Cuadros de costumbres · Unidad 37 de 101

Unidad 37 · 76 BIBLIOTECA DE LA ILUSTRACIÓN POPULAR.

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76 BIBLIOTECA DE LA ILUSTRACIÓN POPULAR.

go asido, déjame que golpee, para que me oigan los hombres y nieguen por mí, y me oiga Dios y me acoja.

Habían llegado en esto la tia Ana y Águeda, á quienes fueron á requerir, y se mantenían en pié cerca de la puerta, guiada la pobre ciega por la enferma, apoyada la pobre enferma sobre la ciega.

El reconciliado fijaba con dolor sus miradas sobre aquellas tres personas á quienes habia un año no veia, y que tan trastornadas por los sufrimientos hallaba. Al ver las canas de Simón y su ropa destrozada 3 calada por el temporal; al ver los ojos, antes de tan ulce y grave mirar, de la anciana, muertos y cubiertos por sus cerrados parparos como por una losa; al ver á Águeda, aquella bella y fresca flor, caida y ajada... corrosivas lágrimas brotaban de sus moribundos ojos.

— ¡Esta es mi obra! murmuraba, ¡por enemistad!... ¡por codicia!... ¡por no cejar á tiempo en la mala sendak.. Y si no hubiese sido por mis maldades, hubiéramos vivido todos felices... y en gracia de Dios. Porque sépanlo todos: yo he sido el primero que he tenido la vida mas amarga que la retama. Perdí la paz de mi alma, el alimento no me sabia, ni mi sueño era dulce. No tuve amigos, sino lavadores de cara... ¡qué bien los distingue el corazón! Me enagené el cariño de mi hijo...

— ¡Señor padre, no digáis eso por Dios! esclamó Julián; si os he faltado, perdonadme.

— No me has faltado, no, hijo del alma. Pero también distingue el corazón entre el cariño obligado y el voluntario. ¡Hijo!— prosiguió el Alcalde con vehemente emoción,-- ya que vivo no me pudiste querer, quiéreme muerto, y atiende ámi último consejo. ¡No abrigues nunca enemistad alguna!

El muribundo se habia inclinado con sus últimas fuerzas hacia su hijo, en cuyos brazos cayó con un síncope.

Al cabo de algún tiempo y merced á los ausilios

SIMÓN VERDE. 77

que le fueron prodigados, abrió sus amortiguados ojos, y fijándolos en el cura, murmuró:

— ¡Esta es la agonía!.... ¡esta es la muerte!

—¡Miradla cara á caray con tranquilidad! repuso el sacerdote; resignado á la expiación, confiado en la salvación. ¿Tenéis algo que disponer?

El moribundo hizo una débil seña á Águeda y á su hijo, que se acercaron sollozando. Quiso juntar sus manos, pero no pudo; y miró al cura, que conprendió su deseo, y las puso unidas en las yertas del agonizante, que murmuró en entrecortadas palabras:

—¡Hijos mios! sed felices.... ¡yo os bendigo!... Julián, Simón es desde hoy tu padre.... y todos vosotros.... sois buenos.... rogad por mí. ...pecador.... pero.... por la gracia.... ¡arrepentido!

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