Cuadros de costumbres · Unidad 55 de 101

Unidad 55 · MAS HONOR QUE HONORES. 113

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MAS HONOR QUE HONORES. 113

— Verdad es, repuso Juan riéndose, que á otros con menos motivo se les ha apretado la garganta. Pues ¿y los cuadros del convento que tiene en su casa? ¿Y las alhajas de la Virgen, que á la vista de todos se pone su mujer? Hay un refrán mas viejo que el mundo, que pega ahora á D. José como dos velas á un altar: «La cruz en el pecho, y el diablo en los hechos,» lio Bastían.

— MireV., prosiguió el arriero, ¡loque ha hecho ese sin-entrañas con la herencia de su suegro! Entre él y el escribano han cargado con todo, y al pobre del cunado, ese gilario simplón le dejaron como su madre le parió (1).

— ¿Pues qué, siendo su padre de los ricos del pueblo, nada le quedó al infeliz? preguntó compadecida Estefanía.

— Un peso diario, contestó el tio Bastían.

— Vaya, repuso Estefanía; pues con eso puede vivir descansado.

— ¡Si lo dice porque era jorobado!... dijo riéndose Juan Martin.

— Así sucedió, prosiguió el arriero, que estando ya en las últimas, mandó que le trajesen allí á su cuñado y al escribano, y cuando llegaron, los hizo sentar á cada uno á una de las cabeceras de su cama, y no les dijo nada. Viendo que seguía callado, le preguntó D. José, ¿que con qué fin les habia llamado y hecho sentar á cada lado de su cabecera?— Porque he querido morir como el Señor, entre dos ladrones, contestó el cuñado.

— ¡Juan, hasta mas ver; Estefanía, adiós; üo Ma—

(1) Hilar, ó mas bien gilar (que así se pronuncia aspirando la h) significa en Andalucía en lenguaje familiar,, hacer ó decir tonterías; y así se dice: «fulano está gilando,» y sus derivados <tes un gílon, es un gilario.»

(N. del £,) ¡8

111 BIBLIOTECA DE LA ILUSTRACIÓN POPULAR.

tías, salud!— Y el ágil anciano se alejó á pasos precipitados.

CAPITULO IV.

Muchos años pasaron. Los habitantes de la aldea de Yaldeflores no Jos contaban. Pero á nosotros nos precisa hacerlo: habian corrido ó volado suavemente diez y siete.

— Gabriel era á la sazón un hombre. Su figura no llamaba la atención, pero en la espresion de su rostro habia una fuerza serena, una decisión tranquila, y una dignidad bondadosa, que á un tiempo atraian el cariño y el interés, y paraban las demasías y la burla. Así era que, desde su primera juventud, habia acallado las chanzas impertinentes y humillantes que sobre su nacimiento se habian permitido sus compañeros de juegos, con esa inconcebible crueldad de la niñez, que probaria que ese instinto feroz, la crueldad, es natural al hombre, y por lo tanto debe ser tan necesario como obligatorio en los padres combatirlo, desde que asoma la razón en sus hijos.

El epiteto de cimero, que en su niñez habia oido Gabriel aplicarle, habia marchitado aquella alma elevada y noble naturaleza, que se habian desarrollado bajo el influjo de las severas é inflexibles leyes, que sobre la honra tiene el pueblo de España; leyes formadas de .mancomún por sus sentimientos religiosos é inspiraciones caballerescas. El influjo de estas leyes debia de ser tanto mas fuerte y marcado en Gabriel, cuanta que habia sido criado por Juan Martin, que era el mas perfecto tipo de los hombres honrados y altivos, que no saben transigir en tales materias.

Habíase por la tanto ingertado en el carácter de Gabriel un tinte de tristeza, que le habia hecho concentrado y reflexivo, Pero estas mismas reflexiones, uni-