Cuentos de mi padre · Unidad 84 de 116
Unidad 84 · 250 CUENTOS DE MI PADRE
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250 CUENTOS DE MI PADRE
Y seguían entrando, de á dos y de á tres, multitud de parroquianos en el rancho.
— Ah Baima ¡f Tamién usté pú acá ?
— ¡ Véngase ! ¡ Allegúese ! ¿ Qué espera ?
— ¡ Caña pa don Baima !
— ¡ Bien hayga el rengo ladino !
— jPádon Carlos, patroncito, tamién caña...
— i Y pa Suarez y pa Pico, que tamién son hijos de Dios !
— Y de su madre— dijo otro.
— De la de ellos — replicó el primero. Y así estuvieron sonando los gritos toda la mañana de aquel día y después toda la tarde, en el almacén con que me habilitó mi tío. Dos meses hacía ya de mi llegada al pueblo; horas solamente de la abertura del almacén, y ya tenía yo una clientela pintoresca por extremo y numerosa. Como el local estaba casi en las afueras últimas del villorrio, mi habilitador concertó llevar á cabo allí unas carreras de caballos y unas jugadas de barajas, de taba y de choclón, como él sólo era capaz de encenderlas : jugadas en las que corrían las monedas de oro y de plata de modo que daba gusto á la vez que repugnancia. Empero, aunque mi niñez abandonada á mi propia
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discreción no hubiera sido lo más proficua al desarrollo de mis ideas de moral cristiana, siempre tuve conciencia justa del bien y del mal y no me hallé ni una hora á satisfacción en aquella cueva del vicio, donde ganaría mi pan fomentando bajas pasiones en espíritus embrionarios. Prefería, con mucho, el manejo del lazo y las boleadoras, ó la vida del salvaje en pleno dominio de la santa madre naturaleza y en ejercicio diario de lassanasfaenasdel campero, á esa especie de tentación continua al delito, conque debía yode animar é instigar á las gentes encerradas en aquel como corral de picaras intenciones formado por el boliche : alentando dentro de é^ á los que perdían: dando de beber á los borrachos, y aplaudiendo la criminal holganza de cien perdidos que exhalaban por allí cierto vaho perversor, que atraía como azucara las moscas, á todos los haraganes de la comarca.
El día á que me refiero, de pintoresca y alegre que había comenzado la escena en mi almacén, hubo, como casi siempre, de terminar trágicamente la fiesta. El abuso de los licores y el excitante rasgueo délas guitarras campestres, tuvieron de ello la