Cuentos trágicos · Unidad 47 de 105
Unidad 47 · GUENTOS TRÁGICOS 115
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GUENTOS TRÁGICOS 115
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-—Apesar de tanta grandeza —murmuraba el opulento—, se diría que Apolo no es feliz; hay tristeza en su manera de recogerse, tristeza en su misma radiación triunfal. También nosotros frecuentemente estamos tristes, ahora que nuestro pro— pósito se realiza y vamos á ver terminado el templo. ¿No te parece á ti, oh ilustre, que Apolo nos estará agradecido? Ningún templo así le eri— gieron hasta el día. La fama de este portento se ha extendido por el Asia, y gente de los más remotos climas se prepara á visitarlo y á respetar el oráculo del Dios, ahora que tiene morada digna.
—Apolo — respondió el arquitecto — nos está agradecido seguramente, y no me sorprendería que se nos apareciese en su olímpica, augusta forma. Á veces, en este bosquecillo de rosales, me ha parecido ver un vago nimbo de claridad, y escu - char unos pasos celestiales, ligeros. Quizás mien— bras nO3 parece que se aduerme sobre la superficie del Ponto, está aquí, detrás de nosotros, y escu= cha los votos que formulamos.
—En ese caso —dijo Evimio—, yo le pido, como - Tecompensa, un bien que sea el mayor, el verdadero, el soberano bien á que el hombre puede aspirar. Semejante bien, Demodeo, no será la riqueza, puesto que yo la poseo desde hace muchos anos, y no por eso dejo de sentir esta inquietud, esta especie de interior desconsuelo, este vago terror á no se qué desconocidos peligros, que me
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está poniendo el cabello cano y los ojos mortecinos y como velados por el humo de una hoguera.
—Semejante bien—asintió Demodeo-—tampoco será la gloria artística, puesto que yo estoy segu— ro de haberla conquistado con la erección de un
monumento que asombra á los presentes y que durará siglos, y, sin embargo, lejos de bañarme.
en las ondas de oro de la alegría, tengo fiebre como si me hubiese dormido al borde de un pantano, y mi pensamiento, semejante á mosca negra que revolotease alrededor del cuerpo de un guerrero muerto de sus heridas, revolotea siempre alre— dedor de las cosas trágicas y amargas, embriagándose con su zumo. El Dios, cuya presencia siento, sabrá lo que á titulo de recompensa nos debe, y nos dará cumplido, colmado, ese bien que le pedimos.
—Sea como dices —respondió Demodeo, estre- __meciéndose, porque al desaparecer Apolo, su blanca hermana aparecía rasando las olas y un soplo frio había acariciado los pétalos de las rosas y la desnudez de las estatuas.
Poco tiempo después, se dió el templo por ter— minado: la imagen del Numen solo esperaba el
primer sacrificio que le sería ofrecido, al amane-=-
cer, por los dos fundadores. Evimio y Demodeo inmolarían, con sus propias manos, un blanco toro. Acostáronse rendidos de fatiga en la antecámara del santuario, y no tardaron en dormirse,