Cuadros de costumbres populares andaluces · Capítulo real 2 de 12

CAPITULO III

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 4 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO III.

ISl exclaustrado que habían recogido la excelente familia López, que se llamaba el Padre Nolasco, era un buen Señor. No liabia inventado la pólvora ni la imprenta, ni era colaborador de ninguna enciclopedia, pero sabia lo que tenia que saber para el cumplimiento de sus funciones. Si le faltaba un algo de dignidad, sobrábale celo y conocimiento del pueblo, de sus costumbres y de su lenguage para atraerlo á la senda del bien, lo que lograba alguna vez con un caramba! dirigido á los mayores, y con un zosquin aplicado á los chicos. Como el instinto del pueblo es tan justo y perspicaz, por lo mismo que no tiene esa espuma de cultura que no basta para penetrar, y sobra para estraviar, conocian que el padre, no perdía la derechimi, así es que lo querían y veneraban, aunque á veces se reían de sus cosas. Atento á esto, haremos una salvedad al mismo tiempo que una observación, yes que hay dos clases de risas muy distintas, ó por mejor dicho contrapuestas; la risa benévola, y la risa despreciativa; la primera es dulce.

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alegre é inofensiva; la segunda es amarga, poco alegre y zaheriente; la primera nace de un corazón sano como los claros borbotones de un manantial de aguas claras; la otra nace de un corazón duro y acerbo, y ti I ira como un licor corrosivo que quema y ennegrece cuanto loca; la una se coiona de flores, la otra se reviste de púas. Inútil es añadir que la que inspiraba las cosas del buen padre, que era queridísimo de todos, era la primera.

El padre Nolasco estaba un poco sordo, lo que le hacia trabucar á veces las cosas que ledecian, por lo que solía acontecer que sus exortacioncs en el Confesonario servian á dos fines, como tales, para el penitente, como pláticas para el concurso. No podía darse un hombre mas sin hiél, sin que por eso dejase de tener su buena dosis de malicia, y no se la pegaba tan fácilmente el que quería engañarlo. Nunca tampoco se vio otro mas franco y verídico, lo que hacia que sin gastar tono de superioridad ni menos tener agrior, decía á cada cual cuando le parecía que iba errado y obraba mal, sin que nadie se ofendiese por eso.

En cuanto al esterior, parecía el padre Nolasco una de esas caritas de goma elástica que se hubiese estirado cuanto daba de sí á lo largo; tenía larga y angosta la cabeza, larga la nariz, larga la barba, los dientes largos, los brazos y las manos largas, y largas las piernas y los pies. Vestía desde la exclaustración en que le habían sido dados de limosna por un su favorecedor venido de América, llamado D. Marcelino Toro, una chaqueta, un chaleco, y unos pantalones negros de cúbica, los que á fuerza de servir y ser cepillados por su buena patrona, habían adquirido un brillo que los hacía aparecer de hule.

El padre Nolasco aunque tenía mas de setenta años, era ágil, y á escepcion de algunos flatos que se curaba con

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lathéj gozaba de buena salud, gracias quizá á s\i frugalidad y á la sencillez de sus alimentos. La hermana dtí su favorecedor Doña Bráulia Toro, le regalaba cada mes dos libras de chocolate de treinta cuartos, el que con unas tostaditas secas componía sus almuerzos. Su compadre el rico tio Gil Piñones, le regalaba garbanzos porque enseñara ásus hijos á ayudar á misa, y estos con media cuarta de carne y con media onza de tocino que le daba el serrano por que le escribiera sus cartas, formaban el puchero quecomia los trescientos sesenta y cinco dias del año, del que se guardaba una laza de caldo para cenar, y otra daba á la. pobre viuda que vivía en el sobrado.

Por decentado el padre Nolasco tuteaba á cuantos habian nacido en el siglo de las luces. Un día el médico que era un joven que la echaba de importante, le hizo notar que esa libertad que se lomaba era contra la dignidad del hombre.

