Cuentos cortesanos · Unidad 13 de 31

Unidad 13 · CUENTOS CORTESANOS. 89

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CUENTOS CORTESANOS. 89

Variedades, tocando solos, que hacían las delicias del público de las once de la noche; y para consolar á la cautiva Eva, recordarle mi presencia en la guardilla, y que en ella sólo pensaba, recurrí al cornetín, con cuyos agudos y penetrantes sonidos trasmitía hasta su encierro la patética expresión del tierno afecto que me inspiraba.

Tal debía ser el fuego de la pasión expresada con los sonidos de mi cornetín, tal el sentimiento de su metálica voz, ya meliflua, ya patética, aunque siempre vibrante, que la gente se paraba en la acera á escuchar mis solos, como retenida y subyugada por una magia desconocida y misteriosa.

III.

Al tercero día, cansado de expresar mi pena á trompetazos, arrastrado por la pasión que me devoraba, y atraído por la fatalidad del destino, hice provisión de coraje, y bajando de cuatro en cuatro los peldaños de mi escalera, atravesé la calle

CUSNTOS CORTESANOS.

y subí hasta la puerta, tras la cual lloraba acaso mi adorado tormento. Ya tenia en la mano el cordón de la campanilla, cuando me pareció oir voces y gemidos, que dejaron mi ánimo suspenso. Presté atención, y oí, en efecto, la voz desapacible y bronca de la tia Zamarramalo, que decia á gritos:

— No te he criado yo con tanto mimo y regalo para ese mozalbete zarramplín, pelafustran, que no tiene donde caerse muerto; musiquillo de la murga, aprendiz de saca muelas ó de escribano, que es lo mismo. Para fines más altos te guardo yo...

Tan descompasadas eran las voces de doña Melcadia, que, á pesar de no hablar junto á la puerta, no perdí palabra de su requisitoria contra mi humilde persona; mas después de breve pausa, cambiando de tono y en voz más baja, que me obligó para comprenderla á aplicar la oreja al agujero de la cerradura, continuó diciendo:

— Tan prendado de ti está su Excelencia, que mira los dijes que te envia. ¡Qué

collar! Pues esta pulsera no la desdeñara una princesa. ¿Y la sortija? Mira, mírala. Dame tu manecita, que te la ponga. Si parece que ha sido hecha para este dedo. Y cuando se nos entra la fortuna por la puerta, tan de rondón, ¿habíamos de ser tan estúpidas, que la echáramos por la ventana? Anda, tontuela, que ya verás cuántas se mueren de envidia cuando te vean repantigada en tu carroza, paseando en el Prado, entre las señoras más pintiparadas, y de más alto copete...

Embargó mi ánimo de tal modo lo que oia, y que me parecía tener más de fantástico sueño que de realidad, que no sentí los pasos de un hombre que subia lentamente la escalera, dejándome apenas el tiempo preciso para enderezarme, y dar algunos pasos en el descanso, cual si bajara del segundo piso. Cruzáronse nuestras miradas y nos rozamos, él subiendo y yo bajando; pero cuando llegó al descanso del cuarto principal, ambos nos paramos, nos volvimos y nos miramos frente á frente, y confieso que su mirada de ave de rapiña, hizo al fin bajar la mía. Él tiró

del cordón de la campanilla del cuarto en que Eva vivía, y yo salí á la calle, con la cabeza hecha un volcan, confuso, irresoluto y sin darme cuenta de lo que me pasaba, ni áun de mí mismo.

IV.

¿Quién era aquel hombre? Pues era nada menos que un famoso Chiquin, aunque sólo tenia de tal el apellido ó mote, porque nunca supe si lo llamaban Chiquin por lo ruin de sus pensamientos y acciones, ó porque tal fuese el nombre que de sus padres recibiera. El tal Chiquin era un tio alto y seco, no menos chato que dona Melcadia, á la que se parecía como un huevo á otro, lo que me excusa dé bosquejar su retrato. Pájaro de peor agüero no podia entrar en casa de Eva. Pero él no era el Excelencia de los regalos, con que pocos momentos antes trataba la Zamarramalo de seducir á la sobrina, porque aún no habia pasado de Usía, ni llegó á pasar nunca. Mas si él no era el seductor, ¿qué venia á hacer allí? Cual llama

abrasadora cruzó por mi mente la intuición de la verdad. Chiquin era el tercero, si doña Melcadia la tercera. El policiaco jugaba la partida por cuenta del viejo verde, del pelucon andaluz, del espadón, que dictaba la ley á España, y que galleaba en Madrid, convirtiendo á las lindas polluelas en gallinas de su corral.

Estos pensamientos y suposiciones absorbieron mi caletre,, mientras que maquinalmente atravesé la calle, subí á mí guardilla, y me asomé á la ventana, desde donde vi salir al picaro chato, que subió la calle, en la dirección de la Red de San Luis.

No habían pasado diez minutos, cuando le vi volver, acompañado y seguido de algunos hombres de siniestra catadura, que me parecieron ser de la ronda de capa, como llamaban entonces á la policía secreta: pero como delante de ellos bajaba, por la misma acera, un señor grueso, y ya machucho, aunque todavía retijante, á quien saludaban respetuosamente algunos transeúntes, reconocí en él al Excelencia de los regalos, y le seguí

con la vista hasta el número 7, por cuya puerta entró sin vacilar, y en la que quedaron de centinelas Chiquin y sus adláteres.

En ménos de un minuto di diez vueltas por mi cuarto buscando un arma, como si no supiera que no la tenia. Estaba fuera de mí, desencajado, loco; frió sudor inundaba todo mi cuerpo, y creo, que, si como sólo estaba sobre la mesa el cornetín, hubiera un cuchillo, me lo clavara en el corazón. Maquinalmente cogí el instrumento con que antes habia hecho llegar á los oidos de la encerrada Eva, la expresión de mi amor, y del sentimiento que me causaba el verla cautiva, y pasando con rapidez la mano por la frente, eché atrás la desordenada melena, llevé á los labios el cornetín, páseme delante de la abierta ventana, aunque no tanto que pudieran verme desde la acera de enfrente, y toqué botasillas;... después la carga, durante cuatro ó cinco minutos, y al cabo de otros tantos, la marcha real.

Solazóme aquel pueril desahogo de mi impotente rabia; y para desechar los som-