Cuentos fantásticos: Vanitas vanitatum y El número 111 · Unidad 9 de 14
Unidad de lectura 9
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
— Si, le contesté balbuciente, sintiendo* hervir la sangre en mis arterias; sí!: y acometido de nerviosa emoción, la vi desaparecer vaporosa y lijera tras la.
♦cortina de una- puerta, á tiempo que el sombrío Mefistóíeles exclamaba cou cavernoso acento :
— Las tres! señores, sonó la hora terrible !
Yo salté del asiento como tocado por un hierro encendido,
— Todo va á terminar, agregó el fantástico agorero, y espero me concedáis la honra de proponeros la última libación.
— Brinda por tus ocultos cuernos, gritóle Franz, en el paroxismo del delirio.
— Por la ausencia de tus carnes, agregó un convidado.
— Por tu primer amor, añadió otro.
— Por la alegría, que estorbas.
— Por el mal, tu elemento.
— Por la dicha, que envidias.
— Por el infierno que presides, tornó á exclamar el poeta.
—Bravo ! exclamó riéndose Mefistófeles, con ruido igual al que pudiera producir una bala de acero, rodando á sal*
tos por una larinje de pedernal. Cuántas miserias! Por algo más trascendental y de mi agrado espero que brindareis conmigo.
Y poniéndose de pié, como un espectro animado, añadió con la misma ironía, •dejando caer cada una de sus palabras entre los saltos de su satánica carcajada :
— Pero, no os vayáis á reíros de mí. Brindo. . . .
Y se detuvo con el brazo extendido, Ja copa en alto y acariciándonos con el siniestro brillo de su torva mirada.
— Por qué diablos? repitieron cien voces juntamente.
— Por el ángel terrible de la muerte ! exclamó Mefistófeles, que se cierne sobre vuestras cabezas, y al que olvidáis *3u los trasportes de vuestra estúpida alegría.
Las copas esta vez no se vaciaron : una sacudida eléctrica estremeció á la multitud. La palidez con que el terror
amortaja á sus víctimas, sustituyóse á la púrpura que poco antes iluminaba todos los semblantes. A las palabras de Mefistófeles siguióse un profundo silencio, y anonadados, contemplamos languidecer de súbito las luces, caer marchitas de sus tallos las más lozanas flores, y desbordarse de las copas, como de fuente inagotable y abundosa, la blanca espuma del champaña.
Yo, cual ninguno, sentí helarse mi sangre y erizarse mis cabellos, pues era para mí para quien aquel lúgubre brindis tenia mayor significación. Más abatido que cuantos me rodeaban, sentí desfallecer el ánimo; pero un movimiento maquinal me llevó al pecho las manos, y estas tropezaron con los eslabones del collar que palpitaba en mi seno cual otro corazón. Como si hubiera tocado una sarta de encendidas brasas, lancé un grito ; y reaccionándome con extraña rapidez, sentí renacer con la energía
perdida, todas las aspiraciones de mi alma apasionada. Mefistófeles, que á la sazón se gozaba en su triunfo, fijó en mis ojos su mirada sombría, y un jesto de sorpresa hizo traición á la impasibilidad de su semblante.
— Me resistís ? exclamó conturbado, — ISTo sé lo que queréis decir, le contesté ; y tomando de nuevo mi abandonada copa: vamos, le dije; si nadie te acompaña, yo lo hago : bebamos por la muerte.
Y apuré el licor.
— Prepárate á esperarla, me dijo.
— No la olvidéis tampoco, respondí.
Y seguido de mis amigos, que, pasmados de asombro, no hallaban cómo esplicarse aquel cambio inesperado, salimos del comedor, donde absortos quedaron los convidados de Esmeralda, como ante el mane, thecel, phaees, los delirantes concurrentes al último festín de Baltazar.
El talismán.
— Ahora, que se cumpla el destina que me esté reservado, dije á mis consternados amigos, al salir del comedor.
— Mi última palabra, Humberto, mi última súplica, exclamó Franz, curado súbitamente de su febril delirio por el terror que le habia infundido Mefistófeles : huyamos !
— Huir ! sabes tú lo que dices !