— Dignidad del hombre! contestó el padre Nolasco; eso han sacado ahora. ¡Vaya! dignidad en las palabras é indignidad en los hechos! Con que tuteo á mi Seráfico padre San Francisco, é iría yo quizás á darle Mercé ó Señoría á un barbilampiño como tú! anda, cura tabardillos y no me lo des á mí, que no me he de poner al «so del dia, que está yá el alcacer duro para pitos; estás?

Pero con quien sostenía el padre Nolasco una hostilidad perenne, era con el hijo de la pobre viuda, gracioso, vivo, bonito y simpático muchacho de doce años, que quería ser marinero contra la voluntad de su madre. Esta que habia perdido á su marido en un naufragio , se estiemecía con la idea de que se embarcase su hijo, y habia acudido al padre Nolasco á fin de que le prestase su ausilio para disuadir al niño de su intento, pero este habia sido ineficaz; mientras mas le

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liahia onconiiado el padre las premgaiivas de la tierra liinic, y las veiUajas de la vida sosegada, mas se Iiabia eniusiasiiiadü el aventurero nuieliaeho por los azares del mar, y por los largos viages sobre las inseguras olas. El padre Nolasco en venganza le Iiabia puesto por nonibie Montevideo-, ya sabemos que para ciertas gentes se encierran los largos \iages de mar en el de América, y que para ellos el finisterre es Montevideo.

— No irás á la mar; nó, le decia el buen padre.

— ¿Y por qué no, Señor? respondía con una soni'isa tan alegre como dulce Tomasillo, sonrisa que eia peculiai' á él y á su hermana, en la que se unian la alegría y la dulzura, como se une en el So! el brillo y el calor.

—Por que la mar es enemiga del hombre, bien lo sabes, y que en ella murió tu padre, así es que no sé, testarudo, como tienes valor de embarcarte.

— Y el padre de V. padre Nolasco donde murió? preguntó Tomasillo.

—Toma! en la cama muy descansado, respondió el padre.

— Pues como tiene V. valor de acostarse en una cama, padi'e Nolasco?

— No me vengas con cntraditas de pollo inglés, Tomasillo; bien sabes que de diez que van á la mar se ahogan nueve en la ílor de su vida, y mueren sin confesión, lo que á tí que eres mas malo que ninguno, le vendrá peor que á ninguno. Si dejas esta por otra, el mal ha de ser para tí, pues en lo demás poco se pierde; para tí digo y para tu pobre madre que te ha de sentir como que te parió y que es preciso que tu mantengas.

— Pues qué quiere V. padre Nolasco, que vuelva yo a andar como anduve á principio de verano por las recortas del manchón del tio Mateo con un cencerro en la mano ahuyentando pájaros con la cantilena:

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Al agua patos,

Que se comen el trigo los gurupatos,

— Vaya! pues qué peligro hay en eso?

— A mí me gusta el peligro, padre Nolasco.

— Calla, pez volante, que quien ama el peligro, en él perece; hablé con mi compadre lio Gil Piñones y me dijo que te tomaría de porcjuero.

— Que no voy; qué habia yo de guardar puercos? que los guarde su amo.

— Con que no quieres trabajar so malandron? no quieres ser hombre de bien y ayuéar á la pobre de tu madre? di, libertino?

— Sí Señor, si Señor; pero no quiero ser espachurra terrones, ni pasar mi vida en mi casa como caracol vulgado. Si me muero, tanto me dá, pero no quiero que me llamen tomatero, eso nó.

— Y mejor será que te llamen Montevideo, ó bien: Que te llamen pocas penas pariente de mala gana, y por apellido tengas á mí no se me dá nada.

Ya veremos si vas al Cortijo del compadre lio Gil Piñones; yo en propia persona te voy á llevar, y si te repercutas, te llevo cogido por una oreja. Vaya! después de los pasos que he tenido que dar y del empeño que he puesto! Cuando te podías tú figurar peje sapo, que habías de llegar á ser porquero del compadre Gil Piñones? con que ya le puedes alistar para mañana con la fresca, coger la vereda.

