Cuentos trágicos · Unidad 32 de 105

Unidad 32 · CAE E. PARDO BAZÁN

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

CAE E. PARDO BAZÁN

Ginesa, ya sin miedo ni escrúpulo alguno, le echó la capa sobre los hombros y le embozó en ella, empujándole, á fin de que no se demorase ni un segundo más... Habían salido bien qe lance; no lo enredase el diablo...

Y sería el diablo ó quien fuese; pero al punto mismo en que Miguel trasponía el umbral, cara á cara se halló con el señor Marqués en persona.

—¿Qué es esto? ¿Quién va? ¡Alto!... ¡Quieto!... ¡A desembozarse!...

Dos puños de hierro, de fuerte sportsman, suje— taban, zarandeaban al presunto ladrón...

— ¡Ginesa! ¡Ama Ginesa! ¿Quién es este hombre?

Y serena, sin perder la presencia de espíritu, Ginesa avanzó, se arrodilló, gimoteando:

—Señor Marqués... Perdón... No es nadie, se-

ñor, es mi mario... Señorito, no gorverá á suceer... Quince días que no veía á mi nene, y me lo ha tralo pa que le diese un beso... Muy mal hecho fué; pero, señorito, una es madre...

—¿No le habrá dado usted de mamar? Ya sabe que hemos convenido...

—¡Ca! No, señor... Ya sé que eso es otra cosa... Pero una miradiya...

—Estas no son horas—reprendió severamente .€l Marqués—de venir ni de traer al chico... Se solicita permiso, se viene por la tarde...

—AsÍí se hará, señnor—respondió Miguel, que

agasajaba'al niño contra su pecho carihnosamen—

CUENTOS TRÁGICOS AA

te.—No tenga cuidao. Y, con su licencia, me llevo al pequeño, que la noche está muy fría.

—Lléveselo cuanto antes... ¡Me gusta la ocu— rrencia! ¡Y ese portero! Ya me oirán... ¡Ea! An—

dando...

Cuando se alejó el marido del ama, apretando bajo la capa á la criatura, el Marqués se volvió hacia Ginesa:

—Dé usted gracias á Dios que he venido solo. Si me acompaña la señora, mañana busca otra ama. Y tendría razón de sobra. Y es lo que mereclan ustedes. Pues hombre!

Ginesa se echó á llorar, con un dolor que no podía ser más verdadero. ¡Ahora que tenía allí al nene suyo! ¡Irse! ¡No verle! ¡No criarle!

—Bueno, no se apure, no se le ponga mala, leche; por esta vez pase; que no se repita... Diga usted... ¿Ha estado usted siempre aquí?

- —Sin moverme. ¿Lo ice el señorito por las yayes, que se quedaron puestas? Ya sabe que, aunque hubiese ahí miyones...

—Ya sé, Ginesa, que es usted fiel... Sus amos antiguos respondieron por usted...

Y el marqués recogió el manojillo, reparando el olvido que había motivado su vuelta impensa— da. Bajando las escaleras aprisa, saltó en el mismo coche que le había traido, para llegar al teatro Real á tiempo de no perder el último acto del Crepúsculo—la entrada de los dioses en la Walhalla.