Cuentos trágicos · Unidad 34 de 105

Unidad 34 · 82 E. PARDO BAZÁN

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82 E. PARDO BAZÁN

Un reniego, enronquecido por el miedo, contestó nuevamente. En vez de abrir, Pedralvar subía la escalera otra vez. La resucitada pegó dos alda— bonazos más. La austera casa pareció reanimarse; el terror del escudero corrió al través de ella como

un escalofrío por un espinazo. Insistía el aldabón,

y en el portal se escucharon taconazos, corridas y cuchicheos. Rechinó, al fin, el claveteado portón entreabriendo sus dos hojas, y un chillido agudo salió de la boca sonrosada de la doncella Lucigiela, que elevaba un candelabro de plata con vela encendida, y lo dejó caer de golpe; se había encarado con su señora, la difunta, arrastrando la mortaja y mirándola de hito en hito...

Pasado algún tiempo, recordaba Dorotea—ya

vestida de acuchillado terciopelo genovés, trenzada la crencha con perlas, y sentada en un sillón de almohadones, al pie del ventanal—que también Enrique de Guevara, su esposo, chilló al reconocerla; chilló y retrocedió. No era de gozo el chillido, sino de espanto... De espanto, si: la resucitada no lo podía dudar. Pues acaso sus hijos, doña Clara, deonceaños, donFélix, denueve, ¿no habían llorado de puro susto, cuando vieron á su madre que retornaba de la sepultura? Y con llanto más afligido, más congojoso que el derramado al punto en que se la llevaban... ¡Ella que creía ser recibida entre exclamaciones de intensa felicidad! Cierto que días después se celebró una función solemní-

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sima en acción de gracias; cierto que se dió un fastuoso convite á los parientes y allegados; cierto, en suma, que los Guevaras hicieron cuanto cabe hacer para demostrar satisfacción por el singular é impensado suceso que les devolvía á la esposa y á la madre... Pero doña Dorotea, apoyado el codo en la repisa del ventanal y la mejilla en la mano, pensaba en otras cosas.

Desde su vuelta al palacio, disimuladamente, todos la huían. Dijérase que el soplo frío de la huesa, el hálito glacial de la cripta, flotaba alrededor de su cuerpo. Mientras comía, notaba que la mirada de los servidores, la de sus hijos, se desviaba oblicuamente de sus manos pálidas, y que cuando acercaba á sus labios secos la copa del vino, los muchachos se estremecian.¿Acaso no les parecía, natural que comiese y bebiese la gente del otro mundo? Y doña Dorotea venía de ese país misterioso, que los niños sospechan aunque no lo conozcan... Si las pálidas manos maternales intentabau - jugar con los bucles rubios de don Félix, el chiquillo. se desviaba, descolorido él á su vez, con el gesto del que evita un contacto que le cuaja la sangre. Y á la hora medrosa del anochecer, cuando parecen oscilar las largas figuras de las tapicerías, si Dorotea se cruzaba con doña Clara en el comedor del patio, la criatura, despavorida, huía al modo con que se huye de una maldita aparición... | )