Cuentos de mi padre · Unidad 74 de 116

Unidad 74 · TÍO JUAN 227

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

TÍO JUAN 227

amigo. Con él y del brazo, caminábamos una tarde por cierta senda de las afueras del pueblo desierto entonces y angustiado por la peste y las zosobras políticas, cuando nos detuvo un alarido extraño pero que no me era del todo desconocido. Nos dirigimos al punto donde la voz había sonado y descubrimos al negro Tío Juan, á quien yo despidiera un mes antes, caído contra una sebe espinosa, todo zarrapastroso y con el grande rostro avinado comido ya por el cáncer : más desarmado y más muerto y más repugnante que nunca. Daba gritos y fieras cabezadas contra un poste. Parecía, de tal suerte, inmensa araña negra que agoniza pataleando.

No pude contenerme, y á pesar de que mi amigo me quería detener me lancé á levantar al repugnante caído.

— Juan, — le dije — ¿ ya estás otra vez borracho ?

El negro soltó la risa sin reconocerme. Entonces me incliné más hacia él y fijé la vista en sus ojos que parecían vacíos... — Juan — repetí — Soy yo, ¿ no ves ?. .. Soy el patrón.

— ¡ El patlón ! — barbotó y arrugó la cara como si fuera á reir...

228 CUENTOS DE MI PADRE

Yo estaba verdaderamente conmovido.

— Sí... Soy don Juan José ¡Álzate del suelo ! Vamos al pueblo.

— i Oh ! ¡ je ! ¡ je ! éjeme. .. y á vel si me da algo pala caña !... ¡ Déme ! ¡ déme caña! | | Oh ! ! ¡ | Caña ! !

— Soy el patrón — le dije — ¿ No me reconoces ?

— ¡ Sí ! ¡ sí ! — dijo de pronto el infeliz como si un chorro de razón le hubiese entrado en el cerebro y le encendiese la mirada que clavó angustiosamente en mis ojos. — ¡ ¡ Pobre patlón ! ! ¡ Tan güeno ! !

— Como vi que comprendía, pues en ese momento alboreó en su semblante la luz de la inteligencia :

— ¡ Qué ! ¿ ya no te importa morir? — le pregunté levantándole y casi arrastrándolo fuera del camino á viva fuerza.

Entonces, como ese burbujear del agua corrompida de los pantanos, hediondas, pesadas, crasosas, comenzaron á subir y á reventar en sus labios estas palabras :

— Mile, don Juan José, yo no quelía chupal. Yo zabía que me iba á molil pelo i qué quiele?... el vino... despué... la caña... ¡ez tan güeña!... y ziemple penzando que ya tengo guzanoz pol tuita la cabeza...

TÍO JUAN 229

Y reía y temblaba extremecido desde el pelo hasta la punta de los grandes pies descalzos, hinchados disformemente como todo el resto del cuerpo hipertrófico. Caíanle del rostro y resbalaban por el torso repugnante, gruesas gotas de sudor que barrían cierta secreción blanquizca y correosa que escapaba intermitentemente de sus labios desarmados. Sentí miedo y repugnancia, y como mi amigo se alejara y el negro se me echara encima, volví á dejarlo entregado á su destino.

Al día siguiente muy de mañana, las tremendas agitaciones políticas que se sucedieron, nos hacían á mi amigo y á mí guarecernos en la Ceres, pequeño buque de guerra de la marina española que se estaba allí en el puerto. Cuando la inquietud hubo pasado, desembarcamos, yantes de salir para Buenos Aires fui á la policía á informarme de Tío Juan.

En un cuero y á la cincha de un caballo, el cuerpo casi hecho piezas, hubieron de llevarle al cementerio. Había muerto allí mismo, en media calle, sin alejarse mucho de la sebe en uno de cuyos golfos de sina-sina le abrigamos. El alcalde, que ya conocía de tiempo atrás su locura y