Cuentos de la selva para los niños · Unidad 31 de 37
Unidad 31 · 100 HORACIO QUIROGA
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encuentren todas alrededor de la isla! ¡Veremos si van a pasar!
Y el ejército de dorados voló en seguida, río arriba y río abajo, haciendo rayas en el agua con la velocidad que llevaban.
No quedó raya en todo el Yabeberí que no recibiera orden de concentrarse en las orillas del río, alrededor de la isla. De todas partes: de entre las piedras, de entre el barro, de la boca de los arroyitos, de todo el Yabebirí entero, las rayas acudían a defender el paso contra los tigres. Y por delante de la isla, los dorados cruzaban y. reeruzaban a toda velocidad.
Ya era tiempo, otra vez; un inmenso rugido hizo temblar el agua misma de la orilla, y los tigres desembocaron en la costa.
Eran muchos; parecía que todos los tigres de Misiones estuvieran allí. Pero el Yabebirí entero hervía también las rayas, que se lanzaron a la orilla, dispuestas a defender a todo trance el paso.
—¡Paso a los tigres!
—¡No hay paso! — respondieron las rayas,
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—¡Paso, de nuevo!
—¡No se pasa!
—¡No va a quedar raya, ni hiso de raya, ni nieto de raya, si no dan paso!
—¡Es posible! — respondieron las rayas. — Pero ni los tigres, ni los hijos de tigre, ni los nietos de tigre, ni todos los tigres del mundo van a pasar por aquí!
Así respondieron las rayas. Entonces los tigres rugieron por última vez: : mp
—¡Paso, pedimos! O
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Y la batalla comenzó entonces. Con un enorme salto, los tigres se lanzaron al agua. Y cayeron todos sobre un verdadero piso de rayas. Las rayas les acribillaban las patas a aguijonazos, y a cada herida los tigres lanzaban un rugido de dolor. Pero ellos se defendían a zarpazos, manoteando como locos en el agua. Y las rayas volaban por el aire con el vientre abierto por las uñas de los tigres.
El Yabebirí parecía un río de sangre. Las rayas morían a centenares... pero los tigres recibían también terribles heridas, y
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se retiraban a tenderse y bramar en la playa, horriblemente hinchados. Las rayas, pisoteadas, deshechas por las patas de los tigres, no desistían; acudían sin cesar a defender el paso. Algunas volaban por el aire, volvían a caer al río, y se precipitaban de nuevo contra los tigres.
Media hora duró esta lucha terrible. Al cabo de esa media hora, todos los tigres es-
*: taban otra vez en la playa, sentados de fa- - ,tiga y rugiendo de dolor; ni uno solo había 2 Pasado... 0.
Pero las rayas estaban también deshechas de cansancio. Muchas, muchísimas habían muerto. Y las que quedaban vivas dijeron:
—No podremos resistir dos ataques como éste. ¡Qué los dorados vayan a buscar refuerzos! ¡Qué vengan en seguida todas las rayas que haya en todo el Yabebirí!
Y los dorados volaron otra vez río arriba y río abajo, e iban tan ligero que dejaban surcos en el agua como los torpedos.
Las rayas fueron entonces a ver al hombre.