Cuentos pequeñitos · Unidad 33 de 37

Unidad de lectura 33

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Á pesar de su natural bondad; á pesar de no haber jamás sentido las ofensas y tormentos con que quería mortificarla su tía Cipriana; á pesar del despego injusto de su padre, que enlazado con su cuñada por el ciego interés y por el deseo de hacer á esta su mujer, no protegía á su propia hija; no obstante de ver la risa y aun de casi entender las murmuraciones de los campesinos, la Ventolera jamás había creído en la maldad sino hasta que se le mostró en la forma más terrible: la ingratitud.

Bien entendió á poco de haber pensado en lo que el pastor la dijera, que esto significaba que todas las mozas de las aldeas vecinas, que los labradores todos la señalarían con el dedo como mujer que tuviera algo que ocultar, ó por qué bajar su cabeza, y eso que ella ni retozaba con los mozos, ni sufría bromas de los señoritos. Entonces le pareció que la viveza, el alocamiento aparente, la movilidad que le daba su alegría, eran terribles en su contra; ya alguien le había dicho que hacía mal en irse sola frecuentemente á Tornadizos y á la ciudad; pero ¿á qué iba? Iba al pueblo de ocho en ocho días, acudía á lavar la ropa, á amasar y á cocer el pan de una vieja que se veía pobre y abandonada, á su madrina de pila, é iba á la ciudad á hacer lo mismo y aún mayor bien al viejo maestro de la escuela de Mirasoles, en la cual ella había aprendido la doctrina.

¿No era ella incansable para el trabajo? ¿No cosía como cualquiera mocita de la ciudad, no escardaba, no segaba, no espigaba, amasaba, cocía, hacía la matanza, que en ello llevaba la fama? ¿Estábase jamás sin hacer cosa que fuera útil? ¿Por qué aquel pago?

Lo peor era que , sin darse cuenta ,' quería de verdad á Cabañas ; aún le parecía verle cuando llegaba á los Zarzuelos mozuelo , sucio , como siempre ; venía de criado de un criado, de zagalillo del rey (porquero), y apenas si le daban de comer, y con él partía ella su almuerzo y su comida , y aun le apañaba camisas de alguna camisa vieja de Anselmo, y le daba zajones usados para que él se gobernase unos, y miel de la cata, y leche de las cabras, y quesos, y chorizos y cuanto le era posible, mirando «al mocico» como si fuera un hermano; pues ¿y qué fué del tiempo en que, no bien acabada su faena, íbase en busca del Cabañas ( que tal mote le pusieron por el nombre del pueblo donde había nacido) , y correteaban asaltando las zarzas, recibiendo á la vez los arañazos de las espinas y el gusto de las moras?

Echóse á llorar la Ventolera , y asaltóle á la mente el pensamiento de que de todo aquello tenía culpa la Ciprianeja, á la que ella ni aun había mirado sino como á una endeble criatura, irritable como un perrillo...

— ¡ Ella ha mudao á padre , ella le ha mudao de como era en cornó es ogaño, ella habrá mudao á Cabañas! — pensaba.

Y como su padre le había repetido lo de que se fuera á servir, y aun le había censurado que no se hubiese ido casa de D. Norberto ó casa del canónigo, y como la Ciprianeja parecía desear quedarse sola en la casa, ella pensó á su vez en irse. ¿Cómo se habría de quedar ella allí después de haber acabado con Cabañas cuando estaban á punto de casarse? La detenía á veces la idea de cómo podría verse su padre sin tener quien trabajase lo que ella trabajaba, sin tener quien sirviera la tanda de pan á los criados del arrendatario, quien cuidase de todo, quien trabajara en todo como ella lo hacía.

Solo había de sentir que le partían el corazón cuando

dejara para siempre aquella casa en la que había vivido su madre, y aquella huerta y aquella cercona, aquellas fuente «del trueno,» fuente «quiebra-cántaros;)) aquella cerca y aquel monte, lugares en los cuales había vivido en medio del trabajo, pero á plena libertad.

