Cuentos trágicos · Unidad 44 de 105
Unidad 44 · CUENTOS TRÁGICOS 107
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CUENTOS TRÁGICOS 107
actitud y la gravedad de su semblante barbudo y velloso infundían respeto. Kalil sintió un recelo indefinible. Iba á asesinar al huésped—maldad que pocos de su raza osarían cometer—. Pero, para retroceder, era tarde. Los demás conjurados, en número de doce, estaban ocultos en el castillo aguardando el momento...
Detrás de Osmán, en prolongada fila, venían las jóvenes odaliscas, rigurosamente rebozadas hasta los pies. Imposible adivinar nada de sus facciones, ni aun de sus formas—tanto cendal las envolviía—. Sólo se oía el choque metálico de collares y ajorcas. Y como Nilufer, chanceramente, vibrando una mirada de sus ojos de gacela al caudillo, le preguntase si no sería lícito admirar la beldad de las huríes, Osmán respondió con natu-— .Talidad que, mientras él viviese, nadie vería la laz de mujer que fuese suya.
—¡Ah, felices las que pertenezcamos á Kalil! — exclamó con coquetería la novia.
—Felices también los amigos de Kalil—declaró Osmán, sin recargar la ironía al pronunciar la ambigua frase.
Y cruzaron la puerta de herradura del castillo, y detrás pasaron las mujeres veladas, y sus guar— dianes, y los carros donde pesados cofres de cuero relevado encerraban los tesoros de Osmán. Pidió éste licencia para acomodar su harén lo primero, y se encerró con las mujeres en las habitaciones
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reservadas. Cayeron, en menos de un minuto, los densos cendales y sutiles lanas envolvedoras, y aparecieron las gallardas figuras y los viriles rostros de los cuarenta montañeses del Aral, que seguían á Osmán en los combates y le defendían como leales perros, formando una guardia á prueba. Sus ar— mas eran lo que sonaba á metal. Recibieron una consigna, y Osmán, con la sonrisa en los labios y el puñal corvo oculto en el pecho, bajó á reunirse con Kalil. Conocía la conjura desde que se fraguó; la suerte, prendada de los que han de ejecutar cosas memorables, quiso que entre los conjurados hubiese uno que le previno...
Dió principio el festín de bodas... Osmán, sa - bedor de que pronto se arrojarían sobre él, apretaba el puñal y prestaba oído, mientras su corazón tenía el latido involuntario de los momentos supremos. Allá dentro, en lo más recóndito del castillo sin almenas, de redondas cúpulas, creyó oir voces, ruido de lucha. Eran sus mountañeses que ataban y amordazaban á los conjurados. Embebecido Kalil con tener á su lado á Nilufer, que le decía mieles, vada notó, aunque extrañaba que no viniesen sus cómplices. La hermosa del rostro descubierto se levantó y tendió 4 Osmán una copa, no de vino, prohibido á los creyentes, sino de licor de granada, que embriaga como el vino. Nilufer
conocía la conjura, y en el licor había mezclado un narcótico para que Osmán no sufriese ni se resis-