Cuadros de costumbres populares andaluces · Capítulo real 11 de 12
CAPITULO XV
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
CAPITULO XV.
slévan liabia sido conducido a Sevilla y debia juzgarse por un consejo de guerra.
En los interrogatorios liabia sostenido con calma y firmeza que no habia cometido el crimen que se le imputaba. Reconocido por el hortelano de la viuda que fué el primero que liabia acudido al lugar de la catástrofe y que le habia hablado, no negaba su presencia, pero negaba el crimen; reconvenido con la objeccion de que hallándose allí en el momento de suceder la muerte, debería haber visto al asesino, lo negaba; lo que aumentaba las flagrantes pruebas de culpabilidad que contra él se aglomeraban. Su salida ó fuga de Rota á esa hora, á pesar de declarar que era aquel el destino de su viaje; su afán al siguiente dia en recorrer las tabernas de Sanlúcar con el marcado fin de saber cuanto sobre la catástrofe se decia, y averiguar si habia muerto el herido; alguna turbación y vacilamiento en sus respuestas; todo atestiguaba de tal manera en contra de cl^
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y el crimen era lan horroroso que se le impuso por unanimidad la sentencia de muerie.
Estovan la oyó con serenidad; debe en efecto ser menos horrorosa la muerte violenta cuando se presenta como sacrificio, que no cuando se presenta como espiacion.
En el momento que se iban a llevar al reo de la sala del consejo, salió de entre un grupo de hombres, un joven que se adelantó de repente con paso firme hacia el tribunal. La lívida palidez que cubria su semblante enérgico no parecía debida á la emoción del momento, pero anexa á aquel rostro en que nada de la vida parecía haber quedado si no un fuego sombrío en sus negros y ardientes ojos.
— Ese hombre es inocente, dijo con acento firme y seco dii'igiéndose al consejo.
— Cómo lo sabéis, y cómo podréis probarlo.
— Entregando aireo.
— Cuándo?
— Ahora mismo..
— Pues traedlo.
— Está ya aquí.
— Pues quién es?
— Yó.
—Vos!!!
— Yó, convicto y confeso.
Hubo un momento de silencio debido al asombro^ y estupefacción que causó esta escena.
—Hermano! esclamó al fin Estévan; que has hecho?
— Y tú habías pensado contestó el otro en tono de reconvención, que te dejaría yo morir! Oye, de cuando acá me has tenido tú por un infame? Nunca fui bueno, lo sé, siempre tuve en mí mismo el enemigo que debia perderme; pero de ahí á ser un vil cobarde que
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dejase pagar á un inocente mi delito, vá mucho hermano. Intenté procurar tu fuga de la cárcel y no lo conseguí, porque nada bueno podía lograrse al que Dios dejó de su mano. Así pues, caiga sobre el delincuente la ley, y cúmplase en mí la sentencia de quien á hierro mata, á hierro muere. Adiós, consuela a nuestros padres y perdonadme todos!
El consejo en vista de este inesperado incidente se suspendió, y Lorenzo fué mandado trasladar á la cárcel en lugar de Estovan que quedó libre; mas este estaba como herido de un rayo, sin palabras, sin acción y sin voluntad; sintióse fuertemente asido de un brazo por una persona que lo sacó de aquel funesto lugar, y que impulsándolo sin que el anonadado Estovan pusiese resistencia, lo llevó á una casa en que entraron, cerrando en seguida la puerta el que lo conducía.
— Animo, ánimo, le dijo presentándole un vaso de vino; ánimo que lo requieren las barbas.
Estovan levantó los ojos, y por vez primera miró ala persona que lo habia traído á aquel sitio.
— Sois vos? esclamó, y os habéis atrevido?
— Para las ocasiones son los amigos respondió su conductor que no era otro que su antiguo vecino el carabinero.
— Con que te ibas á dejar matar? esclamó Pepa que habia acudido y abrazaba con lágrimas á Estovan.
— Y habia de delatar á mi hermano, señora? contestó este.
— Ahora mismo te vas á meter en el vapor é irte á Sanlúcar y de ahí á Rota, que ojos que no ven corazón no quiebran, opinó el carabinero.
— Perdone Y., señor, repuso Estovan que volvía á recobrar su energía, que yo ahora voy al lado de mi hermano.
