Cuentos trágicos · Unidad 37 de 105

Unidad 37 · 90 E. PARDO BAZÁN.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

90 E. PARDO BAZÁN.

—Aquí se guarda lo mejor del mundo. Los ro-

manos, que han saqueado tantos reinos, nada po-= seen comparable á este tesoro. Todos mis ascen= dientes, en su sangre griega, llevaban el amor al arte, y lejos de las miradas profanas, que no deben posarse en la suprema hermosura, juntaron -lo que no tiene precio, lo que ardientes momentos de inspiración fijan en la materia y pacientes trabajos perpetúan. Vencida, amenazada, casi prisionera ya, todavía la reina de Egipto es dueña de algo que envidiaría Octavio, y que, además, Octa— vio necesita para pagará sus tribuni militum, á quienes debe cantidades, y á las legiones de Antonio, que acaban de sometérsele. ¿No crees que por este tesoro, Octavio me devolvería libremente mi corona?

El sacerdote reflexionaba, atusándose la barba ondulada en canalones simétricos. Sus ojos ovales, negrisimos, expresaban la incertidumbre y la in— quietud. El poder sacerdotal había decaído mucho bajo los Lagidas, reyes impuestos por la conquista alejandrina, y ahora, ante la arrolladora fuerza de los romanos y el imperioso y caprichoso mando de Cleopatra, era apenas una sombra y un re— cuerdo.

—¿Sabe alguien dónde ocultas tu tesoro, reina?—preguntó, al fin, gravemente.

—Tú y yo no más.

Los ojos, de forma de almendra, de oblicua mi-

a. A AS ; qa A

CUENTOS TRÁGICOS 91

rada, designaron al esclavo, inmóvil como una estatua de basalto negro.

—No hablará; es una tumba —murmuró Cleopatra, envolviendo en su fulgurante ojeada al nubiano.

—Entonces, reina, Octavio aceptará tus condi— ciones, Ó...

—0O muerta yo, y en caso necesario, tú harás desaparecer el tesoro de los Lagidas. Que no se apodere de él Octavio, ¿entiendes? Que no llegue á ponerle encima la mano. Destruye, entierra, arroja á lo más hondo del mar... Todo menos entre— gárselo al romano vencedor.

—Se hará así... No nos queda otra esperanza.

—Aún queda otra... Ven.

La reina pasó al segundo recinto. Era una cámara más chica, circular, acribillada de hornacinas también, en las cuales objetos de formas extrañas, heteróclitas, se apiñnaban confusamente.

—Son amuletos, talismanes, fetiches, mandrá— goras, piedras del cielo, bezoares, uñas de la gran bestia, redomas de encantamientos y filtros... Han sido traídos de todos los países, recogidos sobre cadáveres, en santuarios quemados, en guaridas nocturnas de hechiceras de Tesalia; han sido arrancados, robados, comprados á peso de Oro... ¿Puesto que los dioses del Egipto nos abandonan, no habrá ahí un Dios ó un genio que nos salve? ¡Considera la cantidad de poder sobrenatural que encierran tantas cosas prodigiosas!