Cuentos trágicos · Unidad 55 de 105
Unidad 55 · CUENTOS TRÁGICOS 135
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CUENTOS TRÁGICOS 135
ma, con la hija de cien reyes. Todos sabían que el nuevo profesor de baile era un caballero, aunque pobre, muy emparentado y con auténticos perga— minos. Caminaba hacia una posición, cuando la suerte ajena, que había empezado á encumbrarle, le torció y le cerró el porvenir. Su padrino murió repentinamente.
No sabiendo qué hacer de sí y teniendo alma de verdadero aristócrata, sentó plaza. En el ejército del Rin, su valentía le hizo notorio. Se batía con la misma gracia con que bailaba el minué en las Tullerías.
Después de la toma de Worms, el general Custine le nombró su ayudante de órdenes, distinción no pequeña, dada la severidad de aquel héroe, que no estimaba sino el valor tranquilo y frio. Jacobo se sentía atraído hacia Custine: atraido
-— singularmente, como por fuerza de sortilegio. No bubiese querido obedecer á otro caudillo. Com— prendía quizás, ó lo sentía sin comprenderló, que al * destino del general estaba ligado su destino propio.
Poco tardó Gustine, el héroe sereno, en hacerse sospechoso á la Revolución triunfante. Entonces, descollar y ser leal, era jugarse la cabeza. A pre— texto de un descuido en defender una plaza, Custine fué enjuiciado y sentenciado á morir.
Los mismos jueces, el mismo día, condenaron al ayudante á igual pena. Cuando salían del tri— -bunal en carreta para volver á la prisión, antesala.
136 E. PARDO BAZÁN
del patíbulo, Jacobo pensaba en su suerte, sometida á la de otro. Ningún delito podía imputárse— le: iba á ser guillotinado por ayudante de Custine: solamente. Una tristeza horrible le embargó ante el pensamiento de su inútil y oscuro sacrificio. Era la hora del anochecer: plomizas nubes ensom-
brecían el horizonte, y las exhalaciones lo alum-= -
braban un momento con lividez aterradora. Un gentío hirviente se agolpaba alrededor de las carretas, que marchaban muy despacio. Había ma— reas, y la multitud se apelotonaba, clamorosa. A media distancia de la prisión, un tropel separó á la primer carreta de la segunda, en la cual iba Jacobo entre dos guardias municipales. La primera siguió andando; alrededor de la segunda se arremolinó denso núcleo de hombres. Hubo tumulto, se cruzaron injurias entre la escolta y el pueblo; dos enormes carros cargados de heno se plantaron ante la carreta; el más cercano volcó adrede. Jacobo comprendió.—Al ver que, de sus guardias, uno se bajaba para ayudar á poner 0r— den, dió al que quedaba un puñetazo tremendo en los ojos—no llevaba las manos atadas, al fin era oficial del ejército del Rin—y acordándose de las danzas y los minuetos, saltó con ligero pie y se coló entre la muchedumbre alborotada, que pugnaba y se empujaba medio á oscuras. Apenas se hubo alejado diez pasos de la carreta, una mano
desconocida cubrió sus hombros con un capote;