Cuentos y diálogos · Unidad 2 de 22
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La lavandera los admiró a su sabor, y admirándolos se fue poco a poco hacia un sitio de donde salía un rico olorcillo de viandas muy suculento y delicioso. De esta suerte llegó a la cocina; pero ni jefe, ni sota-cocineros, ni pinches, ni fregatrices había en ella; todo estaba desierto, como el resto del palacio. Ardían, no obstante, el fogón, el horno y las hornillas, y en ellos estaban al fuego infinito número de peroles, cacerolas y otras vasijas. Levantó nuestra aventurera la cubierta de una cacerola y vio en ella unas anguilas; levantó otra y vio una cabeza de jabalí desosada y rellena de pechugas de faisanes y de trufas; en resolución, vio los manjares más exquisitos que se presentan en las mesas de los reyes, emperadores y papas: y hasta vio algunos platos, al lado de los cuales los imperiales, papales y regios, serían tan groseros, como al lado de estos un potaje de judías o un gazpacho.
Animada la chica con lo que veía y olía, se armó de un cuchillo y de un trinchante, y se lanzó con resolución sobre la cabeza de jabalí. Mas apenas hubo llegado a ella, recibió en sus manos un golpe, dado al parecer por otra poderosa e invisible, y oyó una voz que le decía, tan de cerca que sintió la agitación del aire y el aliento caliente y vivo de las palabras:
--¡Tate... que es para mi señor el Príncipe!
Se dirigió entonces a unas truchas salmonadas, creyéndolas manjar menos principesco y que le dejarían comer; pero la mano invisible vino de nuevo a castigar su atrevimiento, y la voz misteriosa a repetirle:
--¡Tate... que es para mi señor el Príncipe!
Tentó, por último, mejor fortuna en tercero, cuarto y quinto plato, pero siempre le aconteció lo propio; así tuvo con harta pena que resignarse a ayunar, y se salió despechada de la cocina.
Volvió luego a recorrer los salones, donde reinaba siempre la misma misteriosa soledad y donde el más profundo silencio parecía tener su morada, y llegó a una alcoba lindísima, en la cual sólo dos o tres luces, encerradas y amortecidas en vasos de alabastro, derramaban una claridad indecisa y voluptuosa, que estaba convidando al reposo y al sueño. Había en esta alcoba una cama tan cómoda y mullida, que nuestra lavandera, que estaba cansadísima, no pudo resistir a la tentación de tenderse en ella y descansar. Iba a poner en ejecución su propósito, y ya se había sentado y se disponía a tenderse, cuando en la parte misma de su cuerpo con que acababa de tocar la cama, sintió una dolorosa picadura, como si con un alfiler de a ochavo la punzasen, y oyó de nuevo una voz que decía:
--¡Tate... que es para mi señor el Príncipe!
No hay que decir que la lavanderilla se asustó y afligió con esto, resignándose a no dormir, como a no comer se había ya resignado; y para distraer el hambre y el sueño se puso a registrar cuantos objetos había en la alcoba, llevando su curiosidad hasta levantar las colgaduras y los tapices.
Detrás de uno de éstos descubrió nuestra heroína una primorosa puertecilla secreta de sándalo, con embutidos de nácar. La empujó suavemente, y cediendo la puerta, se encontró en una escalera de caracol, de mármol blanco. Por ella bajó sin detenerse a uno como invernáculo, donde crecían las plantas y las flores más aromáticas y extrañas, y en cuyo centro había una taza inmensa, hecha, al parecer, de un solo, limpio y diáfano topacio. Se levantaba del medio de la taza un surtidor tan gigantesco como el que hay ahora en la Puerta del Sol, pero con la diferencia de que el agua del de la Puerta del Sol es natural y ordinaria, y la de éste era agua de olor, y tenía, además, en sí misma todos las colores del iris y luz propia, lo cual, como ya calculará el lector, le daba un aspecto sumamente agradable.--Hasta el murmullo que hacía esta agua al caer tenía algo de más musical y acordado que el que producen otras, y se diría que aquel surtidor cantaba alguna de las más enamoradas canciones de Mozart o de Bellini.
