Cuadros de costumbres · Unidad 17 de 101
Unidad 17 · SIMÓN VERDE. 37
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SIMÓN VERDE. 37
— El dia de la Ascensión,— dijo con angustia la niña, deslizándose silenciosa entre los árboles coma una mariposa.
— ¿El dia de la Ascensión, eh? — dijo de repetente Simón Verde, á cuyos oidos llegó esta palabra. — Ya veo que el dia de la Ascensión cuajan la almendra y el piñón. ¡Por vida de los mozos y mozas tempranos! ¿á qué venias aquí, di, Julián de mis pecados?
—Tío Simón... venia... venia á decirle si me quería traer mañana de Sevilla...
— ¿El qué, acabarás?
— Un... un... almanaque.
— ¿Para que fto te se pase el dia de la Ascensión? Lo que voy á traer de Sevilla es un candado para mi puerta, ¿estás? Pues tu padre tiene los humos muy altos, te tiene á tí por esas cumbres, y no ha de consentir en ese noviajo. Y como mi hija no ha de llevar un feo de nadie, le cojo á tu padre la delantera. Y así, Julián, aunque te estimo, te digo que pongas los pies en la del rey, y que en tu vida de Dios aportes por acá. Ea, hijo, coje dos de luz, y cuatro de traspon.
CAPITULO IV,
Al dia siguente fué Simón Verde con su carga de aceitunas á Sevilla, las vendió bien, y resignado ya con la mala venta de su pegujar, llego como siempre á su casa, contento y cantando; mas no pudo entrar en ella, porque ala puerta fué preso.
El pobre hombre se quedó consternado.
— ¡Ahora sí, pensó, que la hice buena, y que me cayó la lotería! ¡De esta hecha cojen al faccioso, y soy perdido! ¡Hija mia! ¡Madre mia! ¡No siento mas sino las lágrimas que van á llorar!
— Simón, dijo el Alcalde cuando éste estuvo en su
Íresencia; aquí ha venido una requisitoria requirieno á un latro-faccioso que se dice vaga por estas co-
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marcas; anoche escondiste á un hombre en tu casa: di quien era.
— Yo no he escondido á nadie en mi casa, repuso Simón, que decia la verdad.
— Mira, dijo el Alcalde, que se vá á registrar la casa; y que si persistes en negar, y se encuentra, serás acusado de embustero, encubridor y cómplice.
Simón volvió con desaliento los ojos á su alrededor sin acertar qué responder, cnando se halló con los de Julián sonriéndole como para tranquilizarle: el que en seguida salió sin ser observado de nadie.
Simón, que conocía los nobles sentimientos de Julián, acertó que el intento que llevaba era salvarle, avisando en su casa que iba á ser registrada, dando tiempo á que huyese el reo. Así fué que consideró que lo que convenía era ganar tiempo, y serenándose en seguida, dijo al Alcalde:
—Señor, yo estoy turulato. Porque ha de saber su mercé que es la primera vez en mi vida que me he visto en manos de la justicia. ¿Le han preso á su mercé alguna vez, señó Alcalde.
— ¿Qué significa esa pregunta? respondió encolerizado el Alcalde; ¡pues qué! ¿te parece á tí que un hombre como yo pueda dar lugar á que se prenda?
— Señor, no se perturbe su mercé, que en los tiempos que corren, mas de cuatro van diciendo por la calle yo soy, yo soy, han dormido en casa de muchas ventanas. Prodria su mercé haber sido puesto á la sombra por equivocación, como lo está un servidor de su mercé.
— Simón, dijo incomodado el Alcalde, déjate de zumbas, que pegan aquí como un fandango en un entierro, y vengamos al caso. Un hombre entró anoche en tu casa; no lo podrás negar.
— No entró anoche mas hombre en mi casa que yo, señó alcalde .
— No niegues, dijo el Alcalde exasperado por las reiteradas negativas de Simón, que yo le vi.
— ¿Con que su mercé es el testigo? dijo Simón coa