Cuentos y diálogos · Unidad 20 de 22
ESCENA XII. — parte 1
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DICHOS, ATESTAIS.
(Atenais ayuda a Asclepigenia a cuidar a Proclo, aplicando un pomo de esencias a sus narices)
ATENAIS.--Cálmate. No es nada. Ya vuelve en sí.
ASCLEPIGENIA.--¡Buen susto me he llevado! ¡Pobrecito mío de mi alma! ¡Qué malo se me puso!
PROCLO. (Se levanta.)--Perdóname, amiga. Ha sido un momento de debilidad. (Reparando en Atenais.) ¿Quién es esta gallarda doncella?
ASCLEPIGENIA.--Es Atenais, hija de Leoncio.
PROCLO.--¡La hija de mi docto e ilustre amigo!... ¡El cielo te bendiga, Atenais!
ASCLEPIGENIA.--¿Me perdonas, Proclo?
PROCLO.--No hablemos más de lo pasado: olvidémoslo.
ASCLEPIGENIA.--¿Vivirás conmigo?
PROCLO.--No quiero ni puedo vivir ya sin ti. Tú serás el lucero que ilumine con su luz apacible la melancólica tarde de mi existencia. Estas blancas y suaves manos (las toma entre las suyas) cerrarán con amor mis párpados cuando se junten para dormir el último sueño.
ASCLEPIGENIA.--Contigo no echaré de menos ni la riqueza, ni la hermosura corporal... ¿Qué más hermosura, que más riqueza que el tesoro de tu alma? Si es menester, viviremos en la mayor estrecheza. Algo se me estropearán las manos de guisar y de remendarte la ropa. La elegancia, el esmero, el perfume de aristocrática distinción se desvanecerán casi por completo cuando vivamos míseramente. ¿Pero qué importa? ¿Yo poseeré tu alma y tú la mía?
PROCLO.--No ha de ser así. No consentiré que se pierda o que se deteriore ni una chispa, ni un átomo de toda esa beldad que te dio naturaleza y que el arte ha completado y realzado. Yo ganaré riquezas para ti. Para ti tendré hermosura corporal y juventud lozana.
ASCLEPIGENIA.--No te alucines, Proclo. La juventud que se fue, no vuelve nunca. Venus Urania no te visitó sin motivo. En cuanto a la riqueza, doy por cierto que no ganarás jamás un óbolo con toda tu filosofía, a no ser que apeles al milagro.
PROCLO.--Pues bien; al milagro apelo. Ahora vas a ver quién yo soy. ¡Aquí te quiero, oh Teurgia! Para algo me has de servir. Hasta ahora, Asclepigenia idolatrada, has poseído en Eumorfo y en Crematurgo hermosura, juventud y riquezas, contingentes, limitadas y caducas. De hoy en adelante vas a poseer la juventud, la hermosura y la riqueza, en absoluto y para siempre. Guardad silencio religioso. Ya empieza el conjuro.
(Profundo silencio. Proclo, agitando su báculo, traza en le aire círculos y otras figuras mágicas, y murmura entre dientes palabras ininteligibles. Óyese música celestial, lenta y sumisa. En el centro del teatro se va cuajando una brillante y cándida nube, con arreboles de carmín, oro y nácar.)
ASCLEPIGENIA Y ATENAIS.--¡Qué portento!
PROCLO.--Ocultos en esa nube tienes ya, a tus órdenes y para tu servicio, en reemplazo de Eumorfo y de Crematurgo, al flechero Apolo, al más elegante y bonito de los dioses, y al hijo de Jasión y de Céres, al ciego Pluto, dispensador de las riquezas. ¿Quieres que salgan con séquitos de musas, gracias, ninfas, y genios, o que salgan solos?
ASCLEPIGENIA.--Que salgan solos. Ya les iré pidiendo, en la sazón conveniente, todo aquello que se me ocurra.
PROCLO.--¡Apareced, dioses!
(Se abre la nube, y salen de ella, con mucha luz de Bengala, Pluto, cojo, ciego y alado, y Apolo, muy bizarro y airoso, con manto de púrpura, corona de laurel y lira en mano.)
PROCLO.--¿Qué más tienes que pedir?
ASCLEPIGENIA.--Nada. Yo me contentaba con tu amor.
PROCLO.--Recapacita, sin embargo, si algo te falta.
