Cuadros de costumbres · Unidad 34 de 101
Unidad 34 · SIMÓN VERDE. 71
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SIMÓN VERDE. 71
Mi niño la fijó con sus grandes é insulsos ojos, y dijo con la cruda franqueza campesina:
— Verdad es que pareces tábida. Pues mira, á pesar de que dice el refrán «que el hermano quiere á la hermana, y el marido á la mujer sana,» Julián que es porfiado, no hade querer mas novia que tú, y desde ahora te digo, que si haces la barbaridad de morirte, vá á haber entre Julián y el reteindino de su padre, una que vá á ser sonada. Ya lo verás.
— No lo veré, contestó Águeda. Pero si llega el caso, dile á Julián que nada remedia con eso; que á los muertos solo Dios los resucita.
— Me voy, dijo Mi niño dando algunas zancajadas hacia la puerta, me voy por no oirte hablar mas de muerte; que estás hoy que pareces un prófundis. Mira, Águeda, yo no soy abogado, aunque á Julián se le haya figurado; ni tengo como ellos un celimin de razones, y la lengua ligera como paletas de vapor: así solo te daré un consejo; déjate de escrúpulos y sal á la reja. Allí se entenderán Vds., y verás como te pones buena, y Julián me deja á mí el alma en paz, pues yo no sirvo para el paso; y adiós.
Diciendo esto, Mi niño le volvió la espalda, y en dos zancajadas atravesó el patio. Pero de repente desanduvo sus zancajadas, y dijo á Águeda:
— Me se olvidaba con tus goris patoris decirte de parte de Julián que me des el clavel.
— Dile, contestó Águeda, ocultando el clavel de todo el año que en el pecho tenia, que
En Enero no hay claveles, Porque los marchita el hielo.
— Verdad es, murmuró Mi niño. Pues mire V. el otro la embajáa que me dá. ¿Se querrá burlar de mí, como hacia amantes?
Apenas se hubo ido, cuando Águeda, ahogada de sollozos, se echó sobre su lecho. Este continuado y heroico esfuerzo de su dignidad para combatir sil amor, la larga prisión de su padre, la ceguera de su buena abuela, y la miseria en que habían caido, que
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forzó á ambas á vivir de la limosna, habían destruido á tal punto aquella suave y aun tierna planta, que perdió el vigor para sostenerse; y cayó marchita y ajada.
Poca felicidad habia igualmente en casa del que habia sido Alcalde. Este, además del terrible padecer físico que le aquejaba, se habia enagenado por sus procederes todo el cariño de su único hijo, el que si bien nunca faltaba al respeto á su padre, habia puesto con su frialdad tal distancia entre ellos, que se podía decir que no era hijo, sino en el nombre y en la obediencia ostensible.
Las desgracias referidas eran causadas por un hombre; y casi todas las que vemos tienen el mismo orígen. Decimos que la vida es amarga: ¡los amargos somos nosotros!