Absorta estaba la lavandera mirando aquellas bellezas y gozando de aquella armonía, cuando oyó un grande estrépito y vio abrirse una ventana de cristales.
La lavandera se escondió precipitadamente detrás de una masa de verdura, a fin de no ser vista y poder ver a las personas o seres, que sin duda se acercaban.
Éstos eran tres pájaros rarísimos y lindísimos, uno de ellos todo verde, y brillante como una esmeralda. En él creyó ver la lavandera, con notable contento, al que era causa, según todo el mundo aseguraba, de la pertinaz dolencia de la __Princesa Venturosa__. Los otros dos pájaros no eran, ni con mucho, tan bellos; pero tampoco carecían de mérito singular. Los tres venían con muy ligero vuelo, y los tres se abatieron sobre la taza de topacio y se zambulleron en ella.
A poco rato vio la lavandera que del seno diáfano del agua salían tres mancebos tan lindos, bien formados y blancos, que parecían estatuas peregrinas hechas por mano maestra, con mármol teñido de rosas. La chica, que en honor de la verdad se debe decir que jamás había visto hombres desnudos, y que de ver a su padre, a sus hermanos y a otros amigos, vestidos y mal vestidos, no podía deducir hasta dónde era capaz de elevarse la hermosura humana masculina, se figuró que miraba a tres genios inmortales o a tres ángeles del cielo. Así es, que sin ruborizarse, los siguió mirando con bastante complacencia, como objetos santos y nada pecaminosos. Pero los tres salieron al punto del agua, y pronto se vistieron de elegantes ropas.
Uno de ellos, el más hermoso de los tres, llevaba sobre la cabeza una diadema de esmeraldas y era acatado de los otros, como señor soberano. Si desnudo le pareció a la lavanderilla un ángel o un genio por la hermosura, ya vestido la deslumbró con su majestad, y le pareció el emperador del mundo y el príncipe más adorable de la tierra.
Aquellos señores se dirigieron en seguida al comedor y se sentaron en una espléndida mesa, donde había tres cubiertos preparados. Una música sumisa e invisible les hizo salva al llegar y les regaló los oídos mientras comían. Criados, invisibles también, iban trayendo los platos y sirviendo admirablemente la mesa. Todo esto lo veía y notaba la lavanderilla, que sin ser vista ni oída, había seguido a aquellos señores, y estaba escondida en el comedor detrás de un cortinaje.
Desde allí pudo oír algo de la conversación, y comprender que el más hermoso de los mancebos era el Príncipe heredero del grande imperio de la China, y los otros dos, el uno su secretario y el otro su escudero más querido; los cuales estaban encantados y transformados en pájaros durante todo el día, y sólo por la noche recobraban su ser natural, previo el baño de la fuente.
Notó, asimismo, la curiosa lavandera que el Príncipe de las esmeraldas apenas comía, aunque sus familiares le rogaban que comiese, y que se mostraba melancólico y arrobado, exhalando a veces delo más hondo del hermosísimo pecho un ardiente suspiro.
IV.
Refieren las crónicas que vamos extractando que, terminado ya aquel opíparo y poco alegre festín, el Príncipe de las esmeraldas, volviendo en sí como de un sueño, alzó la voz y dijo:
--Secretario, tráeme la cajita de mis entretenimientos.
El secretario se levantó de la mesa y volvió de allí a poco con la cajita más preciosa que han visto ojos mortales. Aquella en que encerró Alejandro la _Iliada_ era, en comparación de ésta, más chapucera y pobre que una caja de turrón de Jijona.
El Príncipe tomó la cajita en sus manos, la abrió y estuvo largo rato contemplando con ojos amorosos lo que había en el fondo de ella. Metió luego la mano en la cajita y sacó un cordón. Lo besó apasionadamente, derramó sobre él lágrimas de ternura y prorrumpió en estas palabras:
¡Ay cordoncito de mi señora! ¡Quién la viera ahora!
