Cuentos de mi padre · Unidad 89 de 116
Unidad 89 · 272 CUENTOS DE MI PADRE
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272 CUENTOS DE MI PADRE
los salidos del almacén, aquel mismo que me dio el consejo chitacallando de obedecer las manías del matón, había ido á referir á mi pariente, muy de madrugada, la escena cuyo comienzo había presenciado la noche anterior. Y el bueno de mi habilitador creía, según me lo dijo luego, encontrarme agujereado como cuero de deshecho. Pero cuando al asombro de verme tan garifo y sano, se unió el no menor del relato hecho por mí de la jugada con el fantasmón, y por último, el del regalo de las cuatro onzas,, las que una tras otra hice saltar hasta la punta misma de sus narices, lanzándolas violentamente contraía chapa de zinc que revestía el mostrador, mi tío quedóse un rato muy largo haciendo pasar los ojos de las cuatro piezas de oro á los míos, y de mis ojos á las cuatro piezas de oro. Yo rompí tal situación con un chubasco de bromas y carcajadas ; y ¡ Dios me perdone el mal juicio ! pero creo que, solamente entonces, empezó á pensar mi tío que su habilitado podía ser útil para algo. Pero no fué ésto lo más célebre del caso. El regalo de las cuatro onzas y más, como decían todos los gauchos al opinar del asunto : el de la vida, que me había hecho
LAS CUATRO ONZAS 2J^
el matón al sufrir mis contestaciones audaces de la noche anterior sin darme una cuchillada, corrieron en alas de la popularidad como una ráfaga de tormenta por todo el ámbito del pueblo : y como si aquello hubiera sido la abdicación en mi favor, hecha por don Prudencio, de toda su larga fama de valiente, y el traspaso absoluto del dominio de respeto que ejercía sobre la tímida población del villorrio, empecé á notar cómo una aureola resplandeciente de gloria se encendía en torno de mi cabeza. Así comencé á ser profeta en mi propia tierra contra la ley natural : creyó mi buen habilitador en mis dotes para el comercio^ y á toda aquella armazón de felicidad debí el no tener después un sólo disgusto digno de cuenta en los seis meses, de vida entre salvajes, que me estuve al frente del negocio.
En todo aquel tiempo, don Prudencio se dio á quererme por tal arte que hizo de la pulpería su sala de conversación y de consultas ; y como era caudillo y tenía parejeros ganadores siempre,, y le rodeaba sin cesar una numerosa corte de admiradores, fué él la verdadera fuente de donde manaron pródigamente mis mayores ga-