ASCLEPIGENIA.--Si no me motejases de sobrado pedigüeña y exigente, aún te pediría una cosa.
PROCLO.--¿Cuál?
ASCLEPIGENIA.--Que te laves.
PROCLO.--Me lavaré.
ATENAIS.--Ya eres dichosa. Posees ciencia, hermosura, juventud, riqueza y hasta aseo. Yo, desvalida y menesterosa, lejos de envidiarte, me regocijo.
PROCLO.--El cielo te premiará, generosa Atenais. Yo, que estoy ahora inspirado, leo en el porvenir tu egregio destino. El joven Teodosio, a quien educa muy bien su hermana Pulqueria, a fin de que brille en el trono imperial, se casará contigo. Así serás emperatriz de Oriente. Serás feliz y poderosa sin acudir a la magia; pero tendrás que hacerte cristiana. Por último, para que nuestra gloria y nuestra felicidad sean más estupendas y vividoras, después que pasen troce o catorce siglos, contando desde el día de la fecha, aparecerá en la risueña y fértil Bética, cuna de la dinastía reinante y patria de tu abuelo político el Gran Teodosio y de otra infinidad de personas eminentísimas, cierto escritor ingenioso y verídico, el cual ha de componer sobre los sucesos de esta noche un diálogo, donde trate de competir con el divino Platón en lo elevado y grave, y con el satírico Luciano en lo chistoso y alegre.
ATENAIS.--Mucho me he de holgar si tus vaticinios se cumplen.
ASCLEPIGENIA.--Y yo también. Temo, sin embargo, que ese diálogo, que Proclo anuncia, sea una extravagancia sin amenidad y sin viveza, donde nosotros figuremos, no como seres reales, sino como personajes alegóricos: donde Proclo y yo representemos la antigua poesía sensual y corrompida y el antiguo saber agotado, desesperado y estéril, que para seguir viviendo juntos se entregan a brujerías y supersticiones.
ATENAIS.--Si esa alegoría puede tener alguna aplicación cuando el diálogo se escriba, tal vez interese el diálogo.
ASCLEPIGENIA.--Suceda lo que suceda, no debe importarnos mucho. Allá se las haya el autor. Nosotros cinco, mortales y dioses, vámonos al triclinio, donde tengo preparada una suculenta y bien condimentada cena.
MORTALES Y DIOSES.--Vámonos a cenar.
GOPA
DIÁLOGO FILOSÓFICO EN TRES CUADROS.
CUADRO I.
La escena es en la ciudad de Capilavastu: 593 años antes de Cristo.
Interior del magnífico palacio del Príncipe Sidarta. Es de noche. Cámara del tálamo, iluminada por una lámpara de oro.
GOPA.--PRATYAPATI.
PRATYAPATI.--Los más vigilantes siervos del rey Sudonán rondan en torno de este palacio. Las puertas de la ciudad están defendidas. No se irá. Es menester que no se vaya. Sin él ¿qué será de nosotras? Con igual vehemencia le amamos, aunque de manera distinta. Yo le amo como si fuera mi hijo. Cuando, a poco de darle vida, murió BU madre Maya Devi, por encargo suyo quedó Sidarta a mi cuidado. No quisieron los dioses que ella viviese, para que no padeciera lo que nosotras padecemos hoy.
GOPA.--Inmenso dolor nos agobia. ¿Por qué anubla su hermosa frente irremediable tristeza? ¿Por qué desea abandonarnos? ¿Qué falta, qué mengua encuentra en mí? Yo le hubiera preferido a los dioses, como Damayanti prefirió a Nal. Mi ventura se cifra en obedecerle con humildad y en ser toda suya. ¡Ingrato! Su corazón insaciable no logra aquietarse en mi amor. Su noble cabeza jamás reposa tranquila sobre mi seno. Ya no me ama. Me juzga indigna de su cariño.
PRATYAPATI.--No te atormentes, ¡oh Gopa! Sidarta te ama. Para él eres tú el ser predilecto entre todos los seres. Pero de amor nace su pena. Amor es su martirio. Amor le devora, creando en su alma una piedad infinita, que no consiente ni deleite, ni goce, ni paz tan sólo. Todos los males de la vida pesan sobre su corazón, que abarca en su afecto la vida de los tres mundos. Amor, primogénito de la naturaleza, por una fatal expansión de su esencia divina, dio ser a cuanto vive; y con la vida nacieron el dolor, la pobreza, la enfermedad y la muerte. Se diría que Sidarta es la encarnación, el avatar de Amor, que llora y lamenta haber creado la vida; que padece en sí cuanto todo ser que tiene vida padece, y que anhela retrotraer la vida a la nada para que el padecimiento acabe.