Colocó de nuevo el cordón en la cajita, y sacó de ella una liga bordada y muy limpia. La besó, la acarició también y exclamó al besarla:
¡Ay linda liga de mi señora! ¡Quién la viera ahora!
Sacó, por último, un precioso guardapelo, y si mucho había besado cordón y liga, más le besó y más le acarició aún, diciendo con acento tristísimo, que partía los corazones y hasta las peñas:
¡Ay guardapelo de mi señora! ¡Quién la viera ahora!
A poco el Príncipe y los dos familiares se retiraron a sus alcobas, y la lavanderilla no se atrevió a seguirlos. Viéndose sola en el comedor, se acercó a la mesa, donde aún estaban casi intactos los ricos manjares, los confites, las frutas y los generosos y chispeantes vinos; pero el recuerdo de la voz misteriosa y de la mano invisible la detenían, y la obligaban a contentarse con mirar y oler.
Para gozar de este incompleto deleite, se acercó tanto a los manjares, que vino a ponerse entre la mesa y la silla del Príncipe. Entonces sintió, no ya una, sino dos manos invisibles que le caían sobre los hombros oprimiéndola. La voz misteriosa le dijo:
--Siéntate y come.
En efecto, se bailó sentada en la misma silla del Príncipe; y, ya autorizada por la voz, se puso a comer con un apetito extraordinario, que la novedad y lo exquisito de la comida hacían mayor aún, y comiendo se quedó profundamente dormida.
Cuando despertó, era muy de día. Abrió los ojos, y se encontró en medio del campo, tendida al pié del árbol donde había querido comerse la naranja. Allí estaba la ropa que había traído del río, y hasta la naranja corredora estaba allí también.
--¿Si habrá sido todo un sueño? dijo para sí la lavanderilla. Quisiera volver al palacio del Príncipe de la China para cerciorarme de que aquellas magnificencias son reales y no soñadas.
Diciendo esto, tiró al suelo la naranja para ver si le mostraba nuevamente el camino; pero la naranja rodaba un poco, y luego se detenía en cualquiera hoyo o tropiezo, o cuando el impulso con que se movía dejaba de ser eficaz. En suma, la naranja hacía lo que hacen de ordinario, en idénticas circunstancias, todas las naranjas naturales. Su conducta no tenía nada de extraño ni de maravilloso.
Despechada entonces la muchacha, partió la naranja y vio que por dentro era como las demás. Se la comió, y le supo a lo mismo que cuantas naranjas había comido antes.
Ya apenas dudó de que había soñado.--Ningún objeto tengo, añadió, con que convencerme a mí propia de la realidad de lo que he visto; mas iré a ver a la Princesa y se lo contaré todo, por lo que pueda importarle.
V.
Mientras acontecían, en sueño o en realidad los poco ordinarios sucesos que quedan referidos, la __Princesa Venturosa__, fatigada de tanto llorar, estaba durmiendo tranquilamente, y aunque eran ya las ocho de la mañana, hora en que todo el mundo solía estar levantado y aun almorzado en aquella época, la Princesita, sin dar acuerdo de su persona, seguía en la cama.
Muy interesante juzgó, sin duda, su doncella favorita las nuevas que le traía, cuando se atrevió a despertarla. Entró en su alcoba, abrió la ventana y exclamó con alborozo:
--Señora, señora, despertad y alegraos, que ya hay quien os traiga nuevas del pájaro verde.
La Princesa se despertó, se restregó los ojos, se incorporó y dijo:
--¿Han vuelto los siete sabios que fueron al país sabeo?
--Nada de eso, contestó la doncella; quien trae las nuevas es una de las lavanderillas que lavan los lacrimosos pañuelos de V. A.
--Pues hazla entrar al momento.
Entró la lavanderilla, que estaba ya detrás de una puerta aguardando este permiso, y empezó a referir con gran puntualidad y despejo cuanto le había pasado.
