Cuentos de mi padre · Unidad 47 de 116
Unidad 47 · CON EL ALBA I43
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
CON EL ALBA I43
fuerza de su pura divinidad, misia Elvira pidió que la dejaran sola con el cadáver.
En la sala de la casa, tan llena de atribulados visitantes, oíase un murmullo de dolor y se percibía como un vago perfume de incienso y aspiraciones de plegaria.
Misia Elvira que, desde la muerte del honorable señor que fué su esposo, había consagrado la existencia á su último hijo, y también á la caridad pública, repartiéndola abnegadamente entre aquellas dos altas solicitudes, aspiraba sin advertirlo un como aliento universal de bendiciones.
Dos tías del angelito vinieron á cumplir la prescripción de los médicos : iban á mudar el cuerpo y sacar de junto á él á la madre desolada. Misia Elvira les pidió tranquilamente retardaran hasta la otra mañana la fúnebre operación : — Estoy orando, les dijo, ¿ negaréis una noche de consuelo celeste á quien tuvo y tendrá tantos años de dolor ?
144 CUENTOS DE MI PADRE
Las hermanas se retiraron llorando desesperadamente.
Aquella tranquilidad espantosa de la mujer que no tenía más vida que la vida de su hijo, ante el cuerpo helado del mismo, rodeada de las tarjetas de las gentes pobres sin cesar por ella socorridas y de los papeles de las mismas que hasta pocos instantes antes de expirar su último vastago estuvo ella contestando, y yacían ahora en montón junto á la mesa cargada de medicinas, era verdaderamente una escena capaz de conmover el corazón más habituado á saber de toda clase de penas.
Uno de los médicos que asistieron al extinto penetró en la pieza, y caminando en puntas de pies se dirigió hasta la negra estatua :
— Señora, es necesario que vaya usted á acostarse — le dijo, como hablándola en secreto.
— Doctor, si usted adora á su hijito Enrique, como yo adoraba al que el Señor me quita, en el nombre de Dios y de su hijito, doctor, déjeme usted tranquila. Estoy muy bien; estoy orando; ahora me encuentro casi feliz; déjenme ustedes algunas horas más, así, y todo se habrá concluido ; estaré
CON EL ALBA I45
fuerte ; seré un ser viviente, y Dios habrá bajado á mi corazón en forma de caridad resignada para darme fuerzas con que sustentar mi cruz...
El médico también salió enternecido de aquel aposento ; no sin antes haber vuelto á acercar su oído disimuladamente á los labios del extinto, como si fuera á poner encima de ellos un beso.
En la puerta de la pieza le detuvo una de las hermanas de misia Elvira.
— Es inútil señora— díjola, contestando á la muda interrogación de su mirada. — Lo menos arriesgado es dejarla allí junto al cadáver de su hijo por unas horas. El peligro mayor está en contrariarla. Acaso el dolor y la fatiga la rindan, y el sueño sería un bálsamo que habría de darle fuerzas y resignación.
— No se vaya doctor ; quédese á acompañarnos por esta noche.