Cuentos cortesanos · Unidad 7 de 31
Unidad 7 · C U E a TOS COR T ¡ i S A N OS.
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
C U E a TOS COR T ¡ i S A N OS.
Guardóse bien la taimada braja de decirle lo que pudiera, aunque en realidad nada sabia del por qué su joven discípulo dejó de visitarla, pues no se habia dignado responder á sus cartas, ni á las de su intima amiguita.
Viendo el comendador que su Manolito apenas comia, y que respondia con monosílabos á sus preguntas, encerróse un dia con él en su aposento, y le dijo con el tono del más acendrado cariño:
— Algo grave te pasa, que no te atreves á confesar á tu padre, y haces mal, porque yo soy tu mejor, y acaso tu único amigo. Dime la verdad, sin temor y sin rodeos. Yo también he sido joven, y mi juventud no fué tan irreprensible como debiera, aunque nunca hice nada contrario al honor; pero sé por experiencia que á tu edad las pasiones nos dominan, arrastrándonos más allá de donde quisiéramos, y de lo que nos conviene. ¿Estás enamorado?
Manolito, sentado frente á su padre, no levantaba la vista del suelo; y como no respondia, el comendador continuó en el
mismo tono cariñoso con que había comenzado.
— A tus anos, la pasión que más suele dominarnos es el amor; si amas, no temas que me oponga á tu felicidad, aunque tu amada sea de clase inferior á la tuya, que yo sé bien que ante el amor, como ante Dios, no hay clases ni posiciones sociales. Con tal que sea honrada la mujer que amas, yo me tendré por muy feliz en tenerla por hija, que, en Castilla, dice el refrán, el caballo lleva la silla.
— ¡Padre mió! exclamó Manolito, cogiéndole una mano y besándosela con ardorosa efusión: y mirándole con ternura, y con lágrimas en los ojos añadió: — ¡Si los hijos eligieran padre, yo no escogiera otro que vos!
Creyó D. Melchor haber puesto el dedo en la llaga, y esperó la confesión de los amores de su hijo; pero viendo que guardaba silencio, dijo:
— Si me equivoco; si el triste estado en que te veo no procede de un amor desgraciado; habla, explícate. ¿Tienes deudas que no puedes pagar? Las pagaremos, y á
la enmienda pecadores. De todos modos no debes continuar estudiando: nos iremos á Extremadura, y el aire y la vida del campo te devolverán la salud y la alegría.
— Haré lo que V. me mande, respondió el joven; pero si V. no se opone, preferida acabar mis estudios. No me pregunte V. mi secreto: le confieso que, en efecto, tengo uno que me atormenta; mas no es mió, ni puedo revelarlo sin faltar al honor. V. mismo me condenaría si cometiera la debilidad de comunicárselo. No es la honra de V. ni la mia, es otra la que comprometerían mis palabras. Haré un esfuerzo para sobreponerme al abatimiento que me domina, y espero reponerme física y moralmente, sin salir de Madrid. Viva V. tranquilo; ni estoy enamorado ni tengo deudas.
Suspenso quedó el comendador oyendo á su hijo, que hablaba con entereza, y como quien ha tomado una resolución definitiva; y después de breve pausa, dijo levantándose:
— Enhorabuena: respetaré tu secreto,
puesto que me aseguras no ser tuyo: pero acuérdate siempre de que, ayuda, consejo, lo que necesites para quedar en todo caso como debe un Pimentel, no los encontrarás como en tu padre. Ahora vístete, y saldremos á dar un paseo en carretela, para esparcir el ánimo.