GOPA.--Efímera es la vida: el padecimiento que de ella nace debe de serlo también.
PRATYAPATI.--No, Gopa; la vida no tiene término. La muerte es cambio, no fin. Arrastrados en la perpetua corriente, mudamos de forma, pero no de esencia, la cual renace o reaparece siempre para el dolor. En este sentido, los dioses, los asuras y los hombres son igualmente inmortales.
GOPA.--¿Y no hay ningún dichoso?
PRATYAPATI.--Ninguno. La infelicidad es la primera condición de la vida.
GOPA.--¿Y por qué Amor creó la vida, y la infelicidad con ella?
PRATYAPATI.--Porque Amor no fue libre. Como del sol brotan los rayos, como el agua mana de la fuente, así de Amor brotó y manó la vida. Sólo movido de compasión sublime, en virtud de un esfuerzo superior a lo humano y a lo divino, recogiéndose en sí con abstracción portentosa, logrará Amor recoger también en sí la vida y darle quietud eterna.
GOPA.--Veo que piensas como Sidarta. Aplaudes, sin duda, su propósito, que yo no comprendo.
PRATYAPATI.--Hasta cierto punto pienso como él; pero su propósito es audaz, me parece irrealizable, y por audaz e irrealizable no le aplaudo. Si él estuviese llamado, como cree, a ser el libertador de los hombres, yo vería y haría con gusto cuantos sacrificios hay que hacer para lograrlo.
GOPA.--¡Oh Pratyapati! ¡Cuán encontrados sentimientos son los nuestros! Si tú le amas como madre, yo, como esposa, como mujer enamorada le amo. Este modo de amar es menos fuerte, por lo común, que el amor de madre. En el amor de madre hay mucho que nace de las entrañas y que allí se arraiga. Por eso, no ya las mujeres, sino las mismas fieras aman a sus hijuelos. La mujer enamorada de un hombre, cuando sólo le ama con el amor de las entrañas, no le ama más que le ama su madre; pero cuando le ama también con el amor del espíritu, le ama mil y mil veces más que la madre más amorosa; le idolatra; le mira como a un dios; tiene fe en él; le cree capaz de todo lo grande y de todo lo bueno; piensa que de la voluntad de él, que es ley para ella, han de nacer el milagro, el bien y la bienaventuranza para todos. No sé, no comprendo el propósito de Sidarta; pero sé y comprendo que será bueno su propósito, y que le logrará, si quiere. Si para que le logre he de hacer yo el mayor sacrificio, pronta estoy a hacerle.
PRATYAPATI.--¡Oh desventurada y débil mujer! ¿Qué mísera resignación es la tuya? Tú sola puedes detener al Príncipe con la deleitosa cadena de tu afecto; mas la veneración que el Príncipe te inspira te excita hasta a romper esa cadena. La violencia no bastará a retenerle; pero si tus blancos y suaves brazos le cautivan, ¿cómo te apartará de sí para ir a donde sueña que su vocación le está llamando? El Rey pone en ti su esperanza. No la defraudes. Reten a Sidarta con el hechizo de tu amor y de tu hermosura. No le dejes partir.... Siento pasos. Sidarta viene. No quiero que me halle aquí. Animo, ¡oh Gopa!
(Se va Pratyapati.)
GOPA.--Animo.... para detenerle no me falta; no le necesito. Para dejarle partir he menester de todo mi valor.
(Entra el Príncipe.)
SIDARTA (abrazando a Gopa)--¡Esposa mía!
GOPA.--Dime la verdad. ¿Me amas aún?
SIDARTA.--Te amo más que nunca.
GOPA.--¿Por qué, entonces, estás inquieto, triste y como desesperado? ¿Por qué no se aquieta en mí tu voluntad?
