Cuentos de mi padre · Unidad 21 de 116

Unidad 21 · EL ÚLTIMO TIGRE 67

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EL ÚLTIMO TIGRE 67

món empezó como á espantárseme de algo. — ¡ Vaya, Refucilo! — le dije : ¡ chée ! :- Estás con ganas de alzarte y disparando darle gusto á las tabas ? Y mientras que se lo decía le palmeaba por el pecho y las paletas, y le ceñía el cabestro bien anudado á úntala morrocotudo. Al cabo el redomón pareció sosegarse... En todavía lo miré por ver si se quedaba quieto, y lo volví á palmear. Y lo dejé allí, porque ya sabía yo que lo que era poderlo llevar junto al arroyo ¡ ni por pienso ! Estaba muy huido y era muy torpón el animal para el agua ! . . . Aflojó entonces el lomo, resopló fuerte y como lo caté tranquilo, me resbalé hasta la orilla de la corriente : pero al ir á agacharme vi un rebenque arreador que estaba allí caído como á los veinte pasos de donde yo me hallaba, al pie mismo de la barranquita. Me acerqué, lo alcé y lo estaba mirando por todos lados y pensando ~ quién sería el desgraciao que andaba rociando las prendas por mis pagos, cuando me pareció sentir ruido en el sarandizal. Y seguí caminando hacia donde el ruido sonaba. Pensé que de fijo estaría allí el dueño del rebenque y le iba á cobrar albricias por el hallazgo.

00 CUENTOS DE MI PADRE

— ¡ Ah. clon Pancho, siempre trajinista!

— Y { qué querés Garmendia ? Por algo me había tomao el trabajo de alzar la prenda del suelo.

— ¿Y estaba allí el forastero ? — preguntó Garmendia.

— j Qué había de estar, hijo !... Sin duda era alguna iguana la que hizo bulla ; porque cuando me allegué no oí más ruido, y la mesma torcaz que estábase allí lamentando de sus penas la pobrecita, me mostró bien á las claras que no andaba alma viviente por esos alrededores. Entonces colgué el rebenque en las ramas de un molle, por si acaso lo buscaba el dueño, ó si éste no lo sacaba recogerlo yo del mismo sitio más tarde ; y me acerqué después al filo corredoso del agua. Me puse echado de barriga porque estaba muerto de sed y comencé á sorber de la frescura con unas ganas... No había acabado la primera sentada de lo fresco, cuando, á dos varas de mí mesmo, sentí ruido como de si alguien se alzara del suelo ; y levanté un poquito la cabeza. Aquí está de fijo el perdidoso forastero que viene campeando su rebenque, pensé y... ¡ juépucha !... ¡qué espantada