Cuadros de costumbres populares andaluces · Capítulo real 6 de 12
CAPITULO VIII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
CAPITULO VIII.
a panadera donde solía ir Dolores á escoger trigo, era una joven viuda que se había prendado de Lorenzo. Buscaba conslanlemente prelestos para ir en casa de la lia Melchora, y los bailaba igualmente para atraer á Lorenzo á la suya; ya para llevarle el trigo al molino, ya para hacerle acarrear el que compraba de algún granero á su casa. El natural desvío qne era peculiar á Lorenzo, y que con ella apesar de ser joven, rica y buena moza, rayaba en hastío é impertinencia, no bastó á hacerla desistir de su intento; al contrario, la aferró mas en él.
El día que habia caido soldado, fué Lorenzo á llevarle unos melones de su cojumbral que le habia encargado.
Subiólos este al sobrado y volvía á irse sin hablar una palabra como solía hacer, cuando le llamó la viuda.
— Con que, le dijo, has caido soldado?
— No podía faltar, contestó Lorenzo, que tengo la fortuna mocosa.
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— Vamos á ver, prosiguió la viuda, y sí hubiese quien te diese á mano para que le librases?
— El eorazon salló en el pecho al joven como si le hubiese tocado la pila de Volla.
— Y sabria V. quizás de quien me emprestase esc dinero? preguntó con ansia.
— Si, si, contestó la viuda, y quizás de quien te los diese; teniendo présenle que real que guarda á ciento, es buen real.
Al oir estas palabras, Lorenzo que habia tiempo conocía las intenciones de la viuda, comprendió la indirecta, y su alegría momentánea se apagó como una luz, y su semblante se cubrió de su habitual ceño.
— Vaya, que dices, Lorenzo, es tan mala la proposición, que le encapotas como cielo de Diciembre? qué dices?
— Señora, aconseja la copla.
En tu vida, de nadie dádivas tomes, y con eso te escusas de obligaciones.
— Vamos, vén acá, hombre no estes tan retenido y metido en ti, ni seas como el lio May Miguel, que tenia vergüenza hasta de ser hombre de bien. Todo tiene remedio en este mundo menos la muerte. Si nó fueras tan díscolo podría una entenderse; ya sabes que mi Juan cuando murió me dejó la casa, el horno y la panadería; yo necesito como el comer un hombre que este al frente de ella; el trabajo para el que al frente se ponga es poco y la ganancia mucha; podrías tu....
— Scñoi'a, yo no entiendo de panadería.
— También sabes que me dejó una piara de vacas
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de las grandes y que surto á la carnicería; Iiay cu cl!a rastras, añojos, utreros y áralos, (i).
— Señora, yo no he manejado ganadería.
— Tandjien me ha dejado buenos cuartos, Judiarás morusa.
— ¿Y yó que tengo con eso?
— Que podrías manejarlo.
— No Señora, yo no entiendo de grajas peladas, dijo alejándose Lorenzo; no quiero cargos; mientras menos cargos, menos descargos.
— Vamos, hombre, lo que estás diciendo no son mas que cháncharras y máncharras; no te digo claro que á tu querer todo sería tuyo?
— Yo no quiero bienes con tranquilla, dijo saliéndose Lorenzo.
— Ilabráse visto calza polainas mas encrestado? murmuró la panadera al verlo salir.
La viuda que tenia la convicción de que Lorenzo admitiría sus ofertas, se habia dejado decir que bien podía tocarle la suerte á Lorenzo, pero que las insignias de soldado no habían de caer en su cuerpo, que no habia de pisar lodo ni comer en rancho.
Como todo se repite con añadiduras y variantes en los pueblos como en las ciudades, llegó osle dicho de la viuda á casa de los López, ganando en cada nueva edición, sino corrección aumento. Al tío Mateo lo dejó incrédulo, enagenó á la tia Melchora, y consternó á Dolores.
— Lorenzo, le gritó su pobre madre al verlo llegar, es verdad que la viuda te vá á poner un sustituto?
— Que está V. diciendo, niadre?
(I) Crias de meses, de uno, dos y tres años.
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— Que dicen le dá el dinero para ello.
— Dar! dar! Señora, lo que se dá son los buenos dias.
— Pues no serán dados, serán emprestados,
— No se Cítipresla siíio paciencia, ni se convida mas que á misa, Señora.
— Es que lú no lo habrás querido tomar, Lorenzo.
— Yo, madre! pues si estoy como las Animas benditas, deseando siempre que me den.
— Y bien que ha hecho de no tomar prestado, dijo su padre, porque mas que sea un buen trabajador que todos lo quieren y siempre anda pujado, sabe Dios cuando habría podido pagar, y cochino fiado gruñe todo el año.
