Cuentos de tropa: entre indios y milicos · Unidad 14 de 132
Unidad 14 · EL PERRO ADIVINO 39
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
EL PERRO ADIVINO 39
exageradas, si acaso se podía exagerar lo ocurrido.
La situación del Mayor era crítica pero comprendía bien que en política no debe andarse con paños tibios, j continuó buscando el mejor camino para llegar á su objetivo.
Pronto iban á tener lugar unas elecciones; todos los resortes electorales estaban preparados para el triunfo: su presencia en medio del campo electoral era la llave de la victoria, cuya cerradura era preciso encontrar antes; y entonces de lo alto de las pirámides, Alsina vería aunque fuera ciego^ que era el mismo héroe del 22 de Abril, de la elección de Mesquita, aquel mismo adolescente que en medio de un luminoso discurso que pronunciaba Avellaneda en plena Cámara, le había gritado ahuecando la voz: ''Déjate de cantar chingólo que me estás atormentando," en fin vería esto y mucho más.
ji\h! mas no siempre los vientos alisios soplan la suerte! j Oh infausto destino que con ironía marcada haces un revoltijo de los contrarios sucesos humanos; matices crueles de la inconstante fortuna, que avivan sin cesar el ambiente de la vida, ya con la alborada risueña de un momento placentero, ó con la noche tétrica y helada del sufrimiento! Si lectores! sabed, que en medio de ese orgullo
40 CUENTOS DE TROPA
electoral que halaofaba con entusiasmo en todo momento al brioso militar, recibe una orden terminante del general jefe de la frontera, donde se le ordena que sin demora de tiempo se dirija á marchas forzadas á los toldos de Coliqueo; con el objeto de rechazar una horda que avanza á pasos rápidos á sembrar la muerte y la devastación en aquellos solitarios parajes. La nota era seria y g-rave, revestida con esa solemnidad del mando que no hace titubear, ni se presta á comentarios: cuatro palabras enérgicas ordenando el cumplimiento de un deber á un subalterno.
Cayó el papel de las manos del Mayor que encerrado en un mutismo de inquieto sinsabor, solo dijo entre dientes: ¡Maldita orden! Un volcan de lava hirviendo subió á su cabeza, y sus ojos tomaron una expresión atroz de furia reconcentrada. Un Otello, embadurnado de teatro, á su lado sería un juego de niños: en ese momento su corazón no tenía nada de corazón, era algo como un hervidero de sierpes, más que eso, parecía que allí se movía convulso un bagual bellaqueando y enredándose en las fibras de la válvula de la vida. Entonces sacudido por el vaivén de esa lucha terrible exclamó con despecho:
¡Yo marchar! . . . ¡Jamás! . . . primero . . . mas deteniendo repentinamente la proyección de sus rebeldes ideas — torció al lado opuesto, y serenando