SIDARTA.--Si no te amase, mi voluntad no se aquietaría en ti, porque buscaría más alto objeto de su amor. Amándote, no se aquieta tampoco, porque teme perderte. En breve plazo nos separará el destino, y renaceremos bajo nuevas formas para no volver acaso a encontrarnos jamás. Y no nos separaremos en la plenitud de la hermosura y de la fuerza, jóvenes y robustos aún, sino tal vez marchitos por la vejez y sobrecargados de disgustos y enfermedades. Esto hará que el afecto que hoy nos tenemos se trueque en desvío y en horror, o dé origen a una piedad dolorosa. Pero aunque tú y yo ¡oh hija de Dandapani! lográsemos revestirnos de juventud perpetua y disfrutar perenne salud, viviendo unidos y enamorados siempre, nunca seríamos felices, como no fuésemos egoístas. El dolor de cuanto respira, el padecer de cuanto alienta, la muerte de cuanto vive y el espantoso espectáculo de la miseria humana acibararían nuestra ventura, o nos harían indignos de gozarla por la dureza de nuestros pechos sin compasión y por la sequedad de nuestros ojos sin lágrimas.
GOPA.--Tus razones son tan poderosas para mí, que no sé cómo responder a ellas. Si algún engaño contienen, no seré yo quien te saque del engaño; caeré en él contigo. Es cierto: lo sé por experiencia propia: no hay dicha cumplida. Ni cuando tú, violentando la dulce modestia de tu condición y prestándote al capricho de mi padre, te presentaste a competir con mis pretendientes, y en la lucha, en la carrera, en disparar flechas y en esgrimir las demás armas, los venciste; ni cuando me revelaste que me amabas; ni cuando toda yo fui tuya; ni cuando sentí en mi seno agitarse viva tu imagen; ni cuando alimenté a nuestro hijo con la leche de mis pechos; ni cuando, sentado en mi regazo, aquel claro descendiente de Gotama respondió por vez primera a mi sonrisa con su sonrisa y atinó a pronunciar tu nombre y el mío; nunca dejaron de acibarar mi contento el temor de perder el bien que le causaba y la consideración de que nuestro contento y nuestro bien eran privilegio odioso, eran contravención de la ley que condenó a los hombres a general infortunio. Pero dime; si me amas, ¿nuestro infortunio no será mayor separándonos? ¿Por qué, pues, me huyes? Afirman que nos quieres abandonar a todos. ¿Qué propósito llevas? Porque el dolor sea general y necesario, ¿hemos de acrecentarle por nuestra voluntad, como lo acrecentarás si nos abandonas?
SIDARTA.--Bien sabes, hermosa nieta de Iksvacú, que por mi voluntad no se ha derramado jamás una sola lágrima. ¿Cómo había yo de darte voluntariamente el pesar más pequeño? Jamás me apartaría yo de tu lado, si esto me fuera lícito; pero no debo ocultártelo por más tiempo: un deber imperioso me impulsa a ir lejos de ti.
GOPA.--¿No te alucina, no te extravía ese deber?
SIDARTA.--No es posible que me alucine. Mi resolución no ha sido súbita, sino nacida de largas y profundas meditaciones. Yo quiero y puedo libertar a los hombres de la miseria, del dolor y de todos los males: mostrarles el camino de la redención, redimiéndome yo mismo. Mi inteligencia, abstrayéndose de todo, desdeñando los deleites ilusorios con que nos brinda el Universo, en la contemplación de sí propia, en el éxtasis, irá poco a poco alcanzando la suprema sabiduría, elevándose por cima de los dioses y de los asuras, adquiriendo un poder mágico que rompa la ley fatal del encadenamiento de las causas; y, por último, llegada al colmo de su brío, realizada toda la virtud de su esencia, se extinguirá para siempre, como se extingue la llama cuando da al mundo toda la luz y todo el calor que están en ella latentes. Mi vida será así ejemplo y dechado para los que aspiren, como yo, a salir de la esfera tempestuosa de la vida y de las mudanzas sin fin, y busquen la paz eterna. Obra fatal de Amor, efusión de su esencia divina fue este Universo tan lleno de dolor. Sean obra reflexiva de Amor el aniquilamiento, el silencio y el reposo que nos salven del tumulto y de la guerra. Limitación y mengua son el fundamento de nuestra vida como individuos. Rompamos el límite, completemos el ser para que no tenga mengua alguna, y entonces nuestra existencia sin límites, y entera, sin mengua ni falta, será como si no fuese.
