Cuentos de mi padre · Unidad 34 de 116
Unidad 34 · IOÓ CUENTOS DE MI PADRE
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IOÓ CUENTOS DE MI PADRE
ba hacia el lado donde se sentía el alboroto de las ovejas. '
El peón Lauro y Juanucho corrieron hasta la puerta. Yo me quedé silencioso en mi asiento sin volver de la sorpresa ; pero los ladridos cada vez menos furiosos de los perros que se alejaban y que contestaron con un fugaz acrecimiento al estampido del tiro que don Carlos soltó al aire entre las sombras, fueron para mí una revelación, pues comprendí que el tigre iba ya lejos llevándose alguna oveja.
— ¡ Maldito sea ! — rugió don Carlos estallando en una verdadera erupción de improperios, de juramentos y de malísimas palabras. — Maldito sea el... ¡tal y el cual ; — y crispaba los puños como un poseído.
— ¡ Qué susto don Juan José! — dijo el atrevido peón Lauro, quien siempre se permitía hacer á todos cuantos seres tenía al lado objeto de sus chascarrillos.
Entre la sombra y en medio del restablecido silencio de la noche, bajo el toldo negro del cielo agujereado, al parecer, por las brillantes estrellas^ se escuchaba, allá en la hondura de la obscuridad, el fatigoso jadear de los perros que volvían ha-
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cia el rancho, al trotecito, parándose, de tiempo en tiempo á insultar con sus gruñidos entrecortados, al merodeador impenitente que ¡sabe Dios! ya entonces donde estaría.
— Agarray el farol, muchacho! — dijo el enfurecido don Carios, mientras entraba taco de nuevo en el mohoso fusil.
Juanucho cogió una linterna desvencijada que pendía de las costaneras del rancho; sacó el cabo de vela que tenía aquella adentro y lo acercó listamente á la lengua rojiza de una llama del casi extinto fogón; después, y así que tuvo la bujía encendida, la volvió á colocar en el farol, y se quedó luego quieto como un muñeco de barro, alumbrado de abajo arriba por la luz de la linterna que le teñía como sangre la mano en que la sustentaba. Absorto el buen muchacho observaba la operación de la carga del fusil que el patrón terminaba iracundo en ese instante.
— :* Qué va á hacer, don Carlos .: — le pregunté inquieto á éste. — :- Piensa usted salir á tales horas á buscar en su propia manida al tigre?
— ¡ No soy loco ! — me contestó apenas, muy mal humorado. — ¡No soy loco ! Voy
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á dir al corral, pa ver que daños me ha jecho este hijo de su madre.
— De la del — le contestó riendo Lauro. Esto calmó un poco la irritación del campero.
— Mire, don Juan José — me dijo entonces el mismo un tanto tranquilizado — ya jacía tres años á que no teníbamos la visita qui acabamos de tener. Con la cricida del río ya incomenzamos de nuevo á guerriar. .. ¡ Malditos sean!!
Abrió la puerta y salimos todos en montón. Los perros estaban ya allí gruñendo y olfateando junto á los lienzos de tabla que formaban las paredes del corral. Otra carrera, en sentido opuesto de] que nosotros llevábamos, dio la majada despavorida y me heló la sangre en las venas por un segundo. ¿ Pero, qué era? Que la linterna de don Carlos alborotaba de nuevo á los horrorizados animales. Nos acercamos á donde estaban husmeando los perros y hallamos una oveja destrozada cuyo cuerpo aún palpitaba. Don Carlos, lanzando un tremendo terno, comprobó lo que yo ya había observado con respecto al animal despedazado : al pobre agonizante le faltaba toda la ubre, como si hubiérale sido