¡Huir! ¡huir! y huir lejos, porque igual vergüenza sentiría en el pueblo de Tornadizos, y aun en la misma ciudad.

Cuando como jamás la vieran, preocupada y triste, tornó á la casa, halló á su padre ceñudo é irritado , para atormentarla tanto cuanto pensara con ello contentar á la Ciprianeja.

Llegóse á su hija y, dándola en el brazo, la dijo brutalmente:

— Tío Cabanas te ha dejao por alocada. Ya puedes irte á servir.

Llorando se metió en la cama la Ventolera , y cubierta la cabeza bajo las sábanas, llorando, aguardó la madrugada.

La luminosa franja, anuncio de la aurora, íbase encendiendo lentamente en el oro del sol que llegaba y las brillantes estrellas iban apagándose en el cielo , cuando comenzaban á revolotear por la tierra las alondras; con el ruido de hojas de los árboles de la alameda se oían los tiernos píos de los pajarillos y contrastaban con la tenue claridad del cielo las oscuras é indecisas masas grises de las peñas y las negras copas de las encinas; ya algunas nubes mostraban bordes de fuego, y en algunas fuentes lucían reflejos del vivo esplendor de Oriente.

La Ventolera salió entonces de puntillas de la casa, pasó la corralada, llegóse hacia el camino, entró en él, le atravesó, y por la parte opuesta siguió á la contigua dehesa llamada Encinar de la Sierra ; allí se detuvo junto á unas piedras, cerca de las que , y tendidos á una y otra

parte, aveíase varios hombres, mal cubiertos por andrajosas mantas y durmiendo todos, menos uno que, al llegai la moza, se hallaba sentado con la cabeza echada atrás 3 una calabaza en alto junto á los labios, bebiendo un trago,

— ¡Tío Ambrosio! — exclamó la Ventolera. — ¿Qué hay? — dijo aquel hombre.

— ¿Se van hoy tierra de Segovia á la siega?

— ¿Quién es? — replicó el hombre restregándose los ojos. — ¡Calla, es la moza de los Zarzuelos! Pues, sí, vamos á la siega, y luego á la vendimia. Aquí hemos acabado; pero la gente estaba rendida y era necesario descansar. ¿Qué te trae?

— Irme.

— ¿Con nosotros? No eres mala hoz', ni mala guisandera. Si te deja tu padre, al avío.

— ¿Padre? ¡Si me lo ha dicho! Dice: aquí nada haces; el señor Ambrosio es hombre de ley; vete, si tienes ánimo, y te traes unos realejos.

Y la Ventolera se echó á reir bulliciosamente, como acostumbraba.

— ¿Y cómo no ha venido tu padre?

— Porque ha tenido que ir a buscar la novilla, que se le ha ido al coto de Mirasoles.

Dióse por satisfecho el viejo, y aún celebró la fortuna de llevar una moza tan alegre en su viajata; á poco se alzaron del suelo algunos hombres negruzcos, desgreñados, de mirar triste y rostros en los que se marcaba una profunda fatiga, y vestidos con andrajos blancos y cubiertos por sombreros raídos. Hicieron allí su cazuela de sopas, y al poco rato, todos acompañados por la Ventolera, emprendieron su marcha arriba, camino de Segovia.

IV.

Hacia mediados de Setiembre, una calurosa tarde se hallaba Cabanas en los peñascales de Cerro Picudo, punto más elevado que la altura que oculta los Zarzuelos, y desde el cual se divisa la ciudad de Avila con sus formidables murallas, y la ancha, alta, cuadrada y almenada torre de la catedral.

Hacia la ciudad miraba Cabanas con fijeza de imbécil ó de hombre que, poseído por una idea, parece que tiene los sentidos embotados para toda impresión que pueda mudar su constante pensamiento.

Estaba parte del rebaño por el pradezuelo que hay al pié del cerro, y parte escalonaba este hasta no mucha distancia del sitio en que, con los codos en las rodillas enza jonadas y las manos apretando los carrillos, se hallaba el pastor, y en que, tendido perezosamente, estaba el terrible perro Lobitos.