— Lorenzo, hijo, es que dicen que se quería casar contigo, y tú rehusas esa suerte? dijo su madre.
— Quién ha sacado eso? no sabe V. Señora que es de calidad el nó, que la hembra se lo dice al varón? por que quieren desacreditar á esa muger?
— No la desacreditan hombre, nada malo se ha dicho.
— No; no la echan abajo, pero la van destechando; la envidia, Señora, la envidia! pues como es rica y buena moza las otras rabian y muerden.
— Mientras todos sentados á la puerta se quejaban y lloraban por la ida de los hermanos, Lorenzo que había notado la penosa é inquieta impresión que había causado en Dolores cuanto sobre la rica panadera se habló, se había sentado en el banco en que solía sentarse, y apoyada la cabeza en la pared, clavada la vista en las estrellas del Cielo á las que parecía dirijirse, cantaba en queda pero clara voz ) con la admirable flexibilidad y el exactísimo oído, que hacen necesarias las delicadas y á veces estrañas modulaciones y cambios de tonos que tienen las melodías populares.
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La canción que cantaba por deconlatlo era diiigida íi Dolores, la que no perdía una sílaba del texto, ni una modulación de la tonada que llegaba á un tiempo tan dulce y melodiosa á su oído y á su corazón.
Era esta la canción:
Pastor que estás en el campo de amores tan retirado, yo te vengo á proponer si quisieres ser casado.
Yo no quiero ser casado, íidios que me quiero ir.
Tú que estas acostumbrado á ponerte esos sajones si te casaras conmigo te pusieras pantalones.
Ño quiero tus pantalones adiós que me quiero ir.
Tú que estás acostumbrado á ponerte chamarreta, si te casaras conmigo le pondrías tu chaqueta.
Yo no quiero tu chaqueta adiós que me quiero ir.
Tú que estás acostumbrado á comer pan de centeno, si le casaras conmigo lo comieras blanco y bueno.
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Yo no quiero tu pan blanco respondo el villano vil, adiós que me quiero ir.
Tú que estás acostundjrado á dormir entre gransones, si le casaras conmigo dormirías en mis colchones.
Yo no quiero tus colchones adiós que me quiero ir.
Si te casaras conmigo mi padre te diera un coche, para que vengas á verme los Sábados en la noche.
Yo no quiero ir en coche adiós que me quiero ir.
Te he de poner una fuente con cuatro caños dorados para que vayas á ella á dai' agua á tu ganado.
Yo no quiero tu gran fuente ni muger tan amorosa no quiero yo para mí. — Por la noche mientras los demás quintos mas alegres ó con cariños menos profundos que Lorenzo, se reunían y bebían para ahogar y disimular su abatimiento, y recorrían las calles cantando:
Muchachas si queréis novios pintarlos en la pared
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que los mocitos de España son de la reina Isabel.
Lorenzo con amarga y trémula voz decía á Dolores:
— Ya sabia yo que me tocaría la suerte! ahora quedas tú campando por tu respeto.
— Válgame Dios repuso Dolores que estaba llorando, te empeñas en amargarme mas la ausencia Lorenzo?
— Me olvidarás Dolores?
— No, aunque me olvides tu.
— Sabes que eso no cabe.
— En ti mas bien que en mí.
— Porqué razón?
— Porque tú no tienes como tengo yo un recuerdo que te alza en mi corazón un altar.
— Y cata allí porque confiar no puedo en tu amor, que es mas amor de hija que de novia.
— Anda, no caviles, que amor que nace del recuerdo de una madre no será de peor calidad, sino mas santo y mas firme que los que nacen al son de la guitarra,
— Pues júrame guardarme tu fé.
— Te lo juro.
— Porqué?
— Por mi salud.
— No basta.
— Por mi vida.
— No basta.
—Por mi salvación.
— No me satisface.
— Por el alma de mi madre; pero porqué desconfias tanto?
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— Por que me dá el corazón que nio lias de olvidar.
— Tu corazón es tu verdugo, Lorcozo.
— Porque es leal. Otra cosa me lias de jurar.
— Qué cosa?
— Que no le irás de aquí ni del lado de mi madre aunque se vaya Pepa á otra parte.
— Bien está; te lo juro.
— Ahora una cosa le advierto; si por otro me dejas, en volviendo yo, no ha de comer aquel mas pan, pues á mis manos muere.
— No amenaces, Lorenzo, que no está eso bien.
— No es amenazarte, es prevenirle.
' — No he de hacer por miedo lo que no haga por cariño. Lorenzo; y ya que desconfiado eres, mas hablas de desconfiar de un amor que amenazas, que no de un amor que halagues; disfruta de él como la abeja de su miel, no lo destroces como el lobo su presa, y déjame al partir un recuerdo que consuele y no amar* gue la ausencia.