Cuentos de mi abuelo. El penitente. Novela histórica cubana · Unidad 8 de 64

Unidad 8 · 99 CUENTOS DE MI ABUELO, '

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99 CUENTOS DE MI ABUELO, '

acciíín terrible cuyo desarrollo, sin más embolismo ni perifollos, paso á poner ante tus ojos.

Según suele decirse, había entrado el equinoccio con espada en mano en aquel año, y hasta el cordonazo de San Francisco, á principios de octubre, había sido tan fuerte que temíamos no se repitiera lo del día de Santa Teresa del mismo mes, el año de 1768. Sin embargo, en cuanto entraron los nortes, empezó á abonanzar el tiempo, y, la tarde del día de que te hablo — me acuerdo como si lo estuviera viendo en este instante — al suave impulso del nordeste que soplaba, se había despejado el cielo de toda nube, y el sol, ya poniéndose tras los montes de Aróstegui, había dejado teñido de oro vivísimo el horizonte, cuyo color degradándose por todos los verdes, se transfundía al cabo en el limpio y terso azul del firmamento.

Al oír lo que acabo de decirte acerca de la espléndida escena de la tarde en cuestión, creerás sin duda que la joven india y su señorita, la una de pie y la otra sentada, no podrían menos de parar en ella la atención cual sueles tú, que por ver lo alto no piensas en lo bajo, y tropiezas y caes. Nada de eso, hijo mío. Aquellas dos pobres criaturas harto tenían en qué ocuparse aquí abajo, para reparar en cosa tan fútil como la puesta del sol, que casi siempre es lo mismo en los trópicos; por lo menos en el pecho de la blanca ocurría tal tormenta que, sobre estar en abierta oposición con la escena apacible del cielo, es maravilla cómo la concedía fuerzas para sonreírse y permanecer allí á la vista de su familia.

En aquella hora precisa en que la lucha de la luz y de las tinieblas está para decidirse á favor de éstas, se agitó ligeramente el cuerpo de la india, redobló su atención por entre los listones de las celosías, y extendió la mano izquierda abierta á su señorita. Ésta se puso pálida como la muerte y echó una furtiva mirada al grupo de los jugadores, de donde en aquel mismo punto salió

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la voz hueca y sonora de la anciana, que sin levantar la vista de los naipes, dijo:

— Giaraco!

— Señora! contestó la muchacha, acercándose á la mesa del juego.

— Déjate de ventaneos, 7 trae unas plumas.

— Para quién? para mí? preguntó el caballero de la casaca de tisú.

— Sí, para vos; replicó la anciana en son de broma. Para vos, señor don Juan Eguiluz, que Dios prospere.

— Vaya, que es mengua que dos hembras de poco más ó menos, me estén zurrando de lo lindo cual á- un

rapaz Pero ya, ya tomaré yo mi desquite. Vengan

plumas, vengan cuantas llevar pueda un macho dé carga; á bien que la suerte no ha de soplar siempre en favor de vosotras.

—En el juego de cartas no hay suerte que valga, sino destreza, tiuQ, buena memoria; observó la otra señora con voz apagada y monótona.

— Convengo, Miseá Elvira; repuso el caballero algo picado. Por eso no deberían jugar sino aquellas personas cuya ociosidad les permite hacer del juego de naipes una ocupación seria.

Tan descortés como amarga sátira, hubiera tenido su merecida contestación, si tardando Giaraco en volver, no se hubiera levantado Rosalinda, cuyos ojos se fueron tras ella, dando ocasión á que la anciana le pre^^untara:

— Y tú, á dónde vas?

Sin replicar palabra, tornó la joven á su puesto bajo el alféizar, y entró á poco la mestiza con un mazo de plumas largas y barbudas.

Estos accidentes que á algunos parecerán de poca monta ó pertinencia, cambiaron en un instante la atención y conversaciones de los jugadores; mejor dicho, los obligaron á guardar silencio, preocupados cada cual á su manera, en toda apariencia, con las peripecias del juego.

Éste, Rosalinda en su taburete, y Giaraco en pie de-