A la mañana siguiente el chiquillo se escapó, se metió en una barca y no hubo quien de allí lo sacase. Como era tan bonito, tan alegre, tan dispuesto y tan simpático, le hizo gracia al patrón, que lo conserva en su barca, y á la sazón habia ascendido á la dignidad de

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cuarterón, nombre que dan á los muchachos ya enseñados, y que alcanzan estipendio, por ganar la cuarta parte de lo que gana un hombre.

— Montevideo, le dijo el padre Nolasco cuando lo volvió á ver; eres como las pinas de la Rápita que estuvieron siete años dándoles golpes, y el primer piñón les saltó un ojo.

— Padre Nolasco, respondió Tomasillo, tres cosas hacen al hombre medrar, ciencia, mar y casa real.

CAPITULO IV.

espues que hubieron cenado, se reunieron todos los vecinos de la Casa en la puerta de la calle, menos la pobre viuda que sus males y sus que-haceres retenian en el sobrado.

En un banco á la derecha se sentaron, el padre Nolasco, el Señor Canuto, á quien no tocaba la guardia en los puestos aquella noche, y el tío Mateo. Entre sus rodillas estaba su nietecito que tenía estendidos sus brazos sobre los muslos de su abuelo.

— Tío Mateo, le decía Pepa, hasta el suelo se le cae á V. la baba con ese chiquillo.

— Verdad es, contestaba el tio Mateo, que era zumbón; no lo puedo negar, tira la sangre, y que hijo de mi hija ser mi nieto, hijo de mi hijo no sabeilo.

En el banco de la izquierda se sentaron, Estévan que era el mayor de los dos hermanos que hemos visto volver con su padre del campo, el que contaba veinte años, su hermano Lorenzo que contaba diez y ocho, y al lado de ellos se sentó María Dolores la linda hija de la pobre viuda, que todos querían con cslremo, lo mis-

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íiio (¡lie a su hermano; así era, que cuando el lio Mateo decía:

— Que hechizo tiene ese Tomasillo; es mas alegre que un fandango, se acuesta y levanta cantando como los pájaros, respondía la lia Melchora su muger; verdad es, pero, y María Dolores? qué ángel tiene! esa se acuesta y se levanta como los serafines alabando á Dios.

Contaba Dolores catorce años, esa edad en que se abrazan la niñez y la juventud en tan estrecha unión, que necesitan á veces los años llamar las lágrimas en su auxilio para separarlos.

La tia Melchora estaba sentada en el escalón de la puerta de la calle, y junto á ella su nietecita, que había dejado caer su cabeza en la falda de su abuela y sin soltar de su mano un racimo de uvas, se había quedado dormida como una pequeña Encante.

Pepa la carabinera y Catalina la madre de los niños, que estaban estrechamente unidas, por lo que á estos quería Pepa, habían traído sillas bajas y estaban sentadas de frente. Catalina tenia dormido en sus brazos al hijo mas pequeño que criaba.

— Paréceme que quieie llover, dijo el carabinero, que apunta el levante y por este tiempo siempre que viene el levante echa agua; ¿qué le parece á V. lio Mateo?

— Que no dice V. malamente, respondió este, hoy es jueves dia de señal como el domingo, y en acostándose en estos días de señal el rubio entre cortinas, mudanza de tiempo.

— Te vienes, Lorenzo? dijo Estévan á su hermano al que quería con ternura; es sábado, los mozos tienen una guitarra y una fiesta armada.

— No voy, contestó lacónicamente Lorenzo, que era desabrido.

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— Pues no vengas, repuso Estovan, así como así por todo armas camorras, con quíí mas vale que no vengas; siempre estás que parece que te deben y no le pagan, te duele algo?

— La cabeza de oírte.

— Pues hijo, con Dios, al que le duele la muela que se la saque ó que rabie.

Estovan se alejó.

— Por qué no vas? le preguntó Dolores.

— Por que me gusta mas quedarme aquí.

— Por qué?

— Qué se yó.

— Pues si yo pudiese ir donde hubiese guitarra, no me quedaba yo aquí, nó.