— Cómo ! replico Franz, mirándome asombrado g es posible que aún no hayas comprendido que en ese espectro sombrío, en ese histrión terrible se encarna un maléfico genio f ¡No has sentido abrasarse tu cerebro en los des-
tellos elécricos de sus ojos de ascua? ¿No te ha lastimado el alma la constante sucesión de sus sarcasmos, ni helado la sangre y erizado el pelo su risa convulsiva y estridente como un crujido del averno ?
— Oh ! Todo lo que rae dices lo he sentido, exclamé, á mi pesar estremeciéndome; mas para llegar a la dicha que ambiciono, tengo por fuerza que tropezar con ese escollo, vencerlo ó sucumbir.
— Locura, locura imperdonable, dijo á su vez Beltran. Nada existe Humberto, sobre la tierra, capaz de merecer el sacrificio á que te prestas. Nada?
— Nada ! repitió Beltran cou extremada convicción.
— Te engañas esta vez, amigo mió, le dije ; hay sentimientos que nos exigen con apremio lo que pretendes negarles.
— El honor, que es de los más impe-
tíosos, replicó Beltran, esforzándose en disuadirme de mi intento, no lleva sus instancias más allá de la esfera de 'nuestras limitadas condiciones.
— El honor en el presente caso, mi 'querido Beltran, es un sentimiento demasiado pasivo si se compara con los apasionados arrebatos del amor, del amor ! que nada teme ni respeta, y ante el cual se abaten, como castillos de naipes, las barreras de lo imposible.
— El amor á ese grado de efervescencia, degenera en insensatez y pierde toda autoridad.
— Mas no para impedir que se le estorbe en sus fines.
— Cuando el que estorba es un mortal.
— Aun cuando sea el demonio!
— Oh ! entonces todo intento es locura. Convéncete, que un duelo con ese extraño incógnito, mitad hombre y mitad fantasma, es la prueba más com-
pleta del extravío de tu razo». Mientras le creí de nuestra misma especie no me opuse á que aeeptaras el funesto encuentro; pero después de lo que he visto, de lo que he oído y del estudio que llevo hecho de su diabólico proceder, no hay razón para que aceptes un combate en que todas las ventajas le áavorecen por tener de su parte el infierno
-—No te empeñes en disuadirme, exclamé sintiendo palpitar sobre mi pecho el collar de Esmeralda, cual otro corazón.
— Humberto !
— Basta, añadí dominando á Beltran con la energía de mi resolución ; con Satanás en persona me atrevería á luchar por poseerla.
— Por poseerla ! repitió Franz asombrado.
— Sí ; por llegar hasta ella y exhalar
á sus pies con el último aliento, ini alma enamorada.
— Humberto, Humberto, exclamó Beltran palideciendo ; esa mujer es un misterio impenetrable, un abismo de tinieblas en cuya sima, sin encontrar la felicidad, te hundirás para siempre.
— Todo lo arrostro por tornar á verla.
— Tal vez ya sea imposible tu deseo,, agregó Franz.
— Me espera.
— Te espera ! No mientes ? exclamó él poeta, cuyos ojos apagados volvieron á chispear un instante.
— Me has arrancado el secreto que les habia ocultado.
— Pues una fuerza superior á tu audacia, tornó á decir Beltran, te impedirá llegar á ella.
— Con el fuego que me abrasa, no habrá poder humano que impedírmelo* pueda.
— ¿Y sobrehumano! preguntó Beltran estremeciéndose.
— Tampoco !
Y poseído de insensato delirio, me lancé sin vacilar por la escalera que descendía al jardín.
— Detente ! exclamó Beltran anonadado ; no des un paso más, aun es tiempo de volver á la razón.
— Imposible, le grité más y más exaltado por las trepidaciones del collar que palpitaba sobre mi pecho ; mi alma está con ella, y la voy á buscar.
Dispuesto á no volver atrás, seguí bajando á pesar de las súplicas de misamigos; pero ya al pié de la escalera un grito desgarrador deFranz me detuvo por un instante sorprendido. Torné á mirar á mis amigos, y sin comprender lo que les sucedía, divisé al poeta, quien con los ojos y los brazos dirigidos al cielo, exclamaba desesperado, con dolorido acento :
— Me han robado ! me han robado !