Como alelado estaba el pastor, como tonto; tristes aquellos sitios, parada la vida que otro tiempo animó á todo el monte, las cercas y prados, bosquecillos y alturas de los Zarzuelos; le daba pena á Cabañas mirar hacia el lado de la fuente y no descubrir ya á la moza tendiendo la blanca ropa al sol sobre el verdor del prado; tristeza no oir la voz que algunas veces, á los más apartados sitios, le llevaba el viento, ora el eco de su risa, ora el nombre de alguna vaca ó un novillo á quien ella, sin duda, espantaba de su lado. Dábale rabia ver los días de hornada á la Cipriana... y, en fin, constantemente se veía remordido por la pena.

¿Qué había sido de la Ventolera?

Nadie lo supo en mucho tiempo; Anselmo dijo después que él lo sabía, pero á nadie quiso decirlo, y Cabañas quedóse en la ignorancia. Habían pasado ya cerca de cuatro meses desde que la moza hubo desaparecido.

Tío Anselmo y la Cipriana se casarían pronto, según se decía. Esto pensaba Cabañas, y apartando los ojos de la ciudad, volvióse maquinalmente á mirar hacia el opuesto

lado por el extremo de la carretera de Segovia, y le llamó la atención ver un grupo extraño. Venía por aquel lado un hombre llevando del ramal un asno, y en este venía algo que el pastor no acertó á divisar qué cosa sería. Salieron el hombre y el asno del camino, y Cabañas les

vió meterse en los Zarzuelos, por la parte más lejana del cerro, pero sin duda alguna dentro del término de la dehesa.

Siguióles con la vista, y según se iban separando del cerro y del camino, iban acercándose á la casa, hasta que el pastor vió que entraban en ella; y como era hora de recoger, recogió el ganado en la red y bien pronto se halló en la casa, en cuya puerta halló un zagalillo de la yeguada, que le asaltó diciéndole.

— Cabanas, ¿no sabes que ha llegao la hija de tío Anselmo, la Ventolera! Viene medio defunta.

Dióle al pastor un vuelco el corazón, y apenas si tuvo alientos para allegarse á la casa.

— ¡Ah! allí estaba la Ventolera; pero ¡cuán distinta! Ennegrecida, huesosa, amarilleaba su piel; veiánsele hundidos los ojos; venía destrozada, harapienta... ¡Oh, nó, era ella, no era ella! Nadie quería creerlo... nadie la reconocía.

La desdichada había servido á la cuadrilla, había trabajado, había pasado hambre, y cuando se halló á más de veinte leguas de su país enferma de fiebres, inútil, postrada, la negaron sus ganancias, la dejaron en medio del camino; un pobre labriego la había encontrado cuando, medio rastreando, día por día, iba prosiguiendo su penosa marcha, movida del deseo de morir en los Zarzuelos.

Su padre la miraba aterrado, Cabañas no creía que fuera ella...

— ¡Padre, me quiero morir donde madre murió! — dijo en voz débilísima la pobre moza.

Aquella tarde, como en las tardes en las que ella, sana, feliz y libre corría por los Zarzuelos, los abejarrucos en bandadas venían á recogerse á la alameda, oíaseles en su alegre algarabía.

2Ó0

En este momento la Ventolera espiraba.

Murió aquella que, huyendo del dolor de la servidumbre, y tal vez instintivamente del libertinaje, ruda para todos, mala para algunos, había sido tan activa, tan generosa, tan alegre, tan audaz por el trabajo.

¡Espíritus que no podéis existir sin el ambiente de la libertad, y sois como el viento misteriosas energías: pasáis como ráfagas, nadie percibe, en vuestro rápido vuelo salvando obstáculos, que sois elemento de potente y benéfica fuerza!

Tal era el espíritu que animó á la que en mis montañas llamaban las gentes por apodo la Ventolera.