Cuadros de costumbres · Unidad 25 de 101

Unidad 25 · SIMÓN VERDE. 53

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SIMÓN VERDE. 53

— Sí tengo; ¡pero una hija como las flores del dia, una hija de la que no merezco ser padre. ¡Si la viera su mercé, diria lo mismo con. dos bocas que tuviese!

— ¡Oh! ¡Yo quiero verla! esclamó la Fornarina con súbito entusiasmo: ¿sabe coser?

— ¡Vaya! contestó Simón, sabe de todo; tiene unas manos que se debian engarzar en oro.

— Pues traédmela, señor Simón, traédmela, que deseo conocerla, y quiero darla costura. ¡Ah! todos mis vestidos se han desgarrado en este campo, que tiene muchas zarzas y espinos.

Simón Verde, á quien costaba un notable esfuerzo tener que decir que no, y que no vio ningún inconveniente en que su hija mese allá, consintió en ello, y trajo á Águeda, la que desde luego agradó á la Fornarina, que le regaló el primer dia un abanico muy rico de nácar, pero despalmado, y un hermoso zarcillo de oro privado de su hermano gemelo.

Habia, pues, entrado una pequeña era de bonanza para Simón Verde, que se mostraba en sumo eficaz en el servicio del terrible Coronel Titán.

Pero á quien no agradaban estas nuevas relaciones era á Julián.

Una tarde en que se habia ausentado el Alcalde y en que, como de costumbre, estaba Simón en Sevilla, se hablaban los novios por una apartada reja del corral, que daba al campo.

—Águeda, la decia Julián; ¿á qué tienes tú que salir de tu casa, en la que estás arrecogida como moza recatada, é irte á la de esas gentes forasteras? Dígote, que ella con sus perifollos y sus dijes, que

Í)arece que están jurando en falso; y él con su aire inchado y altanero, me parecen gente de historia. Y ten presente que dice el refrán, que «para trato, los peores, los pretendidos señores.

—Voy, repuso Águeda, porque meló dijo mi padre, y que estoy ganando allí unos cuartos para echarle encima un rocioncito de ropa; ¡que bien lo necesita el pobrecito mió! ¡Y tuviera que ver, Julián, que fuese

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€sto en contra del recado de la mas pintada! respondió ella.

— En ir me das un pesar, Águeda.

— Hombre, lo siento; pero ¿qué hago? ¿qué disculpa le doy á mi padre, para decirle que no quiero ir.

—Cuando quieren las mujeres, sacan razones de los centros de la tierra.

— ¿Con que... es decir, que por una manía tuya, se nos habia de seguir un perjuicio muy grande? Déjame siquiera que junte para unos sajones para mi padre, y un refajo para mi mae Ana.

— Cuando nos casemos no les faltarán.

— ¡Tómate esa, y vuelve por otra! De aquí allá, pampanitos habrá, esas no son mas que entretenederas, Julián: entonces como entonces, y ahora como ahora. No es regular que después de los perjuicios que nos ha hecho tu padre, vengas tú á hacernos uno mas, empestillándoteen no dejarme ir al palacio.

Julián calló, dolorosamente afectado, al oir evocar á Águeda el recuerdo de la conducta de su padre há- €ia Simón Verde.

— Águeda, dijo, dia vendrá...

— Bien, dejémosle venir sin atropellado.

— ¿Y me querrás siempre, Águeda?

— Julián, esa pregunta me ofende.

— ¿Por qué?

— Porque demuestra que dudas de mí.

— Mientras mas amor, mas temores, Águeda.

— Mientras mas aprecio, mas confianza, Julián.

El Alcalde, mas por curiosidad que por otra cosa, habia ido á ver al importante Coronel Titán. Pero este personaje, que era primo de siete marquesas, tio de cinco condesas, é íntimo de tres duquesas, no se habia dignado devolver la visita de un Alcalde de monterilla. Por lo cual esta autoridad ofendida, abrigaba un profundo resentimiento contra el soplado señorón que la desairaba; y se propuso espiar sus pasos. Cada vez que el vigilante Argos veia llegar, no por el ca-