!Ni un luis, ni un billete de banco .
nada! nada !
— Humberto ! exclamó Beltran, no menos aterrado y con ademanes suplicantes ; detente ; mira, en todo esto, otro misterio más ; nuestra riqueza se ha convertido en humo.
— Pero aún existe para mí Esmeralda, He contesté poseido por el más cruel egoísmo; y me lancé al jardin.
— A lo menos espéranos para perecer «contigo, exclamaron mis amigos.
— Hagan lo que les cuadre, menos «detenerme, les contesté alejándome.
— Vas desarmado, me gritó Beltran.
— Trae, si quieres, las espadas.
Y, sin saber á punto fijo la dirección «que seguir debia para llegar más pronto á una ú otra cita, tomé la primera calle que se ofreció á mis pasos, y segundos después, me vi alcanzado por
Beltran, quien ti ai a las espadas, y por Franz, que no convencido aún de su desgracia, registraba con desesperación los vacíos bolsillos de su vestido.
Un silencio profundo reinaba en el jardín; apenas una que otra ráfaga de brisa desbojaba con sus rápidos besos las copas de los árboles, y hacia oscilar las luces de los mil farolillos que colgaban de las flexibles ramas, derramando pálidos y vacilantes resplandores. Completa era la soledad y el reposo de aquel moderno huerto de las Hespérides, donde momentos antes todo era ruido, animación y alegría. El penacho cristalino del surtidor, cuyo grato murmurio nos habia acariciado dulcemente al principio de la noche, parecía haberse congelado; y sus aguas inmóviles, como una lámina de pulido acero, reposaban tranquilas en su prisión de jaspe. Un soplo helado, peculiar de otras zonas, hacia languidecer las plantas y robaba los
fragantes aromas á las flores que, mustias y abatidas, inclinaban sus corolas marchitas. La soledad y el silencio desterrados corno importunos de aquella fiesta de los sentidos, volvían á darse cita y á ocupar los vacíos que les abandonaba el movimiento y el estrepito; su imperio se extendía entre las sombras, y para hacer más triste y melancólico aquel cuadro de desesperante reposo, bajo un cielo sin estrellas veíase suspendida, cual fúnebre faual, una luna rojiza, rodeada de cárdenas auréolas.
Sin fijarnos al principio en estos aflictivos detalles, que á proporción que discurríamos por el mustio jardín, fueron haciéndose cada vez más visibles, nos detuvimos, al cabo, junto al mudo surtidor, donde Franz, no convencido aún de la completa desaparición de sus riquezas, hizo de nuevo entre maldiciones y suspiros, el examen tantas veces repetido, de sus vacíos bolsillos; á tiempo que
Bel tía u, á la manera de Pi latos, se lavaba las manos para probarme que no debía recaer si.bie su conciencia la responsabilidad de aquel duelo temerario. Pero ni la desesperación del poeta, ni esta nueva protesta de Beltrau, por más solemne que tratara de hacerla, influyeron en mi resolución : la hora, para mí tan deseada ala vez que temida, habia sonado, y, ya fueran las puertas del paraíso ó las del infierno las que encontrase abiertas, no era posible retroceder.
Terminadas las protestas de Beltran y las amargas lamentaciones del poeta, mis amigos buscaron en todas direcciones, y con mirar inquieto, á mi terrible antagonista.
— No ha llegado, dijo Beltran suspirando.
—Y créeme que lo siento, añadió Frauz.
— Qué dices ! exclamó Beltran horrorizado.
— Lo que oyes.
- — Tu enagenacion es completa.
— Mi desesperación, querrás decir, exclamó Franz, cou febril agitación. ¿Te figuras por ventura que después de esta noche de ^inesperada opulencia, puedo descender sin reventar de indignación á la labor constante de la miseria; á surcir nuevas penas con qué vestir mi alma, y á devorar historiadores y poetas, si alguno queda en mis vacíos estantes? No! y mil veces no; preferible es morir ó pactar antes con el diablo, si es verdad que posee el misterioso filtro que destierra las penas..
— Eecoje esas palabras insensatas, exclamó Beltran palideciendo, á tiempo que sobre la arena de una oscura avenida, oímos resonar lentos pasos que se acercaban á nosotros.
