Cuentos trágicos · Unidad 14 de 105

Unidad 14 · CUENTOS TRÁGICOS 3)

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CUENTOS TRÁGICOS 3)

Reminiscencias de este estribillo me hicieron adoptar mil precauciones y procurar no ser visto cuando subí la escalera, angosta y temblante. Llamé al estilo convenido, antiguo, y la misma Leocadia me abrió. Por poco deja caer la bujía. La arrastré adentro, y me informé. Nadie allí: la criada era asistenta y dormía en su casa. Pero más cuidado que nunca, porque «aquél» había vuelto, suspenso de empleo y sueldo á causa de unos líos con la Administración, y gracias á que hoy se encontraba en Marineda, gestionando arreglar su asunto... De todos modos, lo más temprano posible que me retirase y con el mayor sigilo, valdría más. ¡Nuestra Señora de la Soledad, si llegase á oídos de él la cosa más pequeña!...

Fiel á la consigna, á las nueve menos cuarto, recatadamente, me deslicé y enhebré por las callejas románticas, en dirección al parador. Al pasar ante la catedral, el reloj dió la hora, con pausa y solemnidad fatídicas. Tal vez á la humedad, tal vez al estado de mis nervios se debiese el vio lento escalofrío que me sobrecogió. La perspectiva dela sopa de fideos, espesa y caliente, y el vino recio del parador, me hizo apretar el paso. Llevaba bastantes horas sin comer. |

Contra lo que suponiía—pues Laureano no solía ser exacto—me esperaba ya, y había pedido su cubierto y encargado la cena. Me acogió con ehanzas.

36 - E. PARDO BAZÁN

—¿Por dónde andarías? Buen punto eres tú...

Sabe Dios... A la luz amarillenta, pero fuerte, de las lám-

paras de petróleo colgadas del techo, me horripiló -

más, si cabe, la catadura de mi amigo. En medio de la alegría que afectaba, y de adelantarse á confesar que lo del tiro en los sesos era broma, que no estaba tan apurado, yo encontraba en su mirar tétrico y en su boca crispada also infernal. Nosabiendo cómo explicarme su gesto, supuse que en efecto le rondaba la impulsión suicida. No obstante, reparé que se había atusado y arreglado un poco. Traía las manos relativamente limpias, hecho el lazo de la corbata, alisadas las grenas. Frente á nosotros, un comisionista catalán, buen mozo, barbudo, despachado ya su café, libaba perezosamente copitas de Martel, leyendo un diario. Como Laureano alzase la voz, el viajante acabó por fijarse, y hasta por sonreirnos picarescamente, asociándose á la insistente broma.

—Pero ¿en qué agujero te colarías? ¡Qué ficha! Tres horas no te las has pasado tú azotando ca= lles... A otro con esas... ¿Te crees que somos bobos? Como si uno se fiase de estos que vuelven del campo... |

Las súplicas de la precavida Leocadia me zumbaban aún en los oídos, y me creí en el deber de

afirmar que sí, que callejeando y vagando había

entretenido el tiempo.