Cuentos de mi abuelo. El penitente. Novela histórica cubana · Unidad 32 de 64
Unidad 32 · 74 CUENTOS DE MI ABUELO
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
74 CUENTOS DE MI ABUELO
hay malicia: sólo tiré á sondear tu penetración. Porqué no continúas . . . . ?
— Allá voy. Maguana murió; mi dolor fué grandísimo; pero le di el último abrazo, y este consuelo al
menos secó mis lágrimas. Dios la ha recibido en su palacio azul. (Enjugándose los ojos.) Eguiluz, prosiguió poco después, doña Margarita, don Antón, hasta doña Elvira, creyeron que con eso quedaba cortada toda relación entre Rosalinda y tú. Se engañaron. No consiguieron otra cosa que hacernos más cautos y precavidos. Giaraco dentro y yo fuera, reemplazamos á Maguana. No te cuento esto por recordarte lo poco que nos ha sido
posible hacer por tí y aquella niña inocente Sabe
Dios que nó, Alfonso. Una noche .... Yo iba á llevarte un recado de Rosalinda, ví un hombre que trepando por la ventana de la sala de tu casa, donde tu padre se ponía á rezar á la hora de ánimas, arrojó un papel por encima del cancel, y se fue. Corrí detrás de él Era don Juan.
— Don Juan?
— No podía ser otro. Volví atrás, y entré en tu casa. Hice ruido. Tu padre me sintió, vino á mí muy azorado, y me dijo: " Has visto á Alfonso?" ^*Nó, señor, le contesté. Qué ha sucedido?" **Qué! qué! repitió como fuera de sí. Ese hijo va á acabar conmigo. No sale de la Tahona. La justicia! la cárcel . . . . ! Dios mío! Dios mío! Corre, Guama, búscalo. En la Tahona estará metido. Dile que venga al punto. No sé cómo ya no me le han traído en una tabla!" Pero todas estas cosas las decía yendo y viniendo de una parte á otra, con los ojos muy abiertos, estrujando en las manos el papel que sin duda don Juan había echado por la ventana. Creí que iba á volverse loco, ó salir á la calle gritando. Me compadecí de él, y salí á buscarte. ¿Recuerdas que te encontré aquí esperando las noticias que debía traerte de Rosalinda?
— Lo tengo muy presente. También recuerdo que en noches anteriores habían asesinado en el interior de la
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Tahona á un pobre hombre por resultas de una disputa que tuvo origen en la *mesa del juego. ¿ Sería capaz don Juan de suponerme autor, siquiera cómplice del asesinato ? Tengo presente que el muy infame se hallaba allí cuando el suceso, según después me contó un amigo. Mi padre, la noche en cuestión, me recibió lleno de enojo, maSj-aunque me encerró y en un mes no me dejó ver la calle, nunca me dijo el motivo de tan duro tratamiento. Hasta ahora creía que todo fué porque supo que yo no había roto las relaciones con Rosalinda.
— Don Juan te calumnió. Luego se siguieron tus disgustos con doña Margarita, á la puerta de la iglesia, la promesa de castigarte que le hizo tu padre á don Antón, y por fin tu embarque para Lima. Recordarás que fueron vanos todos mis esfuerzos de hablarte á solas. Tu padre había empezado á desconfiar de mí. Sabiendo don Juan, por un piloto, de quien te valistes para fugarte, tu deseo de ir con Gálvez, le habló por trasmano pintándole tus disposiciones para la guerra, de que resultó que te admitiera en la expedición. jQué ageno estaba el muy cobarde que volverías tan pronto y sano y salvo de la Florida! Durante tu ausencia no cesó de hablar mal de tí á la familia de don Antón y de molestar á Rosalinda con sus obsequios. Doña Margarita lo protegía. Todo lo supe por Giaraco.
— Cada palabra tuya me introduce más veneno en el corazón.
— Querías saber cómo y cuánto se ha maquinado contra tí? He principiado á revelártelo; xxada te ocultaré.
— Rosalinda y tú han sido unas ingratas conmigo. A ¿qué ese recelo con quien á cada paso les abría su pecho?
— Ingratas, nó, Alfonso; tus mejores amigas, sí. Ni ¿qué ibas á remediar con saberlo ? Además, yo estaba en vela. Pues, como te iba diciendo, saliste para la Florida. Esto no lo sabían mas que don Juan, la persona de quien se valió para que el general Gálvez te admitiera en la