— Lo que yo recojo en este instante es la bilis que me ahoga, replicó Franz fuera de sí, para escupirla á la cara de
ese funesto agente del infierno, si uo me devuelve mi perdida fortuna, de la cual le hago responsable.
— 0b ! calla, calla, volvió á exclamar Beltran estremeciéndose. Míralo i ya está aquí.
Y mis ojos, fijos é i d móviles en la. dirección de los pasos que se acercaban, vieron aparecer á Mefistófeles.
Mis amigos á su pesar retrocedieron 'r yo mismo sentí vacilar mi energía; pero el collar oculto volvió con rapidez á palpitar sobre mi corazón, y de nuevo levantó mi abatida entereza.
— Heme aquí, señores mios, exclama el sarcástico Mefistófeles, acentuando deuna manera extraña sus palabras; na se dirá que me hago esperar.
Franz, á quien la presencia de aquel hombre habia hundido en los abismos del pavor, hizo un esfuerzo sobre humano, que nos dejó pasmados; y encarándose de súbito á mi sombrío con-
tendor, exclamó tartamudeando al principio y luego resueltamente:
— Sí, os esperábamos para pediros cuenta de cuanto hemos perdido.
— Perdido! exclamó riéndose Mefistófeles, con visible satisfacción ; nada de cuanto suponéis que os han quitado, trajisteis cuando entrasteis á esta casa.
— Pero lo que aquí hemos adquirido legal mente, nos ha sido robado.
— Exaj erais.
— No tal, exclamó Franz excitándose á proporción que hablaba ; y yo os haho responsable de tan infame proceder.
— Cuánto me agrada oiros discutir esas cosas, dijo jovialmente Mefistófeles, acariciando á Franz con una mirada protectora ; pero vamos por partes, que acaso lleguemos á entendernos.
— Pero no contais con que ponéis á prueba mi paciencia? le dije interrumpiéndole; bien sabéis que me esperan y..
— Faltareis, por más que estéis de pri-
sa, replicó Mefistófeles cortándome á su vez la palabra.
— Te engañas, exclamé con creciente exaltación, viendo á lo lejos deslizarse entre los árboles, la vaporosa sombra de la mujer amada. Aunque fuera el infierno el que á mi intento se opusiera, sabría vencerlo.
Por toda respuesta, Mefistófeles me lanzó una mirada de profundo desprecio, y volviéndose á Franz, añadió cou insinuante dulzura, mientras yo recogía las espadas :
— No os alarméis caro poeta, por lo que .habéis perdido; podéis recuperarlo.
— Recuperarlo!! repitió Franz lleno de júbilo. Repetid lo que babeis dicho. I Os habré entendido mal ?
—No.
— ¿Es decir que nos devolvereis nuestras riquezas, sin atentar de nuevo contra ellas ?
—Sí.
— Oh ! no sois tan. . . .
— Tan diablo como parezco, agregó Mefistófeles completando el interrumpido pensamiento de Franz.
— Perdonad, si os hemos calumniado.
— Sois adorable, joven.
— Hagamos pues, las paces, exclamó Franz á quien ahogaba la alegría.
— Convenido, pero á qué precio 1 contestó Mefistófeles.
— Cómo ! dijo Franz conteniendo sus trasportes de júbilo.
— Oh ! no será de balde que os devuelva la perdida fortuna y la suprema felicidad a que aspiráis,
— Y bien, qué me exigís %
— Vuestra mano, y la promesa de serme fiel eternamente.
Franz quedó perplejo; yo mismo, á pesar de la impaciencia que me devoraba, me detuve cortado; Beltran palideció.
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— Me habéis oído ? añadió el Tentador abrasando al indeciso Franz con las llamas de su mirada fascinadora.
— Sí; contestó titubeando el poeta. ¿No mientes?
— No habría pacto posible sin el cumplimiento de mi parte.
— Entonces, exclamó irreflexivamente nuestro amigo, entonces.
— Franz ! Franz ! gritó Beltran, viéndole plegar á la voluntad de aquel genio maléfico; qué vas á hacer!
— La miseria con los harapos del. mendigo, murmuró Franz, como hablando consigo mismo; con los tormentos detodos los instantes; con su largo estertor! jamás! jamás! gritó purpúreo y. delirante, deteniéndole la mano a Mefistófeíes; antes.
— Mendigar eternamente, exclamó Beltran interponiéndose entre el Tentador j la cautiva víctima.
— Dejadlo, exclamó Mefistófeles, ka?-
cien do estremecer el aire con un rugido de indigoaciou.
Franz retrocedió aterrado.
— Dios está con nosotros, añadió Beltran, soportando con entereza los terribles rayos que partían de las pupilas de aquel fiero demonio.
— Sí, tienes razón, Dios nos asiste ! exclamó Franz, levantando al cielo los extendidos brazos, para estrechar después en ellos á Beltran, quien airado é iraponente, como el divino arcángel, desafiaba tranquilo todo el poder del Eéprobo.
— Maldición! rugió éste arrebatándome una de las espadas: el infierno necesita hoy de una víctima, y esa serás tú, añadió dando un salto descomunal ; y airado y espantoso, despidiendo relámpagos los ojos y haciendo crujir la arena, que arrojaba chispas al contacto de sus pies, cayó en guardia cerrada,
provocándome con su eterna y sarcástica risa.
— JSTo se quién sois, le dije estremeciéndome y adelantándome á su encuentro ; pero quien quiera que seáis, hombre ó demonio, apartaos de mi camina 6 paso sobre vos.
— Cuánta bravura ! dijo irónicamente mi sombrío antagonista.
E inflamándose de nuevo, añadió con acento terrible :
— El camino que seguís no es el vuestro, es el mió; y como son vuestras pretenciones fas que vienen á estorbarme, me asiste el derecho de deciros : hasta aquí me conviene que lleguéis, agregó indicando con ademan enérgico el terreno que pisábamos ; hasta aquí, ó la sangre, de uno de los dos manchará las huellas del que se aleje victorioso de este sitio.
— Como gustéis, le repliqué, contra
vuestra saña infernal hay un poder que me defiende: el cielo.
■ — Tanto mejor, replicó él; ejida y protejido rodorán á mis pies.
■ — Defiéndete, exclamé arrebatado por impetuosa indignación.
— Prepárate á dormir desde esta noche en el infierno.
Nuestras espadas se enlanzaron despidiendo relámpagos, cual dos serpientes de fuego.
Apesar de la rara energía que sostenía mi ánimo, el rose de mi acero gon el de aquel extraño personaje, produjo en mi organismo los efectos de la electricidad ; mis cabellos se erizaron ; mis músculos se estremecían é intermitente calofrío exaltaba mis nervios; sin embargo, las estocadas se sucedían con simultánea rapidez, y mi mano, aunque atelida como la de un cadáver, paraba y devolvía con vigor extremado los repetidas golpes.
Mis dos amigos, tínicos testigos de este asalto terrible, permanecían extáticos, asombrados de mi singular energía y temiendo á cada instante verme caer sin vida.
Un oculto poder me protegía; la muerte, palpitante en el hierro de mi enemigo, me acariciaba con sn acerada lengua, sin alcanzar á herirme el corason. Cada vez que la punta de la -espada de Mefistófeles rosaba mis vestidos, dejaba aquel escapar un rugido, rompía la guardia dando hacia atrás un gran salto nervioso, y de nuevo se lanzaba al ataque con mayor ardimiento.
Los minutos corrían; copioso sudor inundaba mi frente, el combate se hacia desesperadamente largo. Vencer á Mefistófeles era poseer á Esmeralda; este sólo raciocinio bastaba á darme ¿diento; pero vencer á aquel hombre -de hierro, frío, impasible é invulnerable, como el genio del mal, á quien
hasta entonces solo habia resistido por milagro, era empresa sobrehumana. Mis fuerzas empezaron á decaer. Una estocada mal parada atrajo un nuevo golpe más certero y más rápido; mi vista se turbó de improviso, y la espada de Mefistófeles, pasando delante de mis ojos con la celeridad del relámpago, desgarró el pecho de mi frac.
Mis amigos arrojaron un grito, y creyéndome herido mortalmente corrían á sostenerme, cuando vieron, atónitos, retroceder á mi adversario desconcertado y pálido.