Cuentos pasionales · Unidad 1 de 31
Unidad 1 · A. HERNÁNDEZ CATÁ
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
CUENTOS
PASIONALES
MADRID
BIBLIOTECA ECONOMICA SELECTA
M. PEREZ VILLAVIGENGIO, EDITOR
PEINA, NÚM. 33
DEDICATORIA
Para mi hermana Celia.
Un libro dado á la lu^ es algo intimo que se separa de nosotros; una disgregación anunica. Todo el mundo tiene derecho á opinar acerca de él: necios y sabios. Las rosas florecidas en nuestro espíritu en horas introspectivas de vigilia y de éxtasis pierden sus primeras hojas en el contrato editorial, y las últimas en las conversaciones criticas de los compañeros.
Dedicar un libro es bien poca cosa. ¡Dolor de los libros deshojados con indiferencia á favor de una digestión ó de un insomniol ¡Páginas concebidas lleno el espíritu de amor de belleza! ¡Tor^ turas del alma ansiosa de armonía, acariciadas por la quimera de despertar emociones en fraternos espíritus desconocidos! ^Quién adivinará estas inquietudes en la correcta monotonía de los caracteres impresos? ^Qué alma amiga, al desgranar
jubilosa ó Iristc un pasaje, tendrá un recuerdo para el júbilo ó la tristeza cori que fué escrito?
El libido al separarse de nosotros para ser ya de todo el mundo, deja en el espíritu un vado— anhelos, desilusiones, esperanzas — que no se llena nunca. Y este vacio, esta estancia desolada y desierta donJe nacieron tantas ideas queridas es lo que quiero yo dedicarte.
Alfonso.
LA HERMANA
Se hizo preciso adelantar la marcha, porque á la salud de Lucio no era propicio el tráfago urbano. Cuando llegaron á la quinta, ya los árboles tenían retoños verdes, y de noche, los jazmineros enredados en la verja envolvían la casa en su fragancia pesada y mareante.
La sexagenaria paralítica se negó á que su hijo fuese llevado al manicomio. ¿No hubiese sido cruel confinar á un hombre á quien la pérdida de su esposa privara de razón? Por eso, contra los consejos unánimes de los facultativos, ella opuso, blanda y tenaz, su resolución de madre cariñosa:
— Lo llevaremos á la quinta. Allí, en el campo, sin más compañeros que los viejos guardas y yo, tal vez olvide su obsesión; sin ver mujeres...
12 ALFONSO HERNÁNDEZ CATA
Fué un suceso trágico y doloroso: Ante el cadáver de la esposa, virgen dos meses antes, Lucio tuvo el primer acceso. Inclinado sobre el ataúd, acarició á la compañera frenéticamente; mordió los labios fríos, y cuando para alejarle desagarrotaron sus dedos enlazados á ¡os de ella, las manos muertas v las vivas ofrecían igual rigidez.
Desde entonces, la vesania erótica conturbó todo su organismo. El dolor moral, la desolación del alma y del cuerpo abandonados por el espíritu y la carne fraternos, tuvo una localización morbosa. Apenas derramó lágrimas. Vuelto en sí del largo desmayo, ni la nombró siquiera; pero la veía viva en todas las mujeres nubiles. Bastábale la visión de una mano, de una prominencia temblante bajo las vestiduras, para imag[inarla y desear volver á ser su dueño. Era un gran duelo muscular y nervioso, un ígneo recuerdo perenne de la medula y de la piel.
Hubo necesidad de prescindir en la casa de las sirvientes jóvenes, porque en las tardes de primavera, cuando la atmósfera se carga