GOPA.--El fin a que caminamos es para los ojos de mi mente tenebroso como el abismo. Como en el abismo, hay en él algo que me seduce y que me atrae. No penetro, sin embargo, lo que puede ser este fin; pero los móviles que a él te llevan son generosos, admirables, dignos de tu alma. Sidarta mío, aun cuando fuese errada la dirección que llevas, es tan noble el impulso que por ella te ha lanzado, que, lo presiento con orgullo, las generaciones futuras por siglos y siglos habrán de bendecirte y ensalzarte como al más glorioso de los hombres. Mil tribus, naciones y pueblos seguirán tus huellas y aprenderán tu doctrina. Por mi amor de esposa, por el amor que tengo a nuestro hijo, quisiera oponerme a tu empresa y retenerte a mi lado; pero el amor de tu gloria, que reflejará en mí y en tu hijo, me mueve a no impedir tu partida, aunque el impedirla estuviera a mi alcance. Ve, pero llévame contigo. Déjame primero compartir tus trabajos y después tu triunfo.
SIDARTA.--No puede ser. Debo partir solo.
GOPA.--Mi corazón se deshace de dolor; pero me resigno devotamente. ¿Y cuándo, bien mío, ha de ser tu partida?
SIDARTA.--En el instante, ¡oh hermosa nieta de Iksvacú! Estamos en la mitad de la noche. Mira al claro cielo. ¿Ves aquella luz que brilla en Oriente? Es mi estrella, que se levanta para iluminarme y guiarme. Chandac, mi escudero, tiene enjaezados los caballos. Los que guardan la puerta oriental de Capilavastu, por donde ya asoma mi estrella, están ganados y me dejarán partir. Queda en paz, ¡oh Gopa!
GOPA.--¡Oh señor del alma mía! Tu esclava gemirá abandonada por ti mientras viviere. Si no lo repugnas, ya que no a la mujer querida, concede el último favor a la madre de tu hijo. Sella mi rostro con tus labios.
(Sidarta besa a Gopa en silencio. Gopa le estrecha en sus brazos y le besa también. Sidarta se desprende de ella con suavidad y huye. No bien Sidarta desaparece, Gopa cae desmayada.)
CUADRO II.
Sigue la escena en la ciudad de Capilavastu: 593 años antes de Cristo.
Es de día. La misma cámara del tálamo.
GOPA y PRATYAPATI.
PRATYAPATI.--Quiero decírtelo, aunque sea dura contigo. No; tú no le amas, ya que estaba en tu mano detenerle y le dejaste partir.
GOPA.--Él es mi señor; yo, su sierva. No estaba en mi mano detenerle. Su voluntad es firme y superior a todos mis halagos; pero, aun pudiendo yo detenerle, no le hubiera detenido.
PRATYAPATI.--¿Por qué? ¿Acaso crees en su doctrina?
GOPA.--Yo creo en el impulso magnánimo que le mueve, y esto me basta: creo en su dulce compasión por todos los seres; en su amor a los hombres, a quienes mira como a hermanos, sin distinción de castas; y en su deseo vehemente de enseñarles el camino de la virtud y de la paz. Sólo no creo en una cosa de las más esenciales que él afirma; y si de esto dudo, o más bien, si esto niego, es por lo mucho que le amo. ¿Cómo he de creer yo en nuestra incurable miseria, en nuestro inconsolable dolor, y en que la actividad de la mente es don funesto, cuando, en el colmo de mi amargura, abandonada por él para siempre, todavía vale más el recuerdo de la dicha alcanzada y de la honra obtenida en ser suya que todo el pesar del abandono en que me deja? ¿Cómo he de creer que la vida es un mal, cuando veo y columbro la suya, que ha de ser fuente de tantos bienes? ¿Cómo he de apreciar en poco la vida, cuando el precio infinito de la vida de él bastará para el rescate del linaje humano? ¿Cómo he de llamarme infeliz y no bienhadada, si el fruto de su amor vive en nuestro hijo, si la gloria de su nombre me circundará de fulgores inmortales, y si el recuerdo de que ha sido mío, de que le he tenido a mis plantas, idolatrándome, embelesado en la contemplación de mi belleza, a par que lisonjea mi orgullo, es inagotable manantial de consuelo para mi alma?
PRATYAPATY.--No es hondo el dolor que tan fácilmente halla consuelo. No: tú no le amas.