.

Magda afirmó:

- ¡Claro! ¡Por Diosl ¿Qué le va a parecer? |Si es mi alegría!

— ¿Convenidos, pues?

—Convenidos.

Arólas entonces gritó:

— ¡Emilia!

Llegó ella, astuta, sonriente.

— ¿Qué, le ha gustado la pequeña?

Enrique afectó la indiferencia de un fauno satisfecho:

— No está nada mal. Toma; sesenta duros. Ya volveré. Adiós, Magdita.

Salió, cogió bastón y sombrero, recorrió la calle con pasos ágiles, alquiló un coche y esperó breve rato. A poco llegó ella, furtiva, más bonita en la calle aún, radiante de gozosa, y se encaramó al cochezuelo.

— ¿Dónde vives?

— Montera, 14.

El alquilón rebrincó por el empedrado durante unos minutos. Charlaban. Ella era una

ráfagfa. Era una ráfaga de juventud y de risa.

— iCuánto siento — dijo Enrique de pronto — no dedicarte la tarde/ la nochel Pero mañana te llevaré a los toros. Tengo localidades con Hermida, mi socio, como hermano. Iremos los tres. Te iré a buscar en coche a las cuatro. Montera, 14, ¿no?

Y luego:

— Tú nos verás desde el balcón, y bajarás. ¿Estamos? ¿Me quieres?

Ella sólo respondió:

— iQue si te quiero!

Arribaron. La casa era fea, anticuada y modesta. Enrique, antes de que ella se fuera, le besó una mano, una de aquellas manecitas juguetonas y niñas que llevaban, por todo llevar, una sortija de alambre dorado y una perla de cera.

Cuando Arólas llegó a su oficina, una oRcina de negocios, montada a lo yanqui, con sus muebles sencillos y cómodos, Hermida le esperaba impaciente.

— Tiene usted cara de estar contento — le dijo.

— ¿Y eso, Enrique?

— Acabo de estar con la mujer más bonita del mundo. Mañana iremos ios tres a los toros. Se llama Mag;da Girón. Es hija de un magfistrado que fué presidente de Audiencia. Diez y seis años, rizadita, un torbellino. La he conocido en casa de Emilia Guerra. Nos queremos. La he retirado. Setecientas pesetas al mes.

Hermida se quedó como helado, absorto:

— Eso es una barbaridad.

Pero Enrique no le hizo caso. Se quitó la chaqueta, y en mang^as de camisa, como un norteamericano, se puso a trabajar en su mesa. Hizo pausa. Después, alzando el rostro y sonriendo:

— ¿Llegó carta de Barcelona? Conque una barbaridad, ¿eh? Usted no comprende a Tolitoi. Usted es un negociante. Para usted sólo hay esto: lucha.

Tamborileó con sus dedos en la mesa, y volvió al trabajo.