Cuentos de mi abuelo. El penitente. Novela histórica cubana · Unidad 61 de 64

Unidad 61 · EL PENITENTE, 136

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EL PENITENTE, 136

Diciendo y haciendo, empuñó un agudo puñal para traspasarlo en el aire. '

— Hijo mío! gritó la madre saliendo de su escondite é interponiéndose entre el cuerpo del niño y la punta del arma matadora.

Por supuesto, áe le clavó en el^ blanquísimo y turgente seno, produciendo un son áspero muy parecido al rasgar de una tela de seda, y exclamando con grande angustia: "Alfonso!*^ cayó instantáneamente muerta. Con tal presteza se consumó este atentado, que, hasta la caída de Rosalinda, no vino á despertarse el niño. En el mismo punto le soltó el asesino, sin causarle otro daño que el de un ligero rebote en el colchón de plumas del lecho.

Traspuso á toda prisa los corredores y ganó la puerta de la calle á tiempo que la procesión llenaba ésta en confuso tropel. Hasta que se hubo apagado á lo lejos el ruido de pasos^ de voces y de lamentos de los disciplinantes, no vinieron los amos de la casa á imponerse de la tragedia en ella representada.

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CAPITULO XXII.

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AY un destino que rige y conduce fatalmente al hombre al bien <5 al mal? Dígote esto por lo que le sucedi<5 á Alfonso Bravo. Ni las balas inglesas, ni las ñechas envenenadas de sus aliados indígenas, ie hicieron daño alguno en el ataque de Santa Rosa, ni en el sitio de Panzacola, que se entregó por capitulación á don Bernardo Gálvez. Pero en mala hora se le antojó á Bravo salir á cazar en los bosques inmediatos á la plaza. De buenas á primeras, cayó bajo* del poder de unos indios bravos, los cuales por un tris hacen de su cabeza copa de libaciones.

Cuando, meses adelante, á fuerza de astucia, de valor y de constancia, pudo el pobre mozo verse libre de aquellos salvajes, ya Gálvez, elevado á teniente general, había partido con nueva expedición camino del Guárico para reunir sus fuerzas navales con las del francés y desalojar á los ingleses de las Antillas, entretanto que Cagigal, gobernador de Cuba, amagaba las Bahamas.

En aquel suceso tuvo sin duda origen la voz exparcida en la Habana, de la muerte de Bravo en el sitio de Panzacola, quizás también la de sii sep^iración del servicio rnilitar- que hasta allí sólo le había producido desdichas é ingratitudes. Es verdad, sin embargo, que

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dueño otra vez de sus destinos, aunque se le presentó ocasión favorable de seguir á su antiguo jefe y protector, desde las mismas costas de la Florida, en mala hora tuvo por mejor acuerdo volVerse á la Habana, al cabo de un año de ausencia.

Y una vez aquí, más pobre, triste y descorazonado qufe nunca, receloso, sobre todo, no fuera que la justicia, recordando su tragedia con Eguiluz, le echara el guante, no se presentó desde luego á sus amigos, mucho menos, á su anciano padre.

Lejos de eso, para colmo de desgracia, tan luego^ cdmo pisó las playas cubanas, corrió á casa de la fatídica Guatná, de cuyo falso afecto aún conservaba más de un grato recuerdo. Esta mestiza, tan pérfida como artera, cuya conducta misteriosa ha picado tanto tu curiosidad, abrigaba todavía grandes proyectos de venganza contra los supervivientes de la familia de Recio; de suerte, que con la inesperada vuelta de Bravo, dócil instrumentosuyo, vio de par en par abierta ía ocasión de realizarlos, como suele decirse, sin piedra ni palo.

Recibió al errante joven con estudiadas muestras de cariño, como si deplorara ^ijial es y agravios propios y participara de su justa indignación; con la gráfica brevedad que solía, le hizo una pintura negra de todo lo que había pasado en su ausencia, ocultándole, por* supuesto, la parte que ella había tenido en la muerte del primer hijo de Rosalinda, y aún haciéndole sospechar que ésta lo había ahogado al nacer por casarse con Eguiluz, pues ella, dijo, siempre desconfió que Bravo volviera de la guerra.

En una palabra, hijo mío, la malvada Guama, en vez de tranquilizar el espíritu de aquel joven ya hartoirritado con lo qiie le había sucedido en la Florida, atizó el fuego que ardía en su pecho, y tuvo feroz placer en destruir su última ilusión, la más cara, la que hasta allí le había mantenido en los límites del bien, quiero decir, su fe en el amor puro, sublime, de Ro-