Cuentos de mi padre · Unidad 37 de 116
Unidad 37 · 114 CUENTOS DE MI PADRE
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114 CUENTOS DE MI PADRE
hubiese sido hecha con una hoz muy cortante.
— Juanucho juyó patrón. Lo que yo siento es el apero... — decía el muy bárbaro mientras nosotros le sujetábamos angustiados el cuero cabelludo que se enrollaba bajo mis dedos crispados. — Lo que yo siento es el apero...
— Cállate, animal — vociferó el paisano, quien le hizo presión en los hombros como para obligarle á que se tendiera en el catre. Luego de lavada la herida con árnica doblada de agua, y de unido el cabello anudando sus mechones, por no animarnos ni don Carlos ni yo á coserle como era debido el rasgón, volvimos á ceñirle con los trapos la cabeza.
— ¿ Patrón, no dentro el overo ? — preguntaba aquel bruto, cuatro horas más tarde de la en que le hicimos la cura; y lo preguntaba en medio del delirar de una fiebre abrasadora.
— Este hombre se nos va á morir aquí, don Carlos.
— ¿ Quién ? -• Este? ¡ Diande ! — Y soltó la risa, contestándome el paisano. — Mire — agregó — Verá. Antis de ocho días ya estará tan güeno y ¡sano...
DOMINGO SUSTAITA 115
Pasamos, sin embargo, toda la tarde muy contrariados é inquietos. El pachorrudo estanciero no tenía allí su mujer, y " él no era güeno ni pa curar redomones ". El herido deliraba cada vez con más violencia. Nosotros nos reducíamos á lavarle, con árnica de mi botiquín, la herida; pero una vez acabado el tópico tras las primeras curaciones, tuvimos que hacerlo con agua salada. Cuando las aplicaciones de las telas de araña hubieron restañado la sangre, yo empecé á tranquilizarme; pero entonces se me despertó la preocupación que la falta de noticias de Juanucho tenía que producirnos. Manifesté mi inquietud al estanciero, y éste me tranquilizó diciendo :
— Mire, amigo, no tenga nengún cuidau. Mi muchacho ha olio tigre desde chico. Ya estará en la casa del negro, y antes de cair la noche van á sentarse lo dos pu aquí. i No ve ? De juro que si hubiera ocurrió alguna disgracia ya estuvieran los cavayos en la querencia: son golvedores.
IIÓ CUENTOS DE MI PADRE
Con efecto; envolvíase ya en sombras la campaña y la lechuza comenzaba á arrullar con su cus-cous cariñoso, cuando los perros ladraron atuera y sentimos, en saliendo, el pesado galopar de los caballos. Este se cambió en trote; crecieron las dos grandes sombras que llegaban como aleteando hasta tocar el palenque y en tal sazón conocimos á los forasteros: eran los esperados.
Mientras echaba pie á tierra, y empezaba á desensillar su caballo, el enorme hombre negro cuyas facciones no podía yo aún distinguir á causa de la obscuridad de la noche, desplegó los labios y dijo:
— ; Conque se ha descuidau Lauro ? — Y como don Carlos le refiriera con breves frases el suceso: — Si ya lo sé — continuó — ¡ Cuándo no hábia de haber sío ! Nunca hay visto hombre más confiau !
Entramos en esto en la cocina y rodeamos el fogón cuyas llamas lengüeteaban ya. el asado. Luego se pasó cerca del catre del