Cuentos trágicos · Unidad 95 de 105

Unidad 95 · 226 E. PARDO BAZÁN

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

226 E. PARDO BAZÁN

que su obligación, su contrato, su oficio. Y miró

hostilmente á los que hacían guardia, á los que

habían roto su puchero, estropeado su almuerzo,

amenazado su vida.

—Aquí estamos, Pedro—exclamó el jefe, en tono semiconciliador, semienojado—. Ya le diría Manueliña nuestro acuerdo, ¿eh? Hasta acabar la huelga no trabaja nadie, y á quien trabaje le ha de pesar. .

El viejo se cuadró, sin miedo. Gruzóse de brazos, mirando al jefe con fijeza, casi despreciativo, y al cabo, entre el silencio expectante del grupo, profirió : | >

—Entonces, á vuestra casa iré á cobrar el jornal,

que lo precisamos yo y mi nieta para la comida.-

—¿Y nosotros, no lo precisamos?—saltaron al— gunos, airados, más que en las palabras, en el ademán.

-—Eso, hijos, allá vosotros... Seréis ricos, cuan--

do pasáis sin trabajar los meses... Yo soy pobre; pobre nací y pobre he de morir; sólo que mientras viva, á Manueliña no le faltarán unas patatas, ni un cuarto para dormir, ni toquilla para el cuello. Y no se irá á perder, como otras... |

La alusión era sangrienta: referíase á uno de los

del grupo, y hería más, por lo mismo que, real—

mente, el obrero no tenía culpa de la conducta de su mujer, si no se llama culpa al defectillo de la

afición á bebidas fermentadas.

RAI EI ALA IA A ET 0 RI A DAA SUMA ATI e SES

CUENTOS TRÁGICOS TA

nes

—No se ande con bromas, Pedro— insistió el. jefe, en tono significativo—. Fíjese en lo que hace y en lo que habla, que, á sus años, los hombres deben tener mucha prudencia, pero mucha. No provoque á la gente, trabajando cuando todos huelgan. Si no mirásemos á la edad, se lo diríamos de otro modo; y piénselo bien, y quédese en su casa, porque mañana no se le consiente entrar ¿lo oye? |

Mientras el jefe hacía estas advertencias, el erupo rumoreaba, en marejada de furia. Iban armados de estacas, y, no pudiendo desahogar contra nadie más, empezaban á encolerizarse especialmente con el viejo terco.

—No sois nadie—grunó él—para consentir ó no que yo entre. ¿Soy vuestro esclavo, por si acaso? Ahora es cuando os digo que entraré, y si es preciso pediré ayuda á la autoridad. ¡Pues hombre!

Cuando esto decía enérgicamente Pedro, de una calleja próxima desembocó Manueliña. Venía color de yeso, temblorosa. Lanzándose hacia el grupo, gritó:

— ¡Socorro, vecinos! ¡Matan á mi abuelo!

La verdad era que nadie le había tocado aún al pelo de la ropa. Los huelguistas enseñaban los dientes, sin decidirse á morder; y dijérase que misteriosa valla de veneración á la ancianidad y al derecho de aquel hombre, que no pedía sino trabajar para mantenér á una niña, les contenía,

obligándoles á permanecer á cierta dista nia á , pesar de las crispaciones de sus puños en torno del SE garrote, que deseaban blandir. La llegada de Ma= nueliña, al pronto, les distrajo; fué una nota pa= tética, á que sus almas respondían. La criatura acudía en defensa de su único amparo en el ma do, de su abuelo. En sus ojos, había CL mio: de locura. Un huelguista hasta la consoló. ad

—No hay duda, Manueliña, con tu abuelo na ; die se mete... A y

En el mismo momento, y sin duda atraídos por | los eritbos de la muchacha, apareciéronse por allí añ cuatro guardias y un cabo de ronda, Venía la fuerza pública como á remolque, nada deseosa de emprender cuestión, porque aquellos enredos de huel.- ls gas eran el diablo, y el que más y el que menos de los O es amigo, vecino, com pacas de algu

Rs UA e

viesen que nada pasaba realmente, retrolali , y se ea pd una de las A anal l

guistas. de —A nosotros no nos meten miedo 10 guardias e Ya no ndo más que DON ci

la llaman... -—¡Concho con los vendidos!