Cuentos de mi padre · Unidad 79 de 116
Unidad 79 · 246 CUENTOS DE MI PADRE
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inundaba los alrededores de la mansión, para comer aunque fuera recalentado por los relatos de los oficiosos que se lo retransmitían de boca en boca, el manjar de la noticia, que cada cual ensanchaba aderezándolo á su manera.
— ¿Don Ruperto, qué dicen por esos mundos ?
— ¿Hay novedades políticas, Don Ruperto ?
— ¿Don Emilio,, eligieron ya presidente ?
— ¿ Qué se hace, Don Emilio, por esos mundos ?
Yesos mundos, hasta la conciencia de cuyo existir sólo podían alcanzar aquellos habitantes de Mercedes que fueran dotados munificentísimamente por el destino de imaginación rica y de no vulgares conocimientos geográficos^ esos mundos ignorados de la grande mayoría de siesteros y partidarios del haiga; esos mundos, quedaban tan sólo á ocho horas de marcha en ferrocarril desde el punto en que estas informaciones se pedían. ¿ Pero quién se habría atrevido á pensar ni por locura en semejantes fantasías como las que se apercibía á realizar ya entonces el progreso ? ¡ Vapores y trenes!... cuando la misma carreta de bue-
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yes en tierra y la descarenada balandra en el río, eran lujo tan inusitado que únicamente podían costeárselo para viajes largos los más poderosos validos de lafortuna.
¡ Qué alboroto, pues, no debió de producir mi llegada al pueblecillo !
Tripulante de la soberbia embarcación Amalfi, propiedad del capitán Merlote, descendía yo, nuevo Lohéngrin, rodeado por lo tanto de gran prestigio, en el pueblo donde residía mi madre. Cuanto tenía atingencia con los recién llegados despertaba allí profunda curiosidad. ¿Qué había hecho en Italia, se preguntaban los pacíficos vecinos del poblacho, el bandido calabrés que, durante las semanas de navegación empleadas en remontar el Uruguay desde Montevideo, me había contado — cosa que yo bien pronto puse en conocimiento de todos — Ja mayor parte de sus proezas, y el cómo ganó en la misma rada del Cerro, al desembarcar, después de sesenta días de viaje á vela al través del océano, la suma de trescientos patacones que le costó su navio ? Yo no podía satisfacer con otros más frescos datos la curiosidad general, pero en cambio, me era dado aseverar que no cabía estimar poltrón
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al gringo : puesto que contrarestar la corriente del gran río^ que hubimos de remontar hasta la boca del Yagüarí, y hacerlo con el solo auxilio que le proporcionaba á la embarcación el vientecillo embromador y perezoso, al apoyar sus alas en los pedazos aún enteros de la vela de aquella desvencijada balandra, era obra muy digna de romanos, cuánto más de calabreses como Merlote y Vincenzo, su grumete. Para llevará efecto empresa tan colosal, hubimos de agregar, á la de los soplos veleidosos, la intermitente impulsión délos remendados remos que Vincenzo — ese otro gran bandido disfrazado con la piel de un pachorrudo peón de marinero — y yo, movíamos de tarde en tarde : el grumete, para cumplir sus obligaciones, yo para conllevar así la monotonía y modorra consiguientes á tan perezoso viaje. Pero la verdadera fuerza locomotora que nos llevaba lentamente hacia nuestro destino sobre la tersa planicie uruguaya, salía muy de otra parte que de los soplos del viento y de los maltrechos y doloridos brazos míos ó de los nervudos é infatigables de Vincenzo: puesto que el monumental capitán Merlote, haciendo uso de una como percha