Cuentos, diálogos y fantasías · Unidad 39 de 248
Unidad 39 · EL BERMEJINO PREHISTÓRICO 75
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EL BERMEJINO PREHISTÓRICO 75
ría, huyeron con espanto de aquella zalagarda, y, saltando en tierra, alarmaron con sus gemidos y sollozos á la nodriza, que estaba en éxtasis y de nada se había percatado. En cambio, apenas se enteró de lo ocurido, se extremó en hacer muestras de su dolor. Allí fué el mesarse las venerables canas, el revolcarse por el suelo y el dar tan formidables chillidos, que Mutileder, aunque estaba lejos, acudió al sitio oyéndolos. El infeliz amante supo entonces toda la enormidad de su infortunio, mas demasiado tarde por desgracia. La nave del raptor se percibía aún, pero lejos, y navegando con tal rapidez que pronto iba á perderse detrás de la comba que forma el mar, marcando una curva de azul profundo en el cielo más claro.
El furor de Mutileder fué indescriptible, aunque á nada conducía. Ni siquiera supo á punto fijo el infeliz amante quién había sido el raptor, por más que sospechase de aquel marino que en Málaga había puesto en Echeloría los lascivos y codiciosos ojos.
Estos raptos de mujeres eran frecuentísimos en aquellas edades heroicas, y habían dado ya y debían seguir dando ocasión á no pocos disturbios y guerras. Los fenicios habían robado á lo, hija de Inaco; los griegos habían robado á Europa de Fenicia, á Medea de Coicos y á Ariadna de Creta; y por último, un Príncipe frigio había robado á la bella Helena, mujer del Rey de Esparta, Menelao, motivando así una lucha larga y mortífera, y al cabo la destrucción de Troya.
D. Juan Fresco explica, á mi ver, de un modo
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satisfactorio estos raptos de mujeres. Supone que ia mujer, por lo mismo que su belleza es tan delicada, no se cría naturalmente. Lo único que se cría es la hembra del hombre. La verdadera mujer es producto artificial, que resulta de grande esmero y cuidado y de exquisito y alambicado cultivo. De aquí la rareza entonces de la verdadera mujer y el mágico y portentoso efecto que producía en el alma de guerf^ros bárbaros y briosos, avezados á ver hembras solamente.
Cuando los hombres se recobraban de su pasmo volvían á hacer á la mujer de peor condición que al esclavo más humilde; pero, en ocasiones, una mujer bien lavada, cuidada y compuesta, infundía amor ferviente, frenético entusiasmo y cierta adoración como si fuese algo divino. De aquí las patrañas ó mitos de las hadas y encantadoras como Circe y Calipso, que convertían á los hombres en bestias; la ginecocracia^ esto es, el imperio de la mujer, establecido en muchas partes, como en el país de las Amazonas y en la Arabia Feliz; y el omnímodo influjo, ora funesto, ora útil, que ejercieron algunas damas en los varones más crudos y valerosos, como Onfale en Hércules, Dálila en Sansón, Betzabé en David, Egeria en Numa y Judit en Holofernes. De aquí, por último, que ganasen tanto crédito las sibilas, las pitonisas y las druidisas; todo ello, sin duda, porque cuidaban más de sus personas, y lograban pulir y descubrir la escondida hermosura, invisible por lo general en la hembra por falta de pulimento y aseo.
Además, el entender la hermosura y el afanarse