— Si tú hubieses estado cavando todo el dia!...

— Quita allá, fíojon, no lo han estado los otros lo mismo que tú?

— Los otros!!! los otros no van por la guitarra, que van por la novia.

— Y tú no tienes novia Lorenzo?

— Yo nó, respondió en tono brusco el muchacho. Mira, Dolores, añadió después de un rato, desde ahora le digo que cuando me llegue á enamorar ha de ser de lí, y en mi vida de Dios he de tener mas novia que tú.

María Dolores empezó a lucirse en sonoras carcajadas.

— Te ríes? preguntó muy picado Lorenzo.

— Pues no me he de reir! tú mi novio! ¡ay que reidero!

— Pues no siempre ha de ser para tí un reidero, por que en siendo tu novio te he de poner las peras á cuarto y no has de estar siempre riéndote como Juanilla la tonta.

— Es que no seré tu novia, dijo con decisión Dolores.

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— Que nó? ya veremos, aunque no quieras lo has ele ser.

- — Que nó. — Que sí. — Que nó.

— Que sí.

— Que nó, ea! rs€lanió medio llorando la niña.

Oyóse enlonces una alegre y elara voz que venía can lando :

Bendito S( a Dios, madre Que ya pareció el perdido, Que no se puede perder Pájaro que tiene nido.

— Ese es mi Tomás, dijo Dolores con júbilo, corriendo al encuentro del que cantaba.

— Buenas noches, Señores, dijo Tomás que traía un canasto con pescado.

— Dios le las dé muy buenas, hijo.

— Tía Melchora, aquí tiene V. un rape que sé que le gusta para hacer sopa. Seña Pepa, tome V. estos salmonetes. Padre Nolasco, tome V. estas pescadillas para cenar, dijo el niño repartiendo casi lodo el pescado que traía.

— Q'i<S y^^ estás de vuelta Montevideo? vaya que pronto has venido; andas mas que una mala noticia; que dices? dijo el padre Nolasco.

— Que tome V. estas pescadillas para cenar, padre, gritó Tü masillo.

—No, no, no quiero sino mi sopa, que en mis años vale mas caldo de <~.arne, que carne de pescado.

— -Dios le lo pague, Tomasillo, dijo la tía Melchora.

—Gracias añadió Pepa.

— No hay de que darlas; quien esto dá diera cosa. mejor si la tuviese, respondió el cuarterón.

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— ^Ilas oslado lejos, Tomnsillo? preguntó el lio Maleo.

— Jesús! basla Gibraltar que es tierra do ingleses.

— Pues qué lias estado en 7/íí/a-lalerra? preguntó Catalina.

— Nó, que el Peñón es de España, y es de ios ingleses, y eso es como si dijese V. que mi mano era suya. No es verdad» padre Nonasco?

— Chiquillo, dijo la lia Mel(;liora,no se dice Nonasco,. que se dice Nolasco, le lo be dicho mas de treinta veces.

— Nonasco, así le dicen en Cádiz, que son gentes pulidas; no es verdad, Señor Canuto?

El grave y callado carabinero obligado á contestar á esa pregunta diiecta, respondió en voz hueca:

— No se dice Nonasco

— Lo ves!

— Ni tampoco Noíasco.

—Lo vé V. !

« — Pues cómo se dice?

— Se dice Nonato.

— Qué, Scttor, ese es San Ramón, observó ía lía Me 1 chora.

— Es que los dos llevan un mismo apellido, repusa con aplomo el Señor Canuto.

— Cuando Señor Canuto lo dice, verdad será, pues sabe su mercó mas que Seeneca, dijo Catalina.

— Oiga! y quien es Seenecal preguntó el cuarterón.

— Que se yó, contestó la yegüeriza, será un abogado.

— Padre Nonasco, gritó el marinerillo, dígame V. quien es Seenecat

— Rebeca? respondió el padre que no oyó bien; es una pastora de las de Belén.