Al oír la aparición del pájaro verde, la Princesa se llenó de júbilo, y al escuchar su salida del agua convertido en hermoso Príncipe, se puso encendida como la grana, una celestial y amorosa sonrisa vagó sobre sus labios, y sus ojos se cerraron blandamente como para reconcentrarse ella en sí misma y ver al Príncipe con los ojos del alma. Por último, al saber la mucha estima, veneración y afecto que el Príncipe le tenía, y el amor y cuidado con que guardaba las tres prendas robadas en la preciosa cajita de sus entretenimientos, la Princesita, a pesar de su modestia, no pudo contenerse, abrazó y besó a la lavanderilla y a la doncella, e hizo otros extremos no menos disculpables, inocentes y delicados.
--Ahora sí, decía, que puedo llamarme propiamente la Princesa Venturosa. Este capricho de poseer el pájaro verde no era capricho, era amor. Era, y es un amor, que por oculto y no acostumbrado camino, ha penetrado en mi corazón. No he visto al Príncipe, y creo que es hermoso. No le he hablado, y presumo que es discreto. No sé de los sucesos de su vida, sino que está encantado y que me tiene encantada, y doy por cierto que es valiente, generoso y leal.
--Señora, dijo la lavanderilla, yo puedo asegurar a V. A. que el Príncipe, si mi visión no es un sueño vano, parece un pino de oro, y tiene una cara tan bondadosa y dulce que da gloria verla. El secretario no es mal mozo tampoco; pero al que yo, no sé por qué, le he tomado afición, es al escudero.
--Tú te casarás con el escudero, replicó la Princesa. Mi doncella, si gusta, se casará con el secretario, y ambas seréis mandarinas y damas de mi corte. Tu sueño no ha sido sueño, sino realidad. El corazón me lo dice. Lo que importa ahora es desencantar a los tres pájaros mancebos.
--¿Y cómo podremos desencantarlos? dijo la doncella favorita.
--Yo misma, contestó la Princesa, iré al palacio en que viven y allí veremos. Tú me guiarás, lavanderilla.
Ésta, que no había terminado su narración, la terminó entonces, e hizo ver que no podía servir de guía.
La Princesa la escuchó con mucha atención, estuvo meditando un rato, y dijo luego a la doncella.
--Ve a mi biblioteca y tráeme el libro de _Los Reyes contemporáneos_ y el _Almanaque astronómico_.
Venidos que fueron estos volúmenes, hojeó la Princesa el de Los Reyes, y leyó en alta voz los siguientes renglones:
«El mismo día en que murió el Emperador chinesco, su único hijo, que debía heredarle, desapareció de la corte y de todo el imperio. Sus súbditos, creyéndole muerto, han tenido que someterse al Kan de Tartaria.»
--¿Qué deducís de eso, señora? dijo la doncella.
--¿Qué he de deducir, respondió la __Princesa Venturosa__, sino que el Kan de Tartaria es quien tiene encantado a mi Príncipe para usurparle la corona? He ahí por qué aborrezco yo tanto al Príncipe tártaro. Ahora me lo explico todo.
--Pero no basta explicarlo; menester es remediarlo, dijo la lavandera.
--De ello trato--añadió la Princesa--y para ello conviene que al instante se manden hombres armados, que inspiren la mayor confianza, a todos los caminos y encrucijadas por donde puedan venir los correos que envió el Príncipe tártaro al Rey su padre, para consultarle sobre el caso del pájaro verde. Las cartas que trajeren les serán arrebatadas y se me entregarán. Si los mensajeros se resisten, serán muertos; si ceden, serán aprisionados e incomunicados, a fin de que nadie sepa lo que acontece. Ni el Rey mi padre ha de saberlo. Todo lo dispondremos entre las tres con el mayor sigilo. Aquí tenéis dinero bastante para comprar el silencio, la fidelidad y la energía de los hombres que han de ejecutar mi proyecto.
Y efectivamente, la Princesa, que ya se había levantado y estaba de bata y en babuchas, sacó de un escaparate dos grandes bolsas llenas de oro, y se las dio a sus confidentas.
Éstas partieron sin tardanza a poner en ejecución lo convenido, y la __Princesa Venturosa__ se quedó estudiando profundamente el _Almanaque astronómico_.
VI.