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Por mas que hicieron Pepa y su marido para apartar á Eslévan de su intento no fué posii^le.
El carabinero lo acompañó, peio cuando llegaron á la cárcel como si su llegada hubiese sido prevista, salió el oficial por quien Estovan habia sido defendido á recibirlo.
— El reo, dijo, me envia á vuestro encuentro por que no quiere veros no por falta de valor, pues está resignado y tranquilo, ni por falta de cariño, si no por ínteres hacia vos, que no podríais verlo sin sufrir un dolor tanto mas vehemente?, cuanto que no será corto y transitorio como el suyo. Me ha dicho que si la voluntad del que vá á morir es sagrada, que la atendáis, y le deis con ello ese último consuelo; partid en este instante, id á consolar á sus padres, y abrid allí esta carta de despedida, que es su última comunicación con este mundo, pues desde que me la dictó, solo tiene su mente en la eternidad que tan magna aparece á la hora de morir. No os desesperancéis; si algo en su favor se puede hacer, se hará.
Al oír estas terminantes palabras, el infeliz Estévan volvió á caer en su sombría inercia.
— Pues qué! murmuraba con ahogada voz; no lo veré mas? no volveré á ver al hermano de mí alma? Jesús! María Santísima! esto es peor que morir! mas valiera mil veces que nunca se hubiese presentado.
El buen carabinero con sus pocas palabras, pero su mucho celo se llevó á Estévan.
— Animo, ánimo, repetía, es pi'ecíso hacer de tripas corazón; vete á tu casa; que vas á hacer aquí?
Diciendo esto lo ari^astraba consigo por la orilla del rio y apresuraba el paso al ver que por una feliz coincidencia se pr^cparaba un vapor á salir para Sanlúcar. Cuando llegó lo metió en la embarcación;
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pa^'ó su pasage, lo recomendó á un camarero conocido suyo y se volvió á tierra en el mismo momento en que levando el ancla el vapor empezaba á imprimir á aquella, pesada mole el impulso que la liabia de hacer lijera y rápida cual la flecha al impulso del arco.
Qué pluma podrá pintar las destrozadoras escenas que se sucedieron en la casa antes tan feliz de la familia López al saber golpe sobre golpe, mediante á la brusca, franqueza campesina las desastrosas nuevas de que era Estovan portador! Quién puede pintar aquella desatentada desesperación, aquel sufrimiento infinito! Cuanto decirse puede, quedarla muy atrás de la realidad como se queda el pincel, que i n lenta pintar el agua y el fuego, á los que no puede dar calor ni movimiento.
En medio de esta desolación fué leida por el padre Nolasco la carta de Lorenzo, que era como sigue:
«Ni a Dios ni á los padres se les pide nunca per- «don en valde, y como á Dios se lo he pedido, os «lo pido á vosotros, á quiénes tan mal pago he dado «por el amor que me han tenido. No se aflijan Vds. «por mi suerte, que no llevo mas que lo que merezco, «y lo recibo resignado, á la vez como castigo y espia- «cion; hermano. Dios te pague el gran cariño que me «has demostrado, que si viviese no te lo pagaría besan- «do la tierra que pisas. Otra cosa quiero que hagas «por mí para poder morir tranquilo; á esa desdichada «á quién dejé en una mala hora sin arrimo ni calor «de nadie ampárala, cásate con ella; hazle dulce la «vida que tan amarga le hice yo; y para que muera «tranquilo, prometedlo al leer mi carta, para que las «palabras dadas al que vá á morir se cumplan pues «el saber que se cumplen, ha de ser el consuelo que «me lleve yo á la tierra. Perdonadme y encomcndad- «me á Dios, que el es el que nos cousuela á todos.»
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Cuando en medio de sollozos y gemidos se terminó la lectura, Estovan se acercó á la cama en que yacía cual un cadáver convulso la infeliz Dolores. m
— Dolores, le dijo la última voluntad de mi herma- I no es sagrada; ni tu puedes tener otro marido que yó, | ni yo otra muger que tú. El confia en que no haremos falla su última voluntad, y no debemos marrarle.
Dolores calló y siguió sollozando.
—Si no consientes, dijo con angustia Estévan, es que no lo quieres á él, no me aprecias á mí, y no estimas á la familia; prometes Dolores, que el tiempo urge.
— Prometo, gimió Dolores, hacer lo que él quiso y tu quieres.