— No pregunto eso, gritó el cuarterón, sino quiéo es Seenecal

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— No lo sé, caiUestó el buen Señor; ese santo no está ni en el añalejo ni f;n el martirologio.

~ Señor Canuto, prosiguió preguntando Tomasillo, sáqueme V. de curiosidad, y dígame quién es Seenecal que esto pica en misterio.

— Seeneca, respondió con todo aplomo el carabinero, es un sabio de los moros que ayuda y guia á su Rey, como por acá el Papa al nuestro.

— Vaya, no sabia yo eso, dijo su muger, aunque siempre he oido decir que los moros saben mucho.

— Como que encierran á las mugeres, mire V. si serán avisados, observó el tio Mateo; no es asinay padre Nolasco?

— Por supuesto contestó este; la muger honrada, la puerta cerrada, pero hoy dia son mas callejeras que el humo, que siempre está buscando por donde salir.

Toda la vida de Dios ha sido asina, padre Nolasco^ dijo el lio Mateo; oye cuarteron,^ prosiguió, has visto por esas mares anchas á la Serenita del mar?

— Yo nó; lo que querrá V. decir son tiburones ó qoi/ineSi tio Mateo.

— No, no, intei'vino la tia Melchora; la Serenita es una muchacha muy sin vergüenza, que andaba por esas playas enamorando á los marineros con su buen parecer y sus cantos, hasta que su padre la maldijo, deseando que se volviese pez, y así sucedió volviéndose pescado de medio cuerpo abajo; metióse avergonzada en el mar, y se fué tejos por sus centros en los que canta siempre como en las playas hacía, para atraer á los hombres á su perdición; y así es que dice la copla:

La Serenita del mar F.s una pulida dama;

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Por maldecirle su padre

La licne Dios en el agua. (1)

No sabias, Tomasillo que cuando saltan ios Delfines y cantan las Serenas^ es señal de tempestad y presagio de naufragio?

— Yo no, S^^ñora, no be oído mas que los ronquios de la corbina; esa Serena, será pez de otras mares, digo yo. Ea, voy á ver á madre y á decirle que me embarco de gurumete en una fragata tamaña como el castillo.

— Mucbacbo! y donde Tas? exclamaron lodos.

— A lo mas remontao de América.

— Jesús! volvieron á exclamar todos.

— Qué dicen? preguntó el padre Nolasco.

— El tio Mateo se lo dijo en recia voz.

— No lo dije! esclamó el padre Nolasco, á las Indias, á Montevideo; si no habia de parar hasta lograrlo ese atronado mas aturdido que unas carnestolendas. Mire V. que dejar de ser porquero del compadre Gil Piñones para ir a ser pasto de peces, se podrá creer!

— Dejar nuestra madre la tierra por esa madrasta la mar! dijo la tia Melchora.

— Señora, el dinero no se gana tendido, y yo quiero ganar dinero mucho y aprisa para que mi pobre madre tenga la vejez descansada, respondió el cuarterón.

— Tomasillo, el que quiere ser rico en un año, al medio le ahorcan, observó el lio Mateo.

— Ay Dios mió! dijo echándose á llorar Dolores, hermano de mi alma, no te vayas tan lejos por esos mares sepulturas de cristianos.

— Calla, calla, Dolorsilla, que voy á volver como Don Marcelino, con mucho oro.

(1) Y cate V. la Sirena mitológica hecha cristiana por «1 pueblo.

[POBRE dolores!

— Sí, del que depone el moro, murmuró Lorenzo.

— A madre le voy á traer una caja de azúcar para sus jarabes, á tí un loro y al padre Nolasco un negrito para que le ayude la misa.

— Déjate de negritos, repuso el padre Nolasco, y acuérdate que quien ama el peligro en el perece; pero á unos no basia el arre ni á otros el só.

— Padre Nolasco, la gloria y el dinero son para quien los gana.

Sí, y si para lograrlos pierdes la vida ó la salud? y si no vuelves?

Volveré, si Señor, volveré con salud y con pezelas, que es salud completa, repuso alegremente el cuarterón entrándose á ver á su madre.