Cinco días habían pasado desde el momento en que tuvo lugar la escena anterior. La Princesa no había llorado en todo ese tiempo, causando no poco asombro y placer al Rey su padre. La Princesa había estado hasta jovial y bromista, dando leves esperanzas a los Príncipes pretendientes de que al fin se decidiría por uno de ellos, porque los pretendientes se las prometen siempre felices.
Nadie había sospechado la causa de tan repentina mudanza y de tan inesperado alivio en la Princesa.
Sólo el Príncipe tártaro, que era diabólicamente sagaz, recelaba, aunque de una manera muy vaga, que la Princesa había recibido alguna noticia del pájaro verde. Tenía, además, el Príncipe tártaro el misterioso presentimiento de una gran desgracia, y había adivinado por el arte mágica, que su padre le enseñara, que en el pájaro verde debía mirar un enemigo. Calculando, además, como sabedor del camino y del tiempo que en él debe emplearse, que aquel día debían llegar los mensajeros que envió a su padre, y ansioso de saber lo que respondía éste a la consulta que le hizo, montó a caballo al amanecer, y con cuarenta de los suyos, todos bien armados, salió en busca de los mensajeros referidos.
Mas aunque el Príncipe tártaro salió con gran secreto, la Princesa Venturosa, que tenía espías, y estaba, como vulgarmente se dice, con la barba sobre el hombro, supo al instante su partida, y llamó a consejo a la lavanderilla y a la doncella.
Luego que las tuvo presentes, les dijo muy angustiada:
--Mi situación es terrible. Tres veces he ido inútilmente a tirar la naranja debajo del árbol, desde donde la tiró la lavanderilla; pero la naranja no ha querido guiarme al alcázar de mi amante. Ni le he visto, ni he podido averiguar el modo de desencantarle. Sólo he averiguado, por el _Almanaque astronómico_, que la noche en que la lavanderilla le vio, era el equinoccio de primavera. Acaso no sea posible volver a verle hasta el próximo equinoccio de la misma estación, y ya para entonces el Príncipe tártaro me le habrá muerto. El Príncipe tártaro le matará en cuanto reciba la carta de su padre, y ya ha salido a buscarla con cuarenta de los suyos.
--No os aflijáis, hermosa Princesa--dijo la doncella favorita;--tres partidas de cien hombres están esperando a los mensajeros en diferentes puntos para arrebatarles la carta y traérosla. Los trescientos son briosos, llevan armas de finísimo temple, y no se dejarán vencer por el Príncipe tártaro a pesar de sus artes mágicas.
--Sin embargo, yo soy de opinión--añadió la lavandera--de que se envíen más hombres contra el Príncipe tártaro. Aunque éste, a la verdad, sólo lleva cuarenta consigo, todos ellos, según se dice, tienen corazas y flechas encantadas, que a cada uno le hacen valer por diez.
El prudente consejo de la lavandera fue adoptado en seguida. La Princesa hizo venir secretamente a su estancia al más bizarro y entendido general de su padre. Le contó todo lo que pasaba, le confió sus penas, y le pidió su apoyo. Éste se le otorgó, y reuniendo apresuradamente un numeroso escuadrón de soldados, salió de la capital decidido a morir en la demanda o traer a la Princesa la carta del Kan de Tartaria y al hijo del Kan, vivo o muerto.
Después de la partida del general, la Princesa juzgó conveniente informar al _Rey Venturoso_ de cuanto había acontecido. El Rey se puso fuera de sí. Dijo que toda la historia del pájaro verde era un sueño ridículo de su hija y de la lavandera, y se lamentó de que, fundada su hija en un sueño, enviase a tantos asesinos contra un Príncipe ilustre, faltando a las leyes de la hospitalidad, al derecho de gentes y a todos los preceptos morales.
--¡Ay hija!--exclamaba--tú has echado un sangriento borrón sobre mi claro nombre, si esto no se remedia.
La Princesa se acongojó también, y se arrepintió de lo que había hecho. A pesar de su vehemente amor al Príncipe de la China, prefería ya dejarle eternamente encantado a que por su amor se derramase una sola gota de sangre.