Cuentos morales · Unidad 88 de 188
Unidad 88 · 192 LEOPOLDO ALAS
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
192 LEOPOLDO ALAS
Todas aquellas almas torcidas, que habían rechazado la cuerda y el rodrigón para el propio crecimiento, se sometían humildes á las tijeras y á la navaja niveladoras del peluquero.
Desde entonces, don Urbano, menos adusto y siempre muy afeitado, frecuentó las peluquerías más acreditadas.
Y se pasa hoy las horas muertas viendo á los maestros y á los oficiales servir á los parroquianos, y sigue con atención casi mística el subir y bajar de las tijeras por el cuero cabelludo del prójimo.
Y su mayor delicia es poder decirle á cualquiera que se ha servido, mientras éste se sacude los pelos que le pican, decirle sonriendo...
— Está usted perfectamente... No le han dejado ninguna escalera.
EL FRÍO DEL PAPA
Decía el periódico: «No es cierto que Su Santidad León XIII esté enfermo. Su salud se mantiene firme; pero no hay que olvidar que es la salud de un anciano^ de un anciano cuyo espíritu lia trabajado y trabaja mucho. Está débil, sin duda; pero no se ha de juzgar por las apariencias de lo que es capaz de resistir aquel temperamento; detrás de aquella delicadeza, de aquel palidísimo color, de aquellos músculos sutiles, hay un vigor, una resistencia vital que no puede sospechar él que le ve y no conoce su fibra. Los catarros le molestan á menudo. Su gran batalla es con el frío. En sus habitaciones no se enciende lumbre; pero después que se acuesta necesita sobre su cuerpo flaco mucho abrigo. Parece imposible que aquellos miembros tan débiles resistan el peso de tanta ropa como hay que echarles encima.»
Interrumpió Aurelio Marco, exfilósofo, la lec-
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tura que le había llenado de lágrimas los ojos, y el espíritu de ideas y de imágenes.
Era la noche del 5 de Enero, víspera de Reyes. En su pueblo, donde Aurelio se había refugiado después de recorrer gran parte del mundo, todavía se consagraba aquella noche á la inocente comedia mística, tradicional, de ir á esperar los Reyes; ni más ni menos que en su tiempo, cuando él era niño, y seguía por calles y plazas y carreteras, á la luz de pestíferas antorchas, á los pobres músicos de la murga municipal, disfrazados, con trapos de colorines y tristes preseas de talco, de Reyes Magos, reyes melancólicos con cara de hambrientos.
A lo lejos, allá en la eal!e, se oía la inarmónica elegía de un clarinete desafinado que se alejaba con su tristeza...
«¡El Papa tiene frío!» pensó Aurelio. Y la ternura de un símbolo de inefable misterio doloroso le anegó el alma en visiones mezcladas de agudas ideas luminosas.
Sus recuerdos de otras noches de Rey as, el chirinete que se alejaba, la noticia que acababa de leer, lé devolvían, por lo que atañe al sentir, á la fe de su poética infancia, de su tormentosa adolescencia... La verdad estética de la leyenda sublime, única, le penetraba el corazón; y por él pasaba algo muy semejante á lo que el Fausto de Goethe sentía al escuchar las campanas que toca-