Cuentos morales · Unidad 77 de 188

Unidad 77 · 166 LEOPOLDO ALAS

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servicio era solícito, esmerado; nada faltaba al duque; su cuerpo era servido como por las manos volanderas de los castillos encantados. Pero le sobraba una cosa: la discreción absoluta de su gente; los criados, según antigua costumbre, por disciplinaria tradición, miraban en el duque al ser superior, feliz y sin flaquezas, por decreto divino, por privilegio de la sangre y la grandeza; suponer al amo necesitado de consuelo, de ayuda, pidiendo y solicitando, con la mirada á lo menos, amparo, calor del corazón, era absurdo, una irreverencia. Ningún criado de aquellos, ni el más sinceramente fiel, creía que entraba en el cuadro de sus obligaciones tener lástima del señor, pararse á pensar en qué podía estar triste en aquella soledad espantosa.

En cuanto á los campesinos dependientes de la casa, ya hacía muchos años que habían olvidado el camino del palacio, á lo menos el de las habitaciones del amo. El duque nuevo era una abstracción para ellos; su señorío un concepto de derecho, no un poder representado en una forma conocida.

Don Diego envejecía de dolor, de hastío, de soledad; á solas con su grandeza^ se sentía como un rey Midas del linaje y de la etiqueta: todo lo que tocaba se le convertía en frío respeto.

La debilidad de sus achaques, que empezaron pronto, le tenía nervioso; empezó á aborrecer á

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SUS siervos voluntarios, porque no adivinaban lo que ahora necesitaba, que era afecto^ trato humano, pero no de humanidad humillada, servil. Llegó á hacer la corte á sus palaciegos, á procurar, de modo indirecto, adulándolos^ como podía, sin abdicar , sonsacarles algo más que el servicio exacto, cumplido con ceremoniosa perfección. Fué en vano; nadie sospechaba lo que quería. Estaba entre muebles y semovientes: no entre hombres. Los árboles del Parque, inclinados, á su paso, por la brisa, le saludaban; saludaban su dolor sin comprenderlo; lo mismo hacían los criados; pasaba el amo y se inclinaban como los árboles.

Cerca del anochecer, cierto día, el duque llegó hasta el extremo del Parque; alzó la cabeza al verse junto al pabellón solitario de la Glorieta. Allí dentro, como enterrado en vida, estaba Ramón, que no acababa de morir; olvidado de todos, menos de un mozalbete encargado de su servicio. El veterano había ido perdiendo terreno, pero no quería abandonar la casa de que había sido perro fiel; no quería morir. El señorito no le visitaba nunca. Pasaba el día sentado en un sofá de paja, haciendo solitarios con naipes viejos, sobre una mesa de mármol, con grandes esfuerzos de la mano única que movía apenas, para la cual cada naipe, sobado y lleno de dobleces, pesaba como una losa. La pierna de carne se había hecho de palo también; no se movía. Los ojos eran centellas, pero los oídos ta-