Cuentos trágicos · Unidad 16 de 105

Unidad 16 · CUENTOS TRÁGICOS 39

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CUENTOS TRÁGICOS 39

saber. Mi tía Elodia había sido estrangulada y robada la noche anterior; se me acusaba del crimen.

Y, véase lo más singular... ¡El caso terrible no me sorprendía! Dijérase que lo esperaba. Algo así tenía que suceder. Me lo había avisado indirecta— mente alguien, quién sabe si el mismo espíritu de la muerta... Sólo que ahora era cuando lo entendía, cuando descifraba el presentimiento negro.

El Juez, cenudo y preocupado, me acogió con una mezcla de severidad y cortesía. Yo era una persona «tan decente» que no iban á tratarme como á un asesino vulgar. Se me explicaba lo que parecia acusarme, y se esperaban mis descargos antes de elevar la detención á prisión. Que me disculpase, porque si no, con la prensa y con la batahola que se había armado en el pueblo, por muy buena voluntad que... Vamos á ver; los hechos por delante, sin aparato de interrogatorio, en plática confidencial... Yo debía venir á pasar la noche en casa de mi tía. Mi cama estaba preparada allí. ¿Por qué dormí en el parador?

—De esas cosas así... Por no molestar á mi tía á deshora...

¿No molestar? Guidado: que me fijase bien. He aquí, según el Juez, los hechos. Yo había ido á casa de doña Elodia á eso de las siete. La criada, sorda como una tapia, no quería abrir. Yo grité desde la mirilla «Que soy su sobrino» y entonces la señora se asomó á la antesala y mandó que me

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dejasen pasar. Entré en la sala y la criada se fué á preparar cena, pues tenía órdenes anteriores, por si yo llegase. Hasta las nueve, ó más, no se sabe lo que pasó. Pronta ya la cena, la fámula entró á avisar, y vió que en la salita no había nadie: todo en tinieblas. Llamó varias veces y nadie respondió. Asustada, encendió luz. La alcoba de la señora estaba cerrada con-llave. Entonces, temblando, sólo acertó á encerrarse en su cuarto también. Al amanecer bajó á la calle, consultó á las vecinas; subieron dos ó tres á acompañarla, volvió á llamar, á gritos... La autoridad, por último, forzó la cerradura. En el suelo yacía la víctima bajo un colchón. Por una esquina asomaba un pie rígido. El armario, forzado y revuelto, mostraba susentrahas. Dos sillas se habían caido...

—Esto y tranquilo —exclamé—. La criada habrá visto la cara de ese hombre. !

—Dice que no... Iba embozado, con el sombrero muy calado. No le vió. ¡Y es tan torpe, tan necia, tan apocada! Medio lela está.

—Entonces, soy perdido —declaré.

—Calma... ¡Cierto que son muchas coincidencias! Ayer llegó usted á las seis. A las seis y cuarto habló con un amigo, en la calle de los Bebede-

TOS. Luego, hasta las nueve, no se sabe de usted

más. A las nueve, cena usted en el parador con el

mismo amigo, y un viajante que estaba allí decla=

ra que le melestaba á usted la pregunta de ¿dónde