Cuentos morales · Unidad 100 de 188

Unidad 100 · EL QUIN , 219

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EL QUIN , 219

Quin, tendido en un felpudo, con el hocico entre las patas, seguía con interés y simpatía la pantomima cotidiana del portero y el joven cobarde.

El cancerbero ministerial le leía en los ojos al mísero provinciano (que lo era, y harto se le conocía en el acento) que venía sin más recomendaciones y sin más ánimos que otras veces; y en él desahogaba toda su soberbia y todo su despotismo vengándose de loa desprecios de otros más valientes. En el rostro del joven se pintaba la angustia, la desesperación; se leía un momento un relámpago de energía, que pasaba para dejar en tinieblas le debilidad y timidez aquella cara abandonada ;'i la expresión de la tristeza abatida.

Llegó á conocer el Qui7i que el portero todavía tenía en menos al tal muchacho que á él mismo, con ser perro. Puede que primero le hubiera dejado pasar á él á preguntar por su expediente.

El de los pantalones de color de canela, como el Quin llamaba para sus adentros al provinciano de barba rala, se sentaba en un banco de felpa y allí so estaba las horas muertas, como podía estar un saco, para los efectos del caso que le hacían.

Por algunos pedazos de conversación que el Quin sorprendió , supo que aquel chico venía de una ciudad lejana á procurar poner en claro los servicios de su padre, difunto, á fin de obtener una corta pensión de viuda para su madre, pobre y enferma. No tenía padrinos^ luego no tenía razón;

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ni siquiera le permitían ponerse al habla con el alto empleado que se empeñaba en interpretar mal cierto decreto; equivocación, ó mala voluntad, de que nacían los apuros del pretendiente, llainémosleasí. Pretendiente de justicia, el más desahuciado. A fuerza de verse muchas veces solos en la portería el Qiiin y Sindulfo fel nombre del tímido mancebo), con el compañerismo de su humildad, de aquel non plus ultra que los detenía en el umbral de la gracia burocrática, llegaron á tratarse y estimarse. Los dos se tenían á si propios, en muy poco; los dos sentían la sorda, constante tristeza de estar debajo, y sin hablarse, se comprendían. De modo que, con menos que pocas palabras sin más que algunas muestras de deferencia, tal como dejarle el Quin un sitio mejor que el suyo á Sindulfo, algunas caricias de una mano y otras de un hocico^ se hicieron muy buenos amigos. Y cuando ya lo eran, y compartían en silencios eternos su común desgracia de ser insignificantes, una tarde entró un mozo de cordel con un telegrama para Sindulfo, que se puso pálido al ver el papelito azul. Ap^as era nada. La muerte de su madre; todo lo que tenía en el mundo. Se desmayó; el portero se puso furioso; le dieron, al provinciano, de mala gana un poco de agua, y en cuanto pudo tenerse en pie casi le echaron de allí. Sindulfo no volvió á las oficinas de Clases pasivas. ¿Para qué? La viuda ya no